Apunte diario sobre letras hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

Hubo un día —un solo día, y bastó— en que Ponciano Mandujano Armenta, el eterno señor del distrito 432, cometió un error. Fue un instante tan ínfimo como fatal. Un suspiro en el tejido del cosmos. Ocurrió justo después de su victoria número 9. El aplauso no se había terminado de apagar cuando alguien, en la cuarta fila, gritó:

—¡Muéstranos el rostro, Ponciano! ¡Ya ganaste, no necesitas máscaras!

Todos se volvieron. Hubo un silencio bíblico. Las moscas se detuvieron en pleno vuelo. Los celulares se congelaron. Hasta el algoritmo del conteo rápido hizo pausa.

Y entonces, contra toda lógica y advertencia ancestral, Ponciano obedeció.

Lentamente, como si arrancara una piel vieja, se llevó las manos al rostro y deslizó hacia atrás la máscara número 243. Pero no se detuvo ahí. Sacó una llave vieja que colgaba de su ombligo (herencia de la caja fuerte del partido) y abrió una ranura oculta detrás del cuello. Allí yacía una máscara sellada, envuelta en códices, votos falsificados y grasa electoral endurecida. Era la máscara número 244, la prohibida. La que nunca debía ser tocada.

Nadie sabía de su existencia. Ni sus asesores. Ni los brujos del patrón. Ni los zombis rentados de la fila 2.

Y la quitó.

El mundo no estaba preparado para ver lo que había debajo. Y él tampoco.

En ese instante, todas las energías del universo colapsaron. Las constelaciones dejaron de bailar. Las galaxias retrocedieron un paso. La memoria de los pueblos se quebró. El suelo tembló en San Juan de la Chinflada. Las vacas se echaron de lado. Y un silencio sepulcral se apoderó del acto.

Y luego, en un segundo exacto, su cabeza explotó como un tomate aplastado por la pata de Dios.

No quedó sangre. Ni sesos. Ni hueso. Solo un vapor rosado con olor a corrupción licuada y promesa incumplida. El atril ardió por dentro. El micrófono emitió un lamento eléctrico que algunos tradujeron como “¡Karma!”. Otros, con más tino político, susurraron entre dientes: “Ese fue el ocaso del patriarca”. Y algunos murmuraron:

—Mal de Trump, mal de Berlusconi, mal de todos los que creyeron que la mentira podía ser eterna sin pagar su precio.

Los 243 asistentes —curiosamente uno por cada máscara que Ponciano usó en su vida— se quedaron quietos. Luego, en un acto ritual e inesperado, cada uno de ellos sacó su propia máscara y la colocó sobre el piso. Se marcharon en silencio, sabiendo que algo sagrado —y horrible— había ocurrido.

A la mañana siguiente, el distrito 432 amaneció distinto. Las bardas ya no tenían propaganda. Las despensas no llegaron. El Canal del Pueblo transmitía películas soviéticas sin subtítulos. Y en la plaza, justo donde reventó la cabeza de Ponciano, brotó una flor extraña con forma de urna.

Algunos intentaron recoger los pedazos del político. Pero no había nada. Solo una grabación automática que se repetía en bucle:

—Prometo que ahora sí, ahora sí, ahora sí… vendrá el verdadero cambio.

Y no vino.

Porque sin máscara, no hay milagro. Sin disfraz, no hay espectáculo. Sin engaño, no hay público.

Y así terminó la era de Ponciano, el Patriarca del Distrito 432.

Pero no teman, que ya se prepara su hijo, Poncianito II, con una nueva colección de máscaras biodegradables para la era climática. Porque la política, como la máscara, nunca muere: se recicla.

apunte diario sobre letras hipnóticas es propiedad intelectual de la humanidad

Le invito a compartir esta columna y desarrollaremos un fuerte mundo mejor llenitito de buenos lectores.

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