Por Arturo David Vásquez Urdiales

PARTE II 

Al caer la tarde, los tres prisioneros —Ilhuicamina, Pánfilo y Eleuterio— se encontraban sentados a un lado de una carreta cargada con provisiones francesas, en un rincón semioscuro del campamento. Sus manos, todavía atadas, comenzaban a entumecerse. Varios soldados galos daban vueltas por la zona, relevándose en la custodia. Cerca, un cabo francés revisaba las cuerdas y ladraba órdenes en su idioma, imponiendo la disciplina por la fuerza de su sable y el temor de su acento incomprensible.

Aunque los tres intentaban mantenerse firmes y no mostrar abatimiento, la incertidumbre calaba hondo. Pensaban en el capitán Moctezuma, quien debía de haber notado su ausencia. Tal vez él y los demás estarían planeando un rescate… o quizá no sabían ni dónde comenzar a buscarlos. El laberinto de arroyos, barrancos y encrucijadas de la sierra jugaba a favor de los invasores, que contaban con guías locales comprados con monedas de oro.

La tensión en el ambiente subió cuando apareció el general Montparnase, acompañado de dos hombres con porte de altos oficiales. Uno, de cabellos claros y con un semblante cuidadosamente rasurado, llevaba bordada la insignia de coronel; el otro, más joven, lucía un mostacho retorcido y un aire de desdén. Se presentaron —en francés— como Holtmez y Jeimez, aunque sus voces resultaban muy difíciles de distinguir para los prisioneros mexicanos.

—Holtmez y Jeimez —murmuró Ilhuicamina, recordando lo que había dicho Montparnase en la mañana—. Los perros jefes han llegado.

—Vaya, eso significa que querrán algo de nosotros —aventuró Pánfilo, mirando a los oficiales con rabia contenida.

Los tres prisioneros fueron obligados a ponerse en pie. Un soldado francés tiró de la cuerda que rodeaba sus brazos, conduciéndolos hasta donde el general y los oficiales tenían instalado su improvisado centro de mando: una gran carpa blanca con las banderas imperiales. Sobre una mesa robusta, varios mapas y documentos se veían extendidos, iluminados por un farol de aceite.

Montparnase adoptó un aire ceremonioso cuando tomó la palabra:

—Mis colegas Holtmez y Jeimez desean información sobre el contingente republicano que patrulla estas montañas. Les sugiero que sean colaboradores. De otro modo, la severidad de la ley marcial caerá sobre ustedes.

Ilhuicamina, Pánfilo y Eleuterio se mantuvieron en silencio. El general, impaciente, insistió:

—Nos basta saber cuántos hombres dirigen el capitán Moctezuma y por dónde planea atacar. Digan la verdad, y quizás se eviten un castigo.

—Hemos jurado lealtad a la patria —siseó Ilhuicamina—. No diremos nada.

Un atisbo de furia se reflejó en los ojos de Montparnase, pero fue Jeimez quien reaccionó primero. El oficial, con su mostacho retorcido, propinó un empujón violento a Eleuterio, derribándolo. Sin inmutarse, exigió:

—Si no hablan, los enviaremos de vuelta a Francia como botín de guerra, ¡o peor!

Antes de que pudiera propinar otro golpe, Holtmez le pidió mesura. Tenían otros métodos más sutiles. Montparnase, por su parte, se contuvo y se limitó a asentir. Luego, ordenó que trasladaran a los cautivos a una zona más retirada del campamento. Al parecer, pretendían mantenerlos vivos hasta que decidieran qué hacer con ellos.

Un encuentro inesperado

En un extremo del campamento, donde los cedros cerraban filas ante la llovizna inminente, se hallaba una antigua cabaña abandonada que los franceses habían reparado para usar como corral y almacén. La techumbre estaba en mal estado, pero ofrecía algo de resguardo contra las inclemencias. Hacia allá llevaron a los prisioneros. Al abrir la puerta de tablas, un tufo a humedad y heno les golpeó la nariz. Junto a un muro improvisado con costales de maíz, había un joven mexicano con el torso vendado, recostado contra un barril.

—¿Tú también eres prisionero? —preguntó Pánfilo, sorprendido de ver a otro compatriota.

El joven se incorporó con esfuerzo, revelando que tenía sangre seca en el vendaje. —Así parece. Me llamo Hutzilopochtli —contestó con voz débil—. Caí en sus manos hace un par de días. Creen que soy guía de los republicanos… y lo fui, pero conseguí escapar. Lamentablemente, me atraparon de nuevo.

Ilhuicamina se sintió aliviado por encontrar a otro mexicano. Tal vez juntos podrían tramar algo. El soldado francés que los acompañó, con gesto adusto, les arrojó unas mantas rotas y farfulló:

—¡Silencio! Pasarán la noche aquí. Mañana se verá qué destino tendrán.

La puerta se cerró. Los cuatro se quedaron solos en la penumbra, iluminados apenas por los últimos rescoldos de un candil desgastado. El techo goteaba por la lluvia recién iniciada, y el viento ululaba entre las grietas. Aun así, la presencia de Hutzilopochtli y su historia de intentos de fuga encendió una chispa de esperanza.

—Cuéntanos, hermano, ¿cuántos franceses hay? —inquirió Eleuterio.

—Calculo que en este campamento tendrán unos cincuenta. Y se unen a ellos guerrilleros locales al servicio del Imperio francés. A veces salen en avanzadas a los pueblos cercanos y regresan con provisiones o prisioneros —explicó Hutzilopochtli—. El tal Montparnase espera reunirse pronto con más tropas. Si lo logran, la sierra será prácticamente suya.

—¿Y has tratado de escapar? —preguntó Pánfilo, con cierto brillo en la mirada.

—Una vez, pero tuve la mala fortuna de tropezarme con su centinela antes de llegar a lo espeso del monte. Me dispararon y la bala me rozó el costado. Cuando desperté, estaba de nuevo en sus manos.

Ilhuicamina, sereno pero firme, asintió. Pensaba en el capitán Moctezuma y en la posibilidad de que un contraataque republicano pusiera fin a su cautiverio. Sin embargo, la sierra era vasta, y si los franceses se fortificaban, ningún rescate sería sencillo.

—Quizá no podemos confiar en que nos salven. Si queremos salir vivos, habrá que ingeniar un plan de fuga por nuestra cuenta —dijo Ilhuicamina, casi en un susurro, para que los guardias no oyeran a través de la puerta.

—Estaré con ustedes —afirmó Hutzilopochtli—. Conozco algunos atajos entre las rocas. Cuando estuve con los republicanos, guié a varias patrullas por ahí. Eso sí, tendremos que hacerlo con cuidado, pues los galos y sus aliados vigilan día y noche.

Fue así como, bajo el relámpago de una tarde tormentosa, los prisioneros comenzaron a urdir sus planes de escape. Conscientes de que no sería tarea fácil, se juraron mutua lealtad. Si uno caía, los demás tendrían que continuar. Preferían morir libres en la montaña que vivir encadenados bajo el yugo imperial.

El primer día en cautiverio

Al rayar el alba, el golpeteo de tambores y las voces de mando retumbaron fuera de la cabaña. Los prisioneros no tardaron en averiguar que el campamento se agitaba: Montparnase había dispuesto que parte de sus hombres partiesen en misión de reconocimiento. El miedo de una emboscada republicana parecía mantenerlos en tensión constante.

El cabo francés que custodiaba la puerta del refugio entró sin previo aviso y pateó los pies de Pánfilo para que despertara. Luego soltó un gruñido:

—Acompañadme. El general Montparnase quiere ver a uno de vosotros.

Ilhuicamina levantó la mirada. Quería proteger a los suyos, así que se ofreció:

—Iré yo.

El cabo lo tomó por la camisa y lo empujó. Ilhuicamina salió, atravesando el campamento bajo la mirada escrutadora de varios soldados que, al verlo, soltaban algún comentario burlón o, sencillamente, lo ignoraban. Entre banderas francesas y armamento reluciente, sintió un escalofrío al pensar en la magnitud del ejército invasor.

Lo condujeron a una tienda lateral, donde se distinguía la figura de Montparnase, Holtmez y otro oficial que Ilhuicamina no reconocía. Sobre una mesa, había cuencos de metal y jarras con agua. En un rincón, un traductor local —un hombre mestizo de fisonomía recia— estaba sentado, listo para intervenir en la conversación.

Montparnase dirigió a Ilhuicamina una mirada inescrutable y comenzó a hablar en francés. El traductor transmitió el mensaje en español:

—El general quiere saber si estás dispuesto a colaborar, a servirnos de guía para encontrar caminos seguros, abastecernos y evitar a las partidas republicanas.

Ilhuicamina se mantuvo firme:

—No. No los ayudaré a aplastar a mi pueblo.

Holtmez, en un castellano rudimentario, interrumpió al traductor:

—No seas necio. ¿Prefieres morir? Conduce a nuestras tropas. Serás libre al acabar, y te daremos monedas de plata.

La tentación era evidente, pero Ilhuicamina no estaba dispuesto a vender su conciencia. Sacudió la cabeza con desdén.

—Nada me haría traicionar a mi gente.

Montparnase exhaló un suspiro impaciente. Luego pronunció unas breves palabras a Holtmez, quien, volviéndose al traductor, ordenó:

—Dile que se prepare para un régimen de trabajos forzados si no colabora. Será mano de obra para cavar y fortificar el campamento.

Ilhuicamina comprendió que la situación se complicaba, pero no retrocedió. Con la mandíbula apretada, se limitó a responder:

—La verdad me da igual lo que me impongan. No voy a guiarlos.

El oficial francés le lanzó una mirada cargada de furia e hizo un ademán para que lo llevaran de vuelta con los otros prisioneros. Ilhuicamina salió con el pecho oprimido: se daba cuenta de que, al negarse, ponía en riesgo también la vida de Pánfilo, Eleuterio y Hutzilopochtli. Pero su dignidad y su amor por México no le permitían doblegarse.

Conexión con los lugareños

Al regresar a la cabaña, Ilhuicamina les refirió lo ocurrido. Hutzilopochtli negó con la cabeza:

—Los franceses intentan comprar nuestra voluntad. Creen que pueden corrompernos con dinero o con promesas. Ya han convencido a algunos aldeanos necesitados, pero muchos aún resisten.

—Nuestro único camino es escapar —intervino Eleuterio—. Si no, terminarán obligándonos a trabajar día y noche, o peor.

La voz de la conciencia resonaba en los cuatro cautivos. El plan para la huida debía ponerse en marcha cuanto antes. Sin embargo, todavía no contaban con los detalles de la vigilancia, la disposición de los guardias y la ubicación de las provisiones que necesitarían para cruzar la sierra. De poco servía escapar sin agua y sin armas, dado que la serranía era cruel con los desprevenidos.

El día transcurrió con lentitud. El capitán Fouché vigilaba personalmente, y varios soldados se turnaban para echarles un ojo. A ratos, los obligaban a transportar barriles, a cargar leña o a limpiar el sector. El sol caía a plomo, y las ataduras les escocían las muñecas. A pesar del cansancio, Ilhuicamina no dejaba de registrar mentalmente cada sendero y cada ángulo del campamento. Lo mismo hacía Hutzilopochtli cuando lo sacaban a atender su herida y a recoger agua.

Al atardecer, regresaron agotados a la cabaña. Los guardias les lanzaron algo de pan duro y un jarro con frijoles fríos. Comieron en silencio, mirándose a los ojos con la complicidad que otorga la adversidad compartida. En la distancia, se oían disparos aislados y el redoble de tambores, señales inequívocas de la actividad militar continua.

—Amigos, no podemos demorar —susurró Ilhuicamina, cuando la penumbra y el cansancio parecían invadirlos—. Cada día que pase, se afianza más la posición francesa. Arriesgaré lo que sea necesario, pero no me rendiré.

Pánfilo, Eleuterio y Hutzilopochtli compartían su determinación. Entre las sombras, mientras la noche se poblaba de luciérnagas y el viento anunciaba otra borrasca, los cuatro prisioneros juraron que, costara lo que costase, saldrían de aquel presidio improvisado. A partir de ese momento, cualquier detalle sería crucial: la ruta de la guardia, los espacios muertos, hasta el temperamento de sus captores. La esperanza, su arma principal, era más fuerte que el cansancio y el terror.

Así concluyó el primer día completo de cautiverio. Un día en el que comprendieron que, aun sin fusiles en las manos, la voluntad de resistir podía erguirse frente a la alevosía del invasor. Bajo el oscuro techo de tablas, con el corazón firme y la mirada encendida, comenzaba a perfilarse el camino a la libertad.

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