El Rey de Siam, hoy Tailandia y sus exquisitos regalos paquidermos albinos.
Por Arturo Vásquez Urdiales
10 de octubre de 2024
En los tiempos modernos, la expresión “elefante blanco” se ha convertido en sinónimo de una obra colosal y costosa que, a pesar de su grandeza, resulta inútil o nunca se concluye. Es un término que genera una imagen de algo imponente, pero desprovisto de propósito, un lujo que, lejos de beneficiar, devora recursos y asfixia las prioridades. Esta metáfora cobra especial relevancia cuando en nuestras sociedades, aún con tantas carencias básicas, somos testigos de estos proyectos monumentales que, al final, solo terminan como reliquias de la ineficiencia y el despilfarro.
Cosas del pasado.
Sin embargo, detrás de esta expresión yace una historia fascinante, cargada de lecciones que aún hoy debemos tener presentes. Para entender su origen, debemos trasladarnos al antiguo reino de Siam, en lo que hoy conocemos como Myanmar. En ese entonces, los elefantes blancos no solo eran criaturas raras y veneradas, sino que representaban lo sagrado y el favor divino. Poseer uno de estos animales era un símbolo de poder, pureza y un regalo que solo el rey, en su magnificencia, podía otorgar. Un presente de tal naturaleza parecía, en principio, un honor insuperable.
Pero esta distinción venía con un precio. La tradición dictaba que el elefante blanco, sagrado y real, debía ser tratado con todos los honores. Alimentarlo, mantenerlo, asegurarse de que viviera en las condiciones más lujosas y cuidadas, era responsabilidad absoluta de su nuevo dueño. El súbdito que recibía tal honor no podía rechazarlo, ni mucho menos deshacerse del animal, ya que hacerlo era considerado una ofensa directa al rey y a los dioses, castigada con la muerte. Y que trabajaste la paquiderma bestia: ¡Ni pensarlo!
Así, lo que inicialmente parecía un gesto de bondad real se transformaba en una carga insoportable. El súbdito, arruinado por los costos exorbitantes de mantener al elefante, se veía condenado a la bancarrota. Muchos preferían quitarse la vida antes que enfrentar la ira real, mientras otros simplemente veían cómo su fortuna y su familia se desmoronaban bajo el peso de aquel regalo envenenado.

Esta trágica paradoja del elefante blanco nos ofrece una profunda reflexión sobre la naturaleza de los obsequios y de las obras faraónicas. No todo lo grandioso es bueno, y no todo lo monumental trae consigo beneficio alguno. ¿De qué sirve una obra colosal, un puente imponente o un estadio gigantesco, si quienes más lo necesitan siguen careciendo de lo básico? ¿Cómo podemos justificar el desperdicio de recursos públicos en proyectos que nunca se completan, cuando hay necesidades urgentes como la salud, la educación o la infraestructura básica?
La historia del elefante blanco nos invita a cuestionar no solo a quienes llevan a cabo estos proyectos, sino también a nosotros mismos. ¿Es la ostentación un verdadero reflejo de progreso? La rectitud no se manifiesta en la magnitud de lo que se construye, sino en la utilidad y el impacto positivo que tiene en la vida de las personas. La honradez no está en el tamaño del regalo, sino en su relevancia y en cómo mejora las condiciones de aquellos que lo reciben.
Así como el rey de Siam, con su pretendido gesto de generosidad, destruía la vida de sus súbditos, nuestros gobernantes y líderes deben entender que un gran proyecto sin propósito es, en esencia, un elefante blanco. No se trata solo de evitar el despilfarro; se trata de actuar con responsabilidad, de construir con un propósito claro y de ofrecer obsequios —sean materiales o simbólicos— que verdaderamente contribuyan al bienestar común.
En la actualidad, es más fácil que nunca caer en la tentación de las obras monumentales que buscan inmortalizar el nombre de quienes las promueven, pero la historia nos enseña que la inmortalidad verdadera se alcanza cuando nuestras acciones, por pequeñas que sean, dejan un legado positivo.
Como sociedad, debemos ser vigilantes y exigir que nuestras necesidades reales sean atendidas, que los recursos públicos se utilicen con prudencia y que los proyectos se justifiquen por su impacto y no por su tamaño.
La metáfora del elefante blanco nos invita a reflexionar sobre el valor de las cosas útiles frente a la tentación de la ostentación vacía. Tanto en lo personal como en lo público, debemos aprender a regalar —y a recibir— aquello que realmente tiene valor. De nada sirve un presente que arruine la vida del destinatario, así como no tiene sentido una obra que solo consume recursos sin ofrecer un beneficio tangible. La verdadera honradez radica en la sabiduría de entender que a veces lo más sencillo y útil es lo más valioso.
De esta manera, comprendemos que el “elefante blanco”, más allá de su grandiosidad, es una advertencia, un símbolo de cómo la magnificencia mal entendida puede ser una condena disfrazada de honor.
¿Por cierto, porque se gastó tanto dinero en derribar un teatro y construir un inútil centro de convenciones que no solo es inútil, sino que además no se le encuentra ni la puerta ni futuro?
*Soy un apasionado de la cultura y las letras. Esos recursos bien podrían haber servido para acrecentar el inmenso caudal de expresiones culturales oaxaqueñas, pintura, literatura, música, folklore, Guelaguetza, con inteligencia artificial y nuevas tecnologías, una moderna *Casa de la Cultura* para nuevos hombres, nuevas generaciones, nuevos oaxaqueños, la raza de bronce del tercer milenio.
Es claro que no tenían los mismos lentes.
Hoy que se recuperó para las naciones de esta bendita tierra, bien podría encauzarse este elefante y ver el futuro en un abrazo con el presente, transformando elefante en una nave espacial que eleve la creatividad a las estrellas. Oaxaca merece la preservación infinita de su cultura .
URDIALES Zuazubiskar fundación de letras hipnóticas AC ®©
Estimado amigo lector. Le invitamos a compartir esta columna y desarrollar un mundo mejor llenitito de buenos lectores agradezco mucho su atención y lectura.
Muchas gracias.


