Apunte diario sobre letras hipnóticas
Por Arturo David Vásquez Urdiales
El Disco de Sabu
Una gran Incógnita
— (Se va a ir para atrás, como Yayita de Condorito, cuando lea la última parte)
En el corazón polvoriento de Saqqara, entre las ruinas que respiran las primeras aspiraciones de la civilización, un artefacto se oculta como quien no quiere ser hallado. Fue descubierto en 1936, cuando el egiptólogo británico Walter Bryan Emery abrió la tumba del príncipe Sabu —hijo del faraón Adjuib, de la I Dinastía egipcia— y encontró entre los huesos rotos y las vasijas rituales, algo que no encajaba del todo: un disco.

Pero no cualquier disco. El Disco de Sabu es un artefacto que ha desafiado arqueólogos, ingenieros, alquimistas y soñadores por casi un siglo. Su sola forma desconcierta: mide 61 centímetros de diámetro por poco más de 10 centímetros de altura, y está elaborado en esquisto, una piedra quebradiza, traicionera para el escultor y caprichosa para el tiempo. Lo más inquietante, sin embargo, no es su material ni su antigüedad, sino su forma.
Tres alas curvas giran alrededor de un eje central, como si alguien hubiese querido reproducir la dinámica del movimiento, el ritmo oculto de los astros o la vibración interna del éter. Parece una hélice, un plato volante, una turbina… o tal vez un símbolo que se nos escapa por no saber leer con ojos antiguos.
¿Qué era? ¿Para qué servía? Las respuestas han sido tantas como las arenas del Nilo:

Algunos dicen que fue una vasija ritual, un quemador de incienso de alguna secta solar olvidada.
Otros creen que fue un adorno funerario, una especie de espejo cósmico que reflejaba el orden del universo.
Los más arriesgados lo presentan como una pieza mecánica avanzada, quizás parte de una rueda de inercia o de un sistema hidráulico de otro tiempo.
Y los esotéricos juran que es una antena energética o incluso un fragmento de tecnología no terrestre.
En cualquier caso, lo cierto es que nadie sabe exactamente su función, y quizá ahí reside su poder: en la incógnita, en su negativa a ser clasificado, domesticado o traducido al lenguaje de la ciencia racional. El Disco de Sabu es una bofetada de piedra a la linealidad del tiempo. Una espiral que se ríe del progreso.
Capítulo final: El gran hallazgo
Recientemente, y para desesperación de los románticos y los buscadores de misterios, las últimas investigaciones de barrido micromolecular han arrojado resultados… asombrosos.
Desde lo más intenso y profundo del alabastro químico —un procedimiento inédito, según sus autores, en combinación con espectroscopía de doble rebote por absorción mineral— se han encontrado en los resquicios del disco partículas de dawni, un compuesto orgánico que, tras su análisis, ha revelado una verdad desgarradora:
El famosísimo Disco de Sabu, el supuesto mecanismo de energía rotatoria interdimensional, no es más que la propela de una antigua lavadora de los divinos trapos reales de los faraones.

Sí.
Leído bien.
Una propela, una pala giratoria, un agitador ancestral, una lavadora pues y para que quede claro : dawni=Suavitel o dawni=jabón líquido zote.
El aparato habría formado parte, según los más ridículos expertos de la actualidad, de un sistema sagrado de limpieza en seco para los mantos sagrados del dios Horus en su versión deluxe de 3200 a.C. Y si uno se resiste a creerlo, le aseguran que es porque no entiende la modernidad faraónica.
Es decir, los antiguos egipcios eran tan modernos, tan avanzados, tan ecológicos, que ya usaban electrodomésticos 5 mil años antes de la era de Whirlpool.
¿Y qué nos queda a nosotros, pobres herederos de un mundo de microondas y TikTok?
Pues contemplar con reverencia (y un poco de sorna) el hecho de que la arqueología, en su afán de resolverlo todo, a veces termina arrojándonos respuestas tan absurdas que parecen salidas de una comedia cósmica escrita por Hermes Trismegisto en estado de ebriedad.
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