por Arturo Vásquez Urdiales

Una crónica en tres capítulos sobre el horror de la guerra y la leyenda del padre Rojo

Capítulo I: El Sacerdote de la Ubicuidad

Decían que el padre Epifanio Rojo podía estar en dos lugares a la vez. Un susurro en la trinchera, un rezo entre los escombros, una sombra que aparecía donde la muerte rondaba. “Es un enviado del Altísimo”, murmuraban los soldados. “O un espectro”, decían otros.

Oaxaqueño de cuna y de fuego, nació en el corazón de una ciudad donde la piedra y la fe se funden. Estudió en el Seminario Pontificio de la Santa Cruz de la siempre fiel y siempre leal ciudad de San Marcial, Oaxaca, donde compartió aulas con un joven de ideas firmes y destino feroz: Benito Juárez.

Pero el camino de Epifanio no fue la política ni el litigio, sino la entrega espiritual.

Y, sin embargo, aquel hombre de sotana y verbo encendido no era un sacerdote cualquiera.

En su juventud, había dejado el púlpito para tomar la causa republicana.

No era conservador, no era moderado, era un espíritu encendido en la hoguera de los tiempos.

Aquel marzo de 1862 lo encontró en Chalchicomula, el último rincón donde el ejército republicano se replegaba antes de la tormenta.

Su misión: ser capellán de las tropas de Oaxaca, Huajuapan, Tehuantepec y Juchitán, que bajo el mando del General Ignacio Mejía aguardaban su destino.

Aquí están los nombres correctos de los batallones y sus comandantes según el material original:

  • Batallón de Oaxaca (Bravos de Oaxaca)* (Coronel Ignacio Guendulain, falleció a los 5 días del polvorín, más logró relatar el auxilio espiritual del Padre Rojo)
  • * Batallón de Huajuapan
  • (Coronel Adalid León, murió en el polvorín)
  • Batallón de Tehuantepec
  • (General Cayetano Toledo)(falleció en el Polvorín)
  • Batallón de Juchitán (Fusileros de Juchitán) (Coronel Máximo Pineda, sobrevivió)
  • Batallón Patria
  • Cuerpo 1º y 2º de Ligeros (General Luciano Prieto, sobrevivió).
  • Cazadores, Lanceros y Fusileros (Coronel Constantino Larrazábal, falleció a los 3 dias del polvorín, perdió las extremidades, logró relatar la presencia del Padre Rojo en el lugar del siniestro).

Todos estos cuerpos estaban bajo el mando del General Ignacio Mejía, quien dirigía la Primera Brigada de Oaxaca.

Las tropas llegaron el 5 de marzo, entre pólvora y cánticos de guerra. La colecturía del diezmo, antaño rebosante de riqueza eclesiástica, se había convertido en un cuartel improvisado. En el templo de Guadalupe, las armas y la munición aguardaban, peligrosas y letales, su oportunidad de cambiar la historia. La batalla de Acultzingo se avecinaba.

Pero el destino tenía otros planes.

Capítulo II: La Noche de la Explosión

La noche olía a pólvora y sudor. El rancho se preparaba en las afueras del pueblo, y entre las sombras danzaban los soldados, hambrientos y agotados. Nadie sabe exactamente cómo ocurrió. Algunos dicen que fue una chispa rebelde escapada del fogón; otros, que la sombra de la traición se cernía sobre Chalchicomula. Un sabotaje, un complot orquestado por el Conde del Jaral, el maldito Juan Nepomuceno Almonte.

El estruendo fue como el rugido de un dios iracundo. El cielo se iluminó con una llamarada que convirtió la noche en día por un instante y luego en un infierno sin retorno. El polvorín estalló en una sucesión de explosiones que desgarraron la tierra y el tiempo.

Dos mil almas fueron arrancadas de la existencia en un latido. Hombres, mujeres, niños. Soldados que habían visto la guerra, que habían conocido la muerte en otros rostros, pero jamás en el propio. El templo de Guadalupe se convirtió en un cráter humeante. Los cuerpos llovieron sobre los tejados, los miembros cercenados rodaron por las calles. El hedor de la carne quemada se mezcló con la ceniza, y Chalchicomula, antaño un rincón tranquilo, se convirtió en un sepulcro sin lápidas.

Entre la bruma de la muerte, una figura se movía. Era el padre Rojo, con su sotana ennegrecida por el hollín, con las manos extendidas en auxilio de los moribundos.

Sacando de los escombros muertos y heridos.

Rezaba, bendecía, recogía los pedazos de lo que un día fueron hombres.

Nadie supo cómo llegó allí tan rápido. Nadie entendía cómo, si había sido visto minutos antes en otro punto del pueblo y horas antes en la ciudad de Oaxaca, como después se acreditó, ahora estaba sacando cuerpos entre los escombros.

“Es un milagro”, susurraban.

“No, es un hombre”, contestaban otros.

Pero el padre Rojo no respondía. Solo hacía lo que debía hacer.

Capítulo III: La Ciudad de los Muertos

El amanecer trajo consigo el silencio de la devastación. Donde hubo cuarteles, ahora había cenizas. Donde hubo vida, solo quedaban restos. Las calles de Chalchicomula se convirtieron en ríos de sangre seca, y el padre Rojo, incansable, continuó su labor.

El general Zaragoza llegó con su tropa y ordenó la incineración de los cadáveres. El hedor era insoportable. Las familias buscaban entre las ruinas algún rastro de sus seres queridos. Los pocos sobrevivientes gemían en la improvisada enfermería de un hotel y una casa particular. La guerra no se detuvo. No se detiene nunca.

El padre Rojo, aquel sacerdote oaxaqueño, enterró con sus propias manos a decenas de muertos.

Dio los Santos Óleos a los moribundos y confortó espiritualmente a los heridos y mutilados.

Y luego desapareció. Algunos dicen que lo vieron en Oaxaca días después. Otros, que jamás salió de Chalchicomula. Lo cierto es que su nombre se convirtió en una sombra que deambulaba por la memoria de los sobrevivientes.

Cuentan que muchos años después, cuando otro oaxaqueño, de nombre Gustavo Díaz Ordaz, quiso hacer de Chalchicomula su cuna apócrifa, el espíritu del padre Rojo se alzó en protesta muda. Pero la historia ya estaba escrita, y la tragedia del polvorín quedó en el olvido.

Chalchicomula debería ser un Monumento de Luto Nacional. Pero la memoria es frágil, y la historia, como la pólvora, solo necesita una chispa para desvanecerse en el viento.

Epílogo:

En la tierra del fuego y la piedra,
el viento susurra nombres olvidados.
Soldados y madres, niños y santos,
todos fueron polvo, todos fueron llamas.

Las campanas callaron, los muros cayeron,
y en la bruma de la muerte,
una sombra con sotana negra
se alzó entre el polvo y la pena.

Epifanio Rojo, el de estar como un espíritu, en todos lados
el que rezó por los vivos y por los muertos,
se perdió en el eco de un jueves maldito
y aún se escucha su nombre en el viento. *

*(Periodico Mercurio, mayo 1862)

Tendremos más entregas de este fenómeno

Urdiales Zuazubiskar fundación de letras hipnóticas AC ®©

Le invito a compartir esta columna y desarrollar un mundo mejor llenitito de buenos lectores; agradezco mucho su atención.

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