Por Arturo David Vásquez a Urdiales
23 de diciembre de 2024
Venancio era de Galicia, de un pueblo pequeño y hermoso llamado Sanxenxo. Allá, entre mariscadas y romerías, conoció a Pilarica, una muchacha del mismo pueblo, morena, trabajadora y con un carácter de esos que no admiten dobleces. Se casaron en la iglesia parroquial un otoño templado y al poco tiempo, Venancio decidió emigrar a las Américas, como tantos otros gallegos de aquella época.
«Vou fuxir cara ao futuro», le decía a Pilarica. Así que, con el corazón apretado pero la maleta cargada de esperanza, llegó a la verde Antequera, donde unos primos le pusieron a trabajar en una tienda de materiales de construcción. Vendía varilla, cemento, alambrón, cal, y todo lo necesario para levantar muros y sueños.
Venancio era trabajador. Mes tras mes, mandaba sus pesetas a Pilarica, que las ahorraba religiosamente para cuando llegara el día de estar juntos de nuevo. Se comunicaban por cartas. Porque, según decían, el wasap estaba lleno de virus y las redes sociales eran cosa del demonio.
Un día, entre cartas y misivas, Pilarica le escribió:
—Venancio, levamos moitos anos casados e non temos familia. Escribe unha folla de papel, énchea do teu (xa sabes, dos teus xenes) e envíocha por correo. Que pase o Atlántico e cando chegue, eu fago o propio. A ver se quedo embarazada.

Venancio, que aunque ingenuo era hombre de ideas claras, siguió las instrucciones al pie de la letra. Llenó un sobre, lo selló con esmero y lo envió allende los mares. Al cabo de unos meses, llegó una carta de Pilarica:
—Venancio, es un terrible, unha fiera! Onde pós o ollo, pós a bala. Agardamos familia moi pronto!
Venancio dio saltos de alegría y se sintió como un verdadero conquistador. Al poco tiempo, nació un neno hermoso, regordete y rosado, al que llamaron Xosé.
Así pasó no una, sino tres veces más. Pilarica tuvo cuatro hijos, todos por carta. Los compañeros de Venancio en la tienda, que tenían poca diplomacia y menos sutileza, le decían:
—Venancio, no seas tonto. Pilarica te está facendo o parvo.
—Non é así! —respondía Venancio, indignado—. Eu fun escrupuloso ao encher o sobre! Todo foi en orde!
Pero tanta fue la insistencia que empezó a dudar. Una noche, pensándolo bien, dijo:
—Xa o teño! Vou facer unha proba. En vez de mandarlle o meu, vou encher o sobre con engrudo. Se ela queda embarazada, saberei a verdade!
Dicho y hecho. Llenó el sobre con engrudo y lo envió.
A los dos meses, llegó otra carta de Pilarica:
—Venancio, es un terrible, unha fiera! Outra vez, agardamos familia!
Venancio brincó de alegría y, orgulloso, llevó la carta a la tienda.
—Védelo, zopencos! Pilarica nunca me enganou. Aquí está a proba!
Pero los compañeros, muertos de risa, le dijeron:
—Venancio, eres un gilipollas. Iso demostra que che fixeron un burro.
Fue entonces cuando Venancio, como iluminado por un rayo divino, gritó:
—Agora entendo todo! Veña de inventar a inseminación artificial!
Y, aunque en Antequera nadie le creyó, Venancio regresó a Sanxenxo a ser leyenda. Porque si algo estaba claro, era que allí donde ponía el ojo, ponía la bala.


