Por Arturo Vásquez Urdiales
Reseña de “Los albañiles”
Si alguna vez ha sentido que la justicia es un chiste contado por un ebrio en la cantina, Los albañiles de Vicente Leñero le dará la razón con creces. Publicada en 1963, esta novela es una joya del realismo crudo, un thriller social donde la investigación de un crimen se convierte en el pretexto perfecto para desnudar la podredumbre del sistema.
La historia arranca con el asesinato de Don Jesús, un velador de obra cuyo cadáver aparece en una construcción. De inmediato, la ley—esa señora ciega y sospechosamente incompetente—comienza a interrogar a albañiles, ingenieros y sospechosos varios, revelando más miserias que pistas. Lo que sigue es un laberinto de declaraciones confusas, culpas diluidas y una verdad que se escurre como cemento mal mezclado.
Leñero no se anda con rodeos: su prosa golpea como un mazo y deja ver el sudor, la rabia y la risa amarga del proletariado urbano. En su mundo, los obreros trabajan para levantar edificios que nunca podrán habitar, mientras la justicia es otro andamio mal puesto que se tambalea con cada soborno. La historia se vuelve un rompecabezas donde cada pieza encaja solo para mostrar que todo está torcido.
Frases más satíricas y descarnadas de “Los albañiles”
- “Aquí no importa quién lo mató, sino quién puede pagar para que no lo acusen.”
- “La justicia es como el cemento: cuando cuaja, ya nadie la puede mover, aunque esté mal hecha.”
- “El jefe dice que el crimen lo cometió un albañil, porque los ingenieros solo matan con contratos.”
- “El patrón jura que es inocente, lo mismo decía la nómina cuando le recortó el salario a todos.”
- “En este país, un muerto es menos problema que un albañil que pide aumento.”

Leñero:
Vicente Leñero: el arquitecto del caos social
Si la literatura mexicana tuviera su propio equipo de demolición, Vicente Leñero sería el que maneja la bola de acero con una sonrisa irónica. Nacido en 1933 y formado como ingeniero, este maestro de la narrativa entendió que el verdadero cálculo estructural no se hace con matemáticas, sino con palabras bien puestas y verdades incómodas.
Leñero no escribía para adornar repisas ni complacer críticos de café parisino. Su literatura era una patada en la puerta del México hipócrita, ese que finge orden mientras se desmorona en corrupción. Su pluma, afilada y sin concesiones, diseccionó la miseria, el abuso de poder y el delirio de una sociedad que juega a la democracia mientras apuesta en la ruleta del despojo.
Además de Los albañiles, que le valió el Premio Biblioteca Breve en 1963, escribió Estudio Q, El evangelio de Lucas Gavilán y Redil de ovejas, todas con el sello de un autor que no temía meter las manos en la mugre de la realidad. Y si su talento para la novela era imponente, su genio en la dramaturgia y el periodismo fue un terremoto en sí mismo: como subdirector de Proceso, elevó el periodismo de investigación a niveles de novela negra con tintes de tragedia nacional.
Leñero no endulzaba nada. Sus personajes no eran héroes, sino sobrevivientes en un país donde la justicia se vende al mejor postor. Su estilo seco, rápido y sin adorno innecesario reflejaba la voz de un México donde la brutalidad es cotidiana y la verdad es otro obrero más, aplastado entre vigas mal soldadas.
Si alguna vez dudamos de su vigencia, basta con asomarse al país de hoy: la obra de Leñero sigue de pie, mientras todo lo demás parece caerse a pedazos.
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