Apunte diario sobre letras hipnóticas
Por Arturo David Vásquez Urdiales
I. La desaparición del titán
El 13 de abril de 2025, a las puertas de un otoño limeño, rodeado de sus hijos, en la intimidad del hogar y en la paz de quien ha dicho todo cuanto tenía que decir, ha muerto Mario Vargas Llosa. Y con él, no solo se marcha un hombre: se diluye el último de los grandes titanes que sostuvieron sobre sus espaldas, durante el siglo XX y el XXI, la literatura de Hispanoamérica como si fuese un mundo en equilibrio entre el arte, la política, el exilio, la crítica, el amor, el error y la novela.
Su muerte —anunciada con la sobriedad que merecen los ídolos que vivieron más allá de sus días— no representa el fin de su figura, sino el tránsito a su definitiva leyenda.
II. El joven airado y el hijo del Perú
Nació en Arequipa en 1936, pero su patria fue siempre más extensa: fue Piura, fue Lima, fue París, fue la Amazonía, fue Madrid. Hijo de un padre ausente, Mario tuvo que inventarse no solo una voz, sino un carácter. Lo forjó en las páginas de periódicos, en las aulas de San Marcos y la Complutense, en las noches de desvelo bajo las lámparas de la narrativa clásica: Flaubert, Faulkner, Balzac, Cervantes.
En su pluma, la realidad se volvió arquitectura. Desde La ciudad y los perros (1963), esa novela adolescente, brutal, que sacudió a la crítica hispánica como una bomba en uniforme militar, hasta Conversación en La Catedral, su obra más compleja y densa, Vargas Llosa hizo de la estructura un arte mayor. La pregunta “¿en qué momento se jodió el Perú?” resonó en el alma latinoamericana como si dijera: ¿en qué momento nos jodimos todos?
III. La novela como trinchera

No escribió con nostalgia, sino con furia. No con ingenuidad, sino con inteligencia. No para adornar el mundo, sino para entenderlo, desmontarlo y volverlo a armar. En La guerra del fin del mundo llevó al lector al sertón brasileño, en La fiesta del chivo nos desnudó la psiquis del tirano Trujillo, en El pez en el agua se nos reveló —autocrítico y complejo— como político fallido, pero escritor invencible.
Fue candidato a la presidencia del Perú y perdió; pero ganó el premio Nobel en 2010, como quien —tras combatir en todas las trincheras— es coronado no por la victoria, sino por la coherencia de su lucha.
IV. El último liberal romántico
Se asumió liberal, a pesar de las modas. Fue comunista en la juventud, crítico feroz del castrismo, polemista infatigable contra los autoritarismos de izquierda y derecha. Fue amigo de Fuentes y de García Márquez, pero también enemigo de ambos. Fue español por ciudadanía, peruano por destino y latinoamericano por estilo.
Fue hombre de contradicciones, de pasiones públicas, de matrimonios reescritos como novelas, de declaraciones incendiarias. Pero, por encima de todo, fue un escritor.
No un político que escribía. No un académico que escribía. Fue —como lo dijo de sí mismo— un “animal literario”, destinado a narrar aunque el mundo no quisiera escuchar.
V. Las letras son su cuerpo inmortal
Hoy, que sus hijos anuncian que no habrá ceremonia pública, que sus restos serán incinerados, que se le despedirá en silencio y con discreción, entendemos que la mayor ceremonia está ocurriendo en nuestras bibliotecas. En cada lector que vuelve a Pantaleón y las visitadoras, en cada joven que descubre Los cachorros, en cada exiliado que encuentra en Lituma en los Andes la geografía del miedo y de la esperanza.
La obra lo sobrevive. Y será leída una y otra vez por aquellos que saben que la gran novela latinoamericana —la que él ayudó a construir ladrillo por ladrillo— es aún una forma de entender la libertad.
VI. Epílogo: ¿en qué momento se volvió eterno Vargas Llosa?
Quizás fue cuando escribió su primera línea. O cuando defendió la libertad en tiempos de dictadura. O cuando se equivocó en la política, pero no en la ética del lenguaje. Quizás fue cuando se volvió padre, abuelo, anciano, y siguió escribiendo como si el tiempo no existiera.
Lo cierto es que Mario Vargas Llosa ha muerto. Pero también es cierto que Vargas Llosa —el novelista total— ha ingresado hoy, con todas las de la ley, al panteón de las letras eternas.
Se ha ido.
Pero sigue hablando.
“El mundo era una sombra sin literatura.”
(M.V.L.)
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