Apunte diario sobre letras hipnóticas
Por Arturo David Vásquez Urdiales
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Año de Nuestro Señor de la encomienda: 1528, Tenochtitlan bajo el resplandor herido de la conquista.
(El título de la Colonia es: Escribano Real o Escriba del Rey. Para fines prácticos hemos utilizado su denominación actual: Notario.)
A la sombra de la recién sometida Tenochtitlan, cuando aún resonaban los ecos de los tambores mexicas mezclados con el crujir de los bergantines en la laguna, llegó un hombre inesperado. Su nombre: Don Íñigo de Echeverriborda, oriundo de Elorrio, en el corazón del País Vasco, donde las montañas hablan con el viento y los escribanos aún juraban sobre la piedra y la palabra.
Era 1528. El emperador Carlos I de España y V de Alemania, rey de reyes, aún joven, aún poderoso, aún crédulo de que el mundo se medía con legajos, mandó crear los primeros oficios notariales en aquellas tierras del sol eterno. En un acto fechado en Toledo y rubricado con tinta de león, nombró a Don Íñigo como el primer escriba real y notario perpetuo de la Nueva España. Su tarea: registrar, someter, inventariar los bienes de los indios, traducir lo inconmensurable en pergaminos y transformar las tierras sagradas en datos jurídicos.
Pero Don Íñigo, vasco y terco como la piedra de su tierra, no cumplió del todo la encomienda.
I. El escriba de plumas y obsidianas
Don Íñigo llegó montado en una mula cansada y con su escritorio al hombro. En lugar de espadas, cargaba códices; en vez de látigos, plumas de ganso; y en su alma, una mezcla irrepetible de misticismo cristiano y curiosidad profunda.
El primer día, pidió audiencia con el tlacuilo Cuetzpaltzin, último gran pintor de códices del linaje de los escribas de Texcoco. No fue para reprenderlo, sino para aprender de él. En menos de tres años, Don Íñigo hablaba náhuatl con dulzura de amante. Reescribió el Huehuetlatolli, los antiguos consejos de sabiduría, con tinta ibérica. Redactó actas bilaterales: medio en latín, medio en glifos.
Lo llamaron Tlamatini Tlacuilo, “el sabio que pinta palabras”.
II. El acta de la lluvia
Una de sus primeras escrituras, firmada con su nombre y el glifo de una montaña con fuego, no fue de conquista ni de herencia: fue un acta para devolverle el agua a los barrios de Mexicaltzingo y Huitznahuac, cuyas acequias los conquistadores habían desviado.

“Por voluntad del Altísimo y por razón de justicia natural”, escribió, “ordeno que el cauce se devuelva a sus antiguos canales, pues el agua no tiene rey más que el cielo”.
Los soldados murmuraron. Cortés lo miró de reojo. Pero nadie se atrevió a revocar el acta del notario real del rey.
III. El códice invisible
Entre sus manuscritos, se conserva uno que nunca fue entregado al Consejo de Indias. Escrito en pergamino azul y con ilustraciones de liebres y corazones, se titula: “Testamento simbólico de los pueblos libres”. En él se lee:
“Yo, Íñigo de Echeverriborda, doy fe de que los dioses no fueron vencidos, sino trasladados. Que Huitzilopochtli aún vive en los rayos del mediodía, y que la justicia, si ha de existir en esta tierra, ha de nacer de la mezcla, no de la destrucción”.
Este códice desapareció. Algunos dicen que fue enterrado junto a él, en la cripta de obsidiana bajo el templo de San Hipólito, donde aún laten los nombres que no fueron borrados.
IV. El escriba que abrazó el sol
Nunca volvió a España. Rechazó oro, cargos y señoríos. Se quedó como mediador, como traductor, como nahual del lenguaje. Fundó la primera Escuela de Tlacuilos Juristas, donde enseñó a los hijos de caciques a leer no en castellano, sino en ambos mundos. Enseñó que firmar no era someterse, sino asumir poder.
Murió en 1561, el mismo año que un eclipse oscureció la laguna durante horas. Se dice que al morir, brotó tinta de su boca y que con ella, uno de sus discípulos escribió:
“Aquí yace don Íñigo, que no escribió para el rey, sino para la eternidad”.
V. Epílogo: el notario de lo sagrado
Don Íñigo no fue santo ni revolucionario. Fue algo más raro: fue justo. Fue el escriba que supo que el papel puede encadenar… o liberar. Fue el notario que comprendió que las palabras tienen alma y que cada acto escrito en ellas puede salvar un mundo o destruirlo.
Hoy, en la era digital, donde la tinta es código y la voz se archiva en la nube, recordamos a aquel primer escriba del sol. Porque en su ejemplo, el oficio del notario, del traductor, del cronista, no es esclavo de imperios, sino custodio de memorias.
Apunte diario sobre letras hipnóticas
Dr. Arturo David Vásquez Urdiales
“No toda escritura es conquista. A veces, también es resurrección.”
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— Descripción del Códice que aparece en esta columna:
Título del códice: “Yancuic Tlacuilolli in Itocayotl Don Íñigo”
(El Nuevo Códice del Nombre de Don Íñigo)
Año de los Cielos Mudos, 8 Tochtli (1528)
Descripción visual del códice:
En la gran hoja de amate, de un color ocre dorado por los soles viejos, se extiende una imagen de transición, tan densa como un eclipse y tan viva como la sangre del copal. La estructura del códice sigue el formato tradicional: figuras frontales y de perfil, planos elevados, sin perspectiva occidental, pero saturado de símbolos, glifos y energía divina.
Al centro absoluto del códice, bajo un gran disco solar de tinta roja con ojos y colmillos —el Tonatiuh Colono— se encuentra Don Íñigo de Echeverriborda, representado como un nahual doble:
Mitad castellano, con su jubón de lino, su pluma de ganso y un tintero que derrama palabras flotantes.
Mitad tlacuilo mexica, con maxtlatl, penacho de turquesa, rostro pintado con franjas negras de sabiduría, y la espalda marcada con el glifo del fuego sagrado.
Sus manos están extendidas hacia los lados. En la izquierda, sostiene un códice abierto, escrito en glifos de maíz y tinta negra, del que emerge una serpiente emplumada: la palabra viva. En la derecha, lleva un matrícula de tierras, pero en lugar de límites, hay caminos en espiral, mostrando que la tierra no se posee: se camina.
Arriba del códice, en la franja superior:
Aparecen tres figuras:
Carlos I, representado como un águila bicéfala coronada, mirando hacia Europa y hacia el Nuevo Mundo, su corona sostenida por manos invisibles.
Hernán Cortés, figurado como un jaguar vestido de acero, con lengua de obsidiana y mirada fija en el oro.
Un fraile franciscano, con una cruz en forma de chalchihuitl (jade), de cuya boca sale un canto: “Dios es palabra, no látigo.”
A los costados del códice, formando un espejo dual:
Del lado izquierdo:
Tlacuilos indígenas pintando sobre papel de maguey.
Un calmécac, con jóvenes nobles aprendiendo a escribir tanto en latín como en náhuatl.
El glifo de un atl-tlachinolli (agua y fuego), símbolo de guerra transformado, ahora brotando flores.
Del lado derecho:
Españoles escribiendo actas, pero de ellas salen serpientes negras que se retuercen.
Un tribunal indígena escuchando a una mujer vieja, que levanta la voz con un bastón de milpa.
Un teponaztli y una balanza: música y justicia como ofrenda común.
Abajo, en la franja inferior, una procesión de personajes:
Niños mestizos, con túnicas divididas entre el rojo mexica y el azul imperial, caminando hacia un templo mitad pirámide, mitad convento.
Una anciana —quizá Coatlicue disfrazada de abuela— tejiendo en un telar la nueva historia.
Y una inscripción en glifos grandes, coronando la escena:
“Tlaçotzin tlamatini in oquichtli amo cuauhtémoc, amo cortés: tlamatini tlacuilo in Don Íñigo.”
(El sabio amado no fue águila ni espada: fue el que pintó la palabra, Don Íñigo.)
Simbolismo final:
En el último recuadro, ya como colofón del códice, aparece Don Íñigo ya anciano, escribiendo en un pergamino que se desenrolla hacia el cielo. De ese pergamino brota un árbol cuyas ramas están hechas de letras náhuatl, y en cada flor hay un rostro de un niño indígena con un libro.
El códice termina con un pequeño glifo que dice:
“Yohualli Ehecatl Tlatoa” — “El viento nocturno aún canta”.



