Apunte diario sobre letras hipnóticas
Por Arturo Vásquez Urdiales
Hay imágenes que no necesitan palabras. Esta, por el contrario, exige todas. Un hombre encorbatado, de traje pulcro, se planta frente al atril. Pero su rostro no existe. En su lugar, un haz de máscaras alineadas como los discos de un gramófono sin alma, todas atravesadas por un hilo tenso que las une, que las obliga, que las ordena. Al final de la cadena, una careta sonriente y grotesca, infantil y falsa, habla por él.
¿Quién habla cuando hablamos? ¿Quién sonríe cuando fingimos ternura en el discurso? ¿Cuántas capas de máscaras necesita un hombre para no enfrentarse a su propio rostro? Esta ilustración lo dice todo: el sujeto ha desaparecido. El ser ha sido sustituido por un desfile de imposturas, y la última —la visible— es sólo una muñeca parlante con sonrisa lavable y ojos de plástico. La voz es prestada, la emoción fingida. No hay sujeto: hay sistema. No hay pensamiento: hay performance.

El trazo es una denuncia: cada máscara representa una etapa de domesticación. Desde la infancia, nos enseñan a modular el gesto, a ocultar el deseo, a reproducir el molde. La primera máscara se coloca cuando aprendemos a pedir perdón sin sentir culpa. Luego vienen las del respeto forzado, la del patriotismo hueco, la de la obediencia útil, la de la cortesía hipócrita. Para cuando llegamos al podio —al poder, al micrófono, a la tribuna— ya no queda nada debajo. Sólo un agujero negro donde alguna vez vibró la conciencia.
Esta figura bien podría ser un político. O un conferencista. O un sacerdote. O un burócrata que repite, día con día, el guion de una institución oxidada. Lo interesante no es el puesto, sino el mecanismo: el rostro ha sido externalizado. Ya no se habla desde el alma, sino desde el engranaje. Ya no se dice lo que se piensa, sino lo que conviene, lo que agrada, lo que se espera. Ya no se busca la verdad: se reproduce la versión oficial.
La imagen es brutal porque sugiere un dolor que ya no duele. El sujeto no está siendo torturado: está integrado. Las máscaras no lo aprisionan, lo constituyen. Y el hilo que las atraviesa no lo estrangula, lo sostiene. Es el hilo de la costumbre, de la domesticación, de la aceptación social. Un hilo que cosió nuestros rostros con aguja invisible y que, sin embargo, todos llevamos.
El verdadero rostro es ya un fósil, escondido en la caverna interior. Quizá alguna vez gritó, pero fue corregido, sancionado, despedido, excomulgado. Ahora calla. Y cuando se le necesita, aparece la máscara más cómoda. ¿La de la alegría? Aquí está. ¿La de la empatía? Lista. ¿La del patriotismo? Pulida y enmarcada. Todas las emociones envasadas al vacío para ser servidas en los banquetes del espectáculo público.

No es nuevo. Ya lo sabía Nietzsche cuando hablaba de los “últimos hombres”: aquellos que viven sin pasión, sin riesgo, sin vértigo. Todo lo tienen previsto, todo lo dicen con sonrisa. Son los amos de la prudencia, los heraldos del conformismo. Sus palabras no inquietan, sus gestos no sangran. Son actores de una obra eterna cuyo guion se reescribe para no molestar al público.
La máscara final es blanca, sonriente, casi tierna. Y por eso mismo es aterradora. Porque quien sonríe no es un hombre, es una estructura. Y esa estructura se repite, se reproduce, se vota, se celebra. Hasta que un día, en alguna madrugada de lucidez, alguien se atreve a arrancársela. Entonces queda el hueco. El vacío. El horror de no tener rostro.
Y sin embargo, sólo desde ese horror puede nacer una nueva voz.
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