Por Arturo David Vásquez Urdiales
Presento a ustedes una aportación de lectura narrativa.
La historia de México despliega, sin lugar a dudas, extraordinarias posibilidades literarias. Aportemos literatura y creemos lectura.
Exteriorizo a ustedes: “El prisionero de la Sierra” (Adaptación ambientada en la Guerra de Intervención Francesa)
PARTE I
El aire de la sierra, denso y perfumado por los pinos, se confundía con el aroma del café recién colado en el campamento de la columna irregular mexicana que se preparaba para vigilar los movimientos de las tropas francesas. Era el verano de 1863, y la Guerra de Intervención Francesa se había recrudecido. A pesar del empuje valiente de los hombres de la República, el enemigo ganaba terreno. Bajo un cielo que amenazaba tormenta, dos soldados rasos —Eleuterio e Ilhuicamina— compartían un modesto desayuno, mientras sus superiores terminaban de delinear la estrategia para la jornada.
El capitán Moctezuma, hombre recio con fama de justiciero, había recibido órdenes de patrullar un tramo escarpado de la sierra, donde se rumoreaba que destacamentos franceses se infiltraban para hostigar a los pobladores y hacerse con suministros. El capitán, conocido por su liderazgo férreo, se rodeaba de gente de confianza. Entre ellos, destacaba Ilhuicamina, joven de mirada serena y temple inquebrantable, admirado por su puntería y su ánimo inagotable. Junto a él, Pánfilo y Eleuterio eran dos voluntarios que luchaban por la patria con más entusiasmo que experiencia.
—Se dice que por estos senderos se han visto chalecos azules —comentó Eleuterio, usando el apodo que los rurales daban a los uniformes galos—. Dicen que avanzan con artillería ligera, aunque no hemos visto mucho de eso por aquí.
—Ten cuidado, camarada —respondió Ilhuicamina, mientras sorbía el último trago de café—. La sierra puede ser traicionera, y los franceses no andan solos. Hay rumores de que varios generales extranjeros se mueven con guerrillas locales que les apoyan.
Pánfilo, más serio que de costumbre, escuchaba atento. Había ojeado los cerros cercanos con un catalejo: nada inusual se distinguía, sólo un océano de pinos y farallones que se perdía en el horizonte. El capitán Moctezuma se aproximó y, con su voz ronca, dio la orden:
—Alisten todo. En cuanto terminen, nos vamos. Hay un poblado al otro lado de la ladera: necesitamos reconocer la zona y saber si hay enemigos apostados. Se rumora que los franceses mandaron a un tal general Montparnase a merodear por estos rumbos, acompañado de oficiales con nombres raros: Holtmez, Fouché, Jeimez. Ninguno de ellos es manso, y no dudarán en emboscarnos si tienen la oportunidad.
Ilhuicamina asintió, ajustándose la canana y el rifle. El sol apenas despuntaba cuando el pequeño contingente de voluntarios comenzó a marchar entre brechas polvorientas y riscos llenos de maleza. La Sierra Madre Oriental, majestuosa e inquebrantable, se alzaba como testigo mudo de la contienda.
Tras recorrer un par de leguas, el grupo llegó a un punto elevado desde donde se divisaba el valle. Era un paraje salpicado de encinos y con corrientes de agua cristalina. Durante un momento, la belleza del lugar distrajo a los soldados, acostumbrados al ajetreo de la guerra. Sin embargo, la tranquilidad se deshizo cuando un disparo seco se escuchó a la distancia. Todos se cubrieron, buscando entre los matorrales el origen del ataque.

—¡Al suelo! —ordenó el capitán Moctezuma, levantando el brazo con brusquedad. El contingente se dispersó y se ocultó tras rocas y troncos. Ilhuicamina oteó con cuidado y, a unos doscientos metros, divisó el brillo del metal.
—Allí están —susurró, señalando a un grupo de soldados con cascos relucientes y chaquetas azules. Los franceses parecían estar en exploración. Eran unos cinco o seis, dirigidos por un oficial de bigote afilado.
Pánfilo cargó su rifle y disparó al aire para avisar a los suyos de que el enemigo estaba cerca. Los imperiales contestaron con dos balas que silbaron sobre las cabezas de los mexicanos. Aun así, el fuego no continuó, pues parecía que los galos no traían intención de luchar abiertamente, sino de retroceder y avisar a un grupo mayor.
—Capitán, ¿los perseguimos? —propuso Eleuterio.
Moctezuma reflexionó un instante: —Si los seguimos, nos arriesgamos a caer en una emboscada. Sin embargo, debemos saber cuántos son y adónde se dirigen.
Decidió dividir el contingente: él y la mayoría de los hombres tomarían un camino seguro. Ilhuicamina y Pánfilo, en cambio, avanzarían por un atajo para tratar de cerciorarse si el grupo francés era pequeño o si había más soldados esperando. Como refuerzo, se sumó Eleuterio. Antes de partir, Moctezuma les advirtió:
—No sean imprudentes, reconozcan y vuelvan. No ganamos nada adentrándonos en la sierra sin apoyo. Los espero junto al río, cerca del ahuehuete derribado. Allí acamparemos.
Ilhuicamina, Pánfilo y Eleuterio descendieron por una vereda pedregosa siguiendo las huellas de los franceses. A cada paso, la vegetación se cerraba más, y el murmullo del agua se hacía presente en la lejanía, señal de que un arroyo se abría paso por entre los peñascos. Los tres avanzaban en silencio, tensos, con las armas preparadas. Pasaron unos minutos sin rastro de los galos, hasta que divisaron huellas de caballos, sugerencia de que el grupo enemigo no iba a pie.
—¿Caballos? Eso quiere decir que sí traen algo de caballería —musitó Pánfilo—. Ojo: esto puede complicarse si están emboscados.
Eleuterio frunció el ceño: —Tal vez lo mejor sea volver y avisar al capitán. No hay necesidad de arriesgar el pellejo.
Pero Ilhuicamina estaba decidido a cumplir la misión de reconocimiento. Además, le picaba la curiosidad: quería saber por qué los franceses se internaban en lugares tan escarpados. Apretó el paso y siguió las huellas. Tras unos cinco minutos, el camino se ensanchó y derivó en una pequeña hondonada sombreada por nogales. Parecía un lugar ideal para un campamento, y un olor a fogata reciente flotaba en el aire.
—¡Cuidado! —gritó de pronto Pánfilo, pero ya era tarde. Un disparo resonó y fue seguido por voces en francés. Se escucharon pisadas y un tumulto repentino. Los tres mexicanos se agacharon para buscar cobertura, pero se toparon con un numeroso grupo de soldados enemigos que emergían de entre la maleza. Al frente, un individuo alto y de porte arrogante, que con solo un ademán ordenó rodear a los exploradores.
Todo ocurrió con la rapidez del rayo. Pánfilo disparó su rifle, abatiendo a uno de los soldados franceses, pero los extranjeros eran demasiados. Ilhuicamina intentó recargar, sin éxito. Eleuterio blandía su bayoneta, pero un culatazo en la espalda lo tiró al suelo. Para cuando Ilhuicamina se dio cuenta, estaban rodeados por al menos diez o quince hombres. Un oficial francés, de barba oscura y mirada altiva, gritó algo ininteligible, y sus subordinados en un santiamén desarmaron a los mexicanos.
El oficial se acercó a Ilhuicamina, apuntándole con su sable: —Qui êtes-vous, mes amis? —preguntó con sorna, escudriñando a su prisionero—. ¿Soldados de la república, supongo? Dejad las armas, no intentéis nada estúpido.
Ilhuicamina solo apretó los labios. Sabía algunas palabras de francés, pero su orgullo no le permitía responder. Junto a él, Pánfilo y Eleuterio se mantenían en silencio, con la respiración agitada. Entonces, el oficial ladró órdenes a sus hombres, quienes ataron las manos de los cautivos con gruesas cuerdas.
—Llévenlos al campamento —agregó el oficial, y luego se dirigió a los prisioneros en un español con marcado acento—. Resistir es inútil. Si cooperan, no tendrán problemas.
Ilhuicamina se debatía entre la rabia y la impotencia. Pensó en el capitán Moctezuma y en si llegarían refuerzos. Pero aquella parte de la sierra era tan intrincada que, de no toparse con la tropa principal, nadie sabría su paradero. Con las muñecas fuertemente atadas y enfilados a punta de fusil, los tres mexicanos fueron conducidos loma arriba, donde se insinuaba la presencia de más soldados franceses.
El trayecto se hizo eterno. Bajo un sol cada vez más inclemente, ascendieron por veredas estrechas, entre zarzales que arañaban la piel y despeñaderos que amenazaban con una caída mortal. Ilhuicamina luchó por retener detalles del camino, por si más adelante tenían la oportunidad de escapar. Contó las curvas, memorizó un peñón en forma de cráneo y registró mentalmente cada recodo.
Después de cerca de una hora, llegaron a un llano protegido por un bosquecillo de cedros, donde un nutrido contingente francés tenía instalado un campamento improvisado. Había carpas, mulas de carga y un par de cañones ligeros. Algunos soldados hablaban entre sí en francés, mientras unos pocos, seguramente guías locales, discutían en español. A un costado, se distinguían oficiales con uniformes más elegantes, conferenciando alrededor de un mapa desplegado sobre una mesita de campaña.
Uno de ellos, un hombre rubio con bigote engominado, levantó la vista en cuanto vio entrar a los prisioneros. Se acercó con pasos seguros y saludó con un ademán al oficial que los había capturado.
—Montparnase, monsieur, traemos aquí a estos hombres: parecen exploradores de la república. —El que hablaba era el oficial de barba oscura, quien se presentaba ante el general Montparnase.
El general Montparnase miró a los prisioneros con condescendencia. —Bien, capitán Fouché. Habrá que interrogarlos. Nuestros planes no deben ser descubiertos antes de que nos reunamos con Holtmez y Jeimez. Para conquistar estos territorios, necesitamos que nadie avise al ejército republicano.
Luego, Montparnase dejó caer su mirada helada en Ilhuicamina. —Les sugiero que colaboren. Tienen dos opciones: ayudarnos a pasar desapercibidos y nos evitamos problemas, o se verán obligados a sufrir la dureza de la guerra. ¿Cuál prefieren?
Sin ceder a la intimidación, Ilhuicamina se irguió y respondió en voz baja, pero firme:
—No traicionaremos a México. Háganlo que quieran.
Montparnase esbozó una mueca de tedio. —Lo suponía. Capitán Fouché, llévelos con los otros prisioneros. Manténgalos vigilados. En cuanto llegue Holtmez, decidiremos su destino.
Las cuerdas en las muñecas comenzaban a cortar la circulación. Eleuterio mascullaba insultos entre dientes; Pánfilo no hablaba, pero en su mirada ardía una rabia incontestable. Ilhuicamina respiró hondo y pensó: “Tal vez tengamos una oportunidad de escapar. Debo mantenerme alerta.”
Así, comenzó la pesadilla de aquellos tres mexicanos, perdidos en las escarpadas sierras de su propia patria, ahora en manos del ejército enemigo. El destino se volvía incierto, y el ánimo patriótico chocaba contra la crudeza de la realidad. No quedaba otra más que resistir, esperar el instante propicio y, si Dios lo permitía, burlar a los franceses para regresar a la libertad.


