LETRAS HIPNÓTICAS
REVISTA DE ALTA CULTURA, HISTORIA Y CRÍTICA INTELECTUAL
EDICIÓN ESPECIAL DE COLECCIÓN SERIE: «LOS ESPEJOS ROTOS DEL PODER: ESPÍAS, AGENCIAS Y TRAICIONES» ENTREGA I
HISTORIA DE LA INTELIGENCIA / BIOGRAFÍA POLÍTICA / CRÓNICA DE GUERRA FRÍA
OUR MAN IN MEXICO
Winston M. Scott, la CIA, el poder mexicano y la larga sombra de Tlatelolco

«Hoy fue un día soleado»
Por el Dr. David Vásquez Tovar
Investigación histórica y crónica documental Ciudad de México — Washington — Langley — Tlatelolco 3 de octubre de 2026
PRELUDIO I
La ciudad donde todos mentían
Ciudad de México, 2 de octubre de 1968. 18:10 horas. Tlatelolco.
Imagínese la plaza. No la plaza que los turistas fotografían hoy, con sus ruinas prehispánicas y su iglesia colonial de piedra dorada, sino la plaza de aquella tarde de otoño de 1968, cuando miles de estudiantes —adolescentes en su mayoría, muchachos de preparatoria y universidad con el pelo largo y los puños cerrados— se habían reunido para escuchar a sus líderes y para gritar, por última vez, que querían un país distinto.
Imagínese el silencio. No el silencio confortable de una tarde tranquila, sino el silencio que precede a las balas: ese silencio denso, eléctrico, en el que todos los sonidos parecen suspendidos, como si el aire mismo estuviera conteniendo la respiración. El silencio de los soldados apostados en los edificios que rodean la plaza, con los fusiles dirigidos hacia la multitud, y el silencio de quienes todavía no saben que la tarde está a punto de dividir la historia mexicana en un antes y un después.

Imagínese el estruendo. No el estruendo abstracto de una guerra lejana, sino el ruido confuso de disparos, gritos, carreras y órdenes contradictorias cuando las luces de bengala cruzan el cielo y la plaza deja de ser un lugar de reunión para convertirse en un espacio de encierro. En los testimonios posteriores, los disparos aparecen viniendo de distintos puntos y las versiones sobre quién disparó primero se contradicen; precisamente por eso, la escena histórica no debe simplificarse hasta convertirla en una coreografía perfectamente resuelta. Lo que sí está fuera de duda es que hubo una operación militar y policial de enorme violencia, muertos, heridos, detenidos y una respuesta oficial que durante años ocultó la magnitud de lo sucedido.
Imagínese la sangre. La sangre sobre el cemento, sobre los escalones de la iglesia, sobre los cuerpos de quienes caen y sobre los cuerpos de quienes intentan encontrar una salida. Imagínese a las familias buscando nombres en hospitales, morgues y cuarteles. Imagínese el teléfono que no contesta, la puerta que no se abre, la fotografía que alguien conserva en una cartera y que, de pronto, se convierte en la única prueba de que una persona existió.
Imagínese ahora el olvido. El comunicado oficial. Las cifras que no coinciden. La palabra «zafarrancho». Los periódicos obligados a trabajar dentro de un margen estrecho de información. La televisión intentando reconstruir los hechos mientras todavía circulan rumores contradictorios. Y una ciudad entera aprendiendo, en tiempo real, que también se puede matar una verdad sin matar a todos sus testigos.

Y ahora imagine al hombre que observaba aquella arquitectura desde otra parte de la ciudad.
No estaba en la plaza. No llevaba uniforme. No disparaba un arma. Estaba en una oficina diplomática y de inteligencia, y tenía cincuenta y nueve años. Su cabello era plateado; sus modales, impecables; su apariencia, la de un funcionario que podía pasar por un caballero de la vieja escuela estadounidense. Se llamaba Winston Mackinley Scott y desde 1956 dirigía la estación de la CIA en México.
Aquel hombre conocía los nombres que importaban. Conocía a funcionarios mexicanos, policías, diplomáticos, informantes y operadores políticos. Había construido durante años una red de relaciones que permitía a Washington recibir información desde los niveles más altos del Estado mexicano. También sabía algo que distingue al verdadero poder del poder teatral: que la información no vale solamente por ser obtenida, sino por quién decide qué parte de ella llega al siguiente escritorio.

La tentación literaria sería poner en su mano, aquella noche, una frase perfecta: «Hoy fue un día soleado». Sería una escena demasiado buena para no escribirla. Un hombre de inteligencia, a pocos kilómetros de una matanza, anotando con serenidad una frase meteorológica que décadas después se convertiría en el símbolo de una televisión acusada de haber ocultado la tragedia.
Pero la historia exige una pausa.
La frase está documentada como parte de la memoria pública asociada a Jacobo Zabludovsky, pero investigaciones posteriores han cuestionado que la pronunciara el 2 de octubre de 1968. El programa 24 Horas ni siquiera existía todavía; comenzó en 1970. Una investigación de Celeste González de Bustamante, recogida por Quinto Poder, señala que Zabludovsky participó en otros espacios informativos y que los guiones conservados no sostienen la versión popular de aquella apertura. La frase sí fue pronunciada por Zabludovsky posteriormente, ya en 24 Horas, como una fórmula de apertura, lo que probablemente contribuyó a que la memoria la desplazara hacia la noche de Tlatelolco.

Por eso este preludio no convierte una leyenda en evidencia.
La verdadera escena es más incómoda: tenemos un jefe de estación de la CIA, una red de informantes en las alturas del poder mexicano, una tragedia que la estación observó a través de sus fuentes y una documentación que demuestra que la relación entre Washington y el régimen mexicano era mucho más profunda de lo que durante años admitió la narrativa pública. El National Security Archive documentó que Scott dependía de informantes de alto nivel —incluidos Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría— y que esa dependencia produjo informes sesgados por la versión oficial mexicana de Tlatelolco.
La frase, entonces, cambia de lugar.
Ya no es la confesión de un espía.
Es el espejo roto de una sociedad que necesitó poner en boca de un rostro televisivo una indiferencia que, en realidad, pertenecía a un sistema mucho más grande.
Y en ese sistema estaba Winston Scott.

PRELUDIO II
La ciudad donde el secreto tenía domicilio
En la Ciudad de México de los años sesenta, el poder no siempre necesitaba presentarse con uniforme, banda presidencial o automóvil oficial. A veces bastaba con una cena en una casa de Las Lomas, una llamada telefónica desde una residencia diplomática, un sobre entregado discretamente, un nombre pronunciado en voz baja o una fotografía tomada desde una esquina de la avenida Reforma. La ciudad era entonces una capital contradictoria, profundamente nacionalista en su retórica y extraordinariamente permeable a las redes internacionales de inteligencia; un lugar donde el gobierno podía defender públicamente la soberanía mexicana frente a Washington mientras, en privado, mantenía con los servicios estadounidenses una cooperación tan estrecha que algunas de las operaciones más importantes de la CIA en el hemisferio occidental dependían precisamente de funcionarios mexicanos.
Winston Mackinley Scott tenía el aspecto de un caballero estadounidense de otra época. Cabello plateado, traje impecable, modales discretos, una manera pausada de hablar y la cortesía de quien había aprendido que una conversación aparentemente insignificante podía producir más inteligencia que una interrogación. No era calvo, no era corpulento, no llevaba la fisonomía teatral del espía de novela y, precisamente por ello, resultaba extraordinariamente adecuado para el trabajo que desempeñaba. Durante trece años, desde 1956 hasta 1969, fue el jefe de la estación de la CIA en México, una permanencia excepcionalmente larga para un puesto cuya naturaleza exigía normalmente rotación y discreción.
En el centro de aquella arquitectura se encontraba un hombre cuya apariencia difícilmente habría llamado la atención de nadie. Scott no gobernaba México. No podía hacerlo y, en términos formales, nunca pretendió hacerlo. México tenía un gobierno propio, instituciones propias, intereses propios y una política exterior que, aunque estrechamente vinculada con Estados Unidos, conservaba márgenes de autonomía que el propio régimen utilizaba con habilidad. La imagen de México como un simple protectorado estadounidense resulta demasiado cómoda para explicar lo que realmente ocurrió. El fenómeno histórico mucho más interesante fue la existencia de una penetración de inteligencia tan profunda que los límites entre cooperación, influencia, dependencia y manipulación podían hacerse extraordinariamente difíciles de distinguir.

La documentación desclasificada durante las últimas décadas ha permitido comenzar a observar esa estructura desde dentro. La historia de Scott, por eso, no es solamente la historia de un espía. Es la historia de un archivo incompleto.
Y los archivos incompletos, cuando contienen los nombres de presidentes, policías, estudiantes, agentes dobles, embajadas y cadáveres, tienen una particularidad: aquello que falta puede llegar a ser tan importante como aquello que permanece.
I
El hombre de Alabama
Winston Mackinley Scott nació el 30 de marzo de 1909 en Jemison, Alabama, y antes de convertirse en funcionario de inteligencia fue matemático. La trayectoria parece, a primera vista, improbable. El joven que acabaría sentado en la estación de la CIA en México no comenzó su vida profesional entre espías, diplomáticos o militares, sino entre números, ecuaciones y problemas de álgebra. Posteriormente obtuvo un doctorado en la Universidad de Michigan y entró al FBI en 1941, antes de incorporarse a la Oficina de Servicios Estratégicos durante la Segunda Guerra Mundial y, finalmente, a la CIA.
La matemática, sin embargo, nunca desapareció completamente de su forma de pensar. Los testimonios posteriores de sus colegas describieron una memoria extraordinaria y una inclinación a controlar personalmente los detalles de las operaciones. Un documento conservado en los archivos de la investigación Kennedy describió a Scott como poseedor de una memoria casi fotográfica y señaló que era él quien tomaba la decisión final sobre si determinada información obtenida mediante interceptaciones debía enviarse o no a Washington.
Esa característica resulta fundamental para comprenderlo. Los servicios de inteligencia producen enormes cantidades de información, pero el verdadero poder no pertenece necesariamente al hombre que obtiene el dato, sino al que decide qué parte del dato se convierte en conocimiento institucional. Scott ocupaba precisamente ese punto de decisión. En México no era simplemente un receptor de informes. Era un filtro.
Antes de llegar a Ciudad de México había pasado por Europa y había adquirido experiencia en operaciones clandestinas, relaciones con servicios extranjeros y guerra política. El mundo de posguerra en el que se formó era un mundo en el que la línea entre diplomacia y espionaje se había vuelto deliberadamente borrosa. La CIA todavía era una institución relativamente joven; el anticomunismo constituía la lógica estratégica dominante de Washington y la Guerra Fría había convertido las capitales extranjeras en territorios de competencia permanente.
México ofrecía una posición excepcional. Compartía una frontera de miles de kilómetros con Estados Unidos, mantenía relaciones diplomáticas con Cuba después de la Revolución, albergaba una importante representación soviética y constituía un refugio para exiliados políticos de prácticamente todo el continente. Era, además, uno de los pocos países latinoamericanos capaces de mantener una política exterior independiente sin romper la estructura estratégica norteamericana.
Para Washington, comprender México significaba comprender también buena parte de América Latina. Para Scott significaba construir una red.

II
La estación
Cuando Scott llegó a Ciudad de México en 1956, la CIA no necesitaba una estación que se comportara como una embajada paralela. Necesitaba algo más sofisticado: una organización que pudiera moverse dentro de las instituciones mexicanas sin parecer una organización extranjera.
La tapadera diplomática proporcionaba el primer nivel de protección. Los directorios oficiales mexicanos de mediados de los años sesenta registran a Winston M. Scott como Primer Secretario de la Embajada de Estados Unidos y consignan incluso la residencia de los Scott en Lomas de Chapultepec. Para el observador exterior, era un funcionario diplomático. Para la comunidad de inteligencia estadounidense, era otra cosa.
La diferencia entre ambas identidades constituía precisamente su oficio. Scott podía asistir a recepciones oficiales, conversar con ministros, reunirse con diplomáticos, cultivar amistades y aparecer en los lugares donde se encontraba la élite política mexicana sin provocar la sospecha que habría despertado un funcionario de inteligencia identificado abiertamente como tal.
Pero el verdadero mecanismo de influencia estaba en otra parte. Estaba en los teléfonos. Estaba en las fotografías. Estaba en los informantes. Estaba en los archivos. Y estaba, sobre todo, en las relaciones personales.
La estación desarrolló una estructura de cooperación con las autoridades mexicanas que llegó a niveles extraordinariamente altos. La investigación del National Security Archive sobre los documentos desclasificados ha mostrado que operaciones como LITEMPO y LIENVOY no fueron simplemente mecanismos estadounidenses de espionaje contra México, sino sistemas de cooperación en los que funcionarios mexicanos proporcionaban información a la CIA y, en determinados casos, las propias autoridades mexicanas iniciaban o facilitaban operaciones de vigilancia.
Esta circunstancia obliga a modificar la imagen tradicional del espía extranjero penetrando en un Estado ingenuo. La realidad era más compleja. México también quería saber. México también quería vigilar. México también utilizaba a los estadounidenses. La relación era, en consecuencia, asimétrica pero no unilateral. Y eso explica buena parte de su duración.
III
LITEMPO
En la historia de la CIA en México existe un nombre que ha adquirido una importancia casi mítica: LITEMPO.
El proyecto no consistía simplemente en obtener información sobre funcionarios mexicanos. Su importancia residía en construir relaciones operativas con figuras de alto nivel dentro del Estado mexicano. Los documentos identifican a Fernando Gutiérrez Barrios como LITEMPO-4, a Gustavo Díaz Ordaz como LITEMPO-2 y a Luis Echeverría como LITEMPO-8; la reconstrucción documental también vincula a otros funcionarios y personajes cercanos al poder presidencial con la red.
Es difícil exagerar la importancia histórica de este mecanismo, pero también es fácil exagerarlo de la manera equivocada. Decir que “la CIA gobernaba México” simplifica demasiado. Decir que “los presidentes mexicanos eran simplemente títeres de Washington” tampoco describe adecuadamente lo que muestran los documentos.
Lo que muestran es algo más inquietante: altos funcionarios mexicanos y la inteligencia estadounidense habían desarrollado una relación clandestina de tal profundidad que información política sensible circulaba fuera de los canales diplomáticos ordinarios y que la estación estadounidense tenía acceso privilegiado a personas situadas en el núcleo mismo del poder mexicano.
Díaz Ordaz necesitaba saber qué sabía Washington. Washington necesitaba saber qué pensaba Díaz Ordaz. Echeverría necesitaba controlar la información que salía de Gobernación. Scott necesitaba una fuente privilegiada dentro de Gobernación. Gutiérrez Barrios necesitaba una relación con la estación. Y cada uno podía convencerse de que estaba utilizando al otro.
Ésa es la naturaleza del poder clandestino. Nadie tiene que ser completamente subordinado. Basta con que todos necesiten algo.

IV
La máquina de escuchar
La cooperación no se limitaba a las conversaciones entre hombres poderosos. La estación participó en la construcción de una infraestructura de vigilancia extraordinariamente sofisticada. LIENVOY se convirtió en una operación conjunta de vigilancia telefónica que permitió interceptar comunicaciones de objetivos soviéticos, cubanos y comunistas. Los documentos recientemente estudiados por el National Security Archive describen una instalación cuyo costo inicial alcanzó unos 150.000 dólares y que incorporaba decenas de grabadoras y equipos de registro telefónico.
La ciudad podía ser observada sin necesidad de que el observador apareciera. Un teléfono intervenido no necesitaba uniforme. Una fotografía no necesitaba interrogatorio. Una fuente humana no necesitaba saber toda la operación. Y un expediente podía sobrevivir a todos los hombres que habían participado en él.
Scott comprendía ese principio. Su estación podía estar en la Embajada, pero sus ojos estaban en las calles. Sus oídos estaban en los teléfonos. Y sus relaciones estaban dentro del gobierno.
V
Los estudiantes
La juventud mexicana de 1968 no surgió de la nada. Había crecido bajo un régimen que ofrecía estabilidad, crecimiento económico y una extraordinaria continuidad institucional, pero que mantenía estrechos límites para la competencia política y la protesta organizada. La universidad, el movimiento obrero, las organizaciones campesinas y los grupos estudiantiles constituían espacios donde el régimen podía ejercer control, pero también donde la nueva generación comenzaba a reclamar una esfera pública distinta.
Para la CIA, sin embargo, el movimiento estudiantil podía ser leído a través de la gramática de la Guerra Fría: comunismo, Cuba, Moscú, subversión, infiltración. El lenguaje de la seguridad podía convertir rápidamente una protesta política en un problema de inteligencia.
Los documentos desclasificados en 2026 muestran que la CIA tenía al menos cinco proyectos relacionados con el liderazgo estudiantil mexicano y que había desarrollado operaciones destinadas a influir, penetrar o vigilar organizaciones universitarias. La documentación también confirma que la Agencia financió a MURO, una organización estudiantil de extrema derecha, desde 1963, con aproximadamente 6.000 dólares anuales.
Dentro de la propia CIA existían funcionarios que cuestionaban la conveniencia de apoyar a MURO. Un funcionario advirtió en 1967 que, aunque podía existir utilidad táctica en disponer de una organización militante capaz de hostigar a adversarios, el costo político a largo plazo podía superar los beneficios inmediatos. La advertencia demuestra que dentro de la Agencia no existía una visión monolítica de la operación.
VI

Tlatelolco
El 2 de octubre de 1968, la Plaza de las Tres Culturas no era simplemente un lugar de reunión. Era el escenario donde convergían dos concepciones incompatibles del Estado.
Para los estudiantes, la plaza era un espacio político. Para el régimen, era un problema de seguridad. Para el ejército, era una operación. Para la Dirección Federal de Seguridad, era una fuente de información. Para la CIA, era un acontecimiento que debía ser observado.
A las seis y diez de la tarde, las bengalas aparecieron sobre la plaza.
Después llegaron los disparos.
La versión exacta de quién disparó primero, desde dónde y con qué propósito fue durante décadas objeto de disputa, manipulación y reconstrucción. Lo que hoy puede afirmarse documentalmente con mucha mayor seguridad es que unidades militares y policiales rodearon la plaza, se produjo un intercambio de disparos y la operación terminó con numerosos muertos, heridos y detenidos. Las cifras exactas continúan siendo objeto de controversia.
Lo que resulta particularmente relevante para la historia de Scott no es solamente lo que ocurrió en la plaza. Es lo que ocurrió con la información.
La estación de la CIA estaba profundamente conectada con los aparatos mexicanos que proporcionaban información sobre el movimiento estudiantil. Los documentos recientemente publicados muestran que los estadounidenses recibían información a través de sus relaciones con funcionarios mexicanos y que, después de la matanza, la estación transmitió a Washington una interpretación fuertemente dependiente de la versión oficial mexicana.
La historia interna de la estación resulta todavía más perturbadora por su vocabulario. Según el National Security Archive, la versión parcialmente desclasificada describe Tlatelolco como una especie de “shooting contest” entre estudiantes y ejército, con los estudiantes como perdedores.
Una frase así no prueba que Scott ordenara la represión. Tampoco demuestra que la CIA planeara la matanza. Pero revela algo fundamental acerca del universo burocrático en el que se procesó la información: la violencia política mexicana podía convertirse, dentro de la maquinaria de inteligencia estadounidense, en un problema operacional, una secuencia de informes, una evaluación de fuentes y un balance de fuerzas.
Los muertos podían transformarse en información. Y la información podía transformarse en cable.

VII
La pregunta que todavía no puede contestarse
La pregunta más importante no es si Scott sabía que existía un movimiento estudiantil. Por supuesto que lo sabía. Tampoco es si la CIA mantenía fuentes dentro del gobierno mexicano. Los documentos lo demuestran. Ni siquiera es si la estación tenía conocimiento de las operaciones de vigilancia sobre los estudiantes. También lo sabemos.
La pregunta difícil es otra: ¿cuánto sabía la estación acerca de lo que iba a ocurrir en Tlatelolco antes de que ocurriera?
Y después viene una pregunta todavía más difícil: ¿qué hizo con ese conocimiento?
La respuesta responsable no puede ser rellenada con imaginación. El National Security Archive ha advertido precisamente que las páginas más sensibles de la historia de la estación continúan censuradas. Las secciones correspondientes al periodo crítico de las operaciones estudiantiles permanecen sustancialmente ocultas, y las revisiones más recientes no han permitido reconstruir por completo qué ocurrió dentro de la estación durante aquella etapa.
Esto significa que una investigación seria no puede afirmar que Scott ordenó la matanza. Pero tampoco puede afirmar que la documentación disponible demuestra que Scott no supiera nada.
La historia se encuentra en ese espacio incómodo entre ambas posibilidades.

VIII
Lee Harvey Oswald
La llegada de Lee Harvey Oswald a Ciudad de México en septiembre de 1963 convirtió a la estación de Scott en uno de los centros de inteligencia más importantes de la investigación posterior sobre el asesinato de John F. Kennedy.
Oswald visitó las embajadas soviética y cubana. La estación de Scott lo detectó y puso en marcha una vigilancia que produciría fotografías, interceptaciones, informes y comunicaciones con Washington. Los archivos nacionales estadounidenses conservan numerosos documentos relacionados con aquella operación, incluidos memorandos y cables producidos por Scott y por otros miembros de la estación.
El papel de Scott no era ceremonial. Un documento de la investigación posterior describe su posición con claridad: era jefe de estación, supervisaba en la práctica a David Phillips y tenía la decisión final sobre qué información obtenida mediante interceptación sería remitida a Washington.
Eso convierte a Scott en una figura central para comprender la enorme cantidad de preguntas todavía abiertas alrededor de la estancia de Oswald en México.
No significa que Scott supiera quién iba a matar a Kennedy. No significa que la CIA hubiera organizado el asesinato. No significa que Oswald fuera necesariamente un agente de nadie. Significa algo más concreto: Scott estaba situado en uno de los puntos institucionales desde los cuales la inteligencia estadounidense observó a Oswald antes del asesinato de Kennedy.
IX
El hombre que salió con una medalla
En 1969, Scott dejó México. No fue expulsado. No fue acusado. No desapareció en desgracia. Fue condecorado.
La documentación reconstruida por Jefferson Morley y por el National Security Archive señala que Scott recibió la Distinguished Intelligence Medal al terminar su larga etapa mexicana. Su salida ocurrió después de trece años en un puesto cuya permanencia había sido excepcional.
El detalle resulta importante porque modifica radicalmente la narrativa habitual. Si alguien quisiera presentar a Scott como un funcionario que había perdido el favor de la CIA después de Tlatelolco, tendría que explicar por qué la Agencia lo reconoció con una de sus principales condecoraciones de inteligencia.
La explicación más sencilla es también la más incómoda: Scott había sido extremadamente útil.
Su estación había funcionado. Sus relaciones habían funcionado. LITEMPO había funcionado. La cooperación con los servicios mexicanos había funcionado. La vigilancia había funcionado.
Para la institución que lo empleaba, los resultados importaban.

X
El último año
Winston Scott murió en Ciudad de México el 26 de abril de 1971. Tenía sesenta y dos años. La explicación conocida es un ataque al corazón.
Pero la historia de su muerte no termina con esa frase.
Scott estaba trabajando en sus memorias. Las había titulado It Came to Little. Y tenía una reunión prevista con Richard Helms. Dos días después de su muerte, James Jesus Angleton llegó a la casa de Scott.
Angleton era el jefe de contrainteligencia de la CIA. Según la reconstrucción publicada por The Washington Post a partir de un cable desclasificado y de testimonios de la familia, Angleton acudió a la casa de Scott poco después del funeral y obtuvo el manuscrito de las memorias. El jefe de la estación que sucedió a Scott informó posteriormente a Richard Helms que se habían recuperado varios originales y copias del manuscrito, además de tres grandes cajas y cuatro valijas con archivos, notas y memorandos clasificados de la estación.
No estamos ante una leyenda. Existe documentación sobre aquella visita. Existe un cable. Existe un litigio posterior. Existe el manuscrito. Y existe la desaparición de partes de ese manuscrito.
Michael Scott, hijo de Winston, inició posteriormente un largo proceso para recuperar los materiales de su padre. La disputa llegó a los tribunales federales y la CIA sostuvo que determinadas partes permanecían protegidas por razones de seguridad nacional.
La historia, por tanto, no necesita una teoría de asesinato para resultar extraordinaria. El archivo desapareció. La Agencia lo tomó. El hijo tuvo que demandar. Y cuando finalmente reapareció, estaba mutilado.
XI
El mito de «Hoy fue un día soleado»
«Hoy fue un día soleado».
Hay frases que dejan de pertenecer a quien las pronunció y terminan perteneciendo a una época. Ésta es una de ellas. Durante décadas, la memoria pública mexicana atribuyó a Jacobo Zabludovsky una apertura televisiva que supuestamente habría ocurrido la noche del 2 de octubre de 1968, inmediatamente después de la matanza de Tlatelolco. La imagen era perfecta: la sangre abajo y, en la pantalla, el clima; la tragedia en la plaza y, en el estudio, una frase meteorológica capaz de reducir el horror a normalidad.
La evidencia disponible, sin embargo, obliga a desmontar esa escena.
La investigación de Celeste González de Bustamante, profesora de la Universidad de Arizona y autora de Muy buenas noches. México, la televisión y la Guerra Fría, revisó los guiones de los noticieros de Canal 2 en octubre de 1968. Según la reconstrucción recogida por Quinto Poder, Zabludovsky participaba entonces en el Diario Nescafé, emitido por la mañana, y en un boletín informativo de quince minutos que se transmitía a las 19:15. El programa 24 Horas todavía no existía: comenzó hasta septiembre de 1970. Además, los acontecimientos de Tlatelolco comenzaron alrededor de las 18:10, cuando todavía circulaba información fragmentaria y no se conocía con precisión la magnitud de lo ocurrido. La investigación, por tanto, no respalda la versión popular de que Zabludovsky abrió aquella noche un noticiero diciendo «Hoy fue un día soleado».
La frase no es, sin embargo, una invención absoluta.
Zabludovsky sí la utilizó posteriormente, ya como conductor de 24 Horas, donde funcionaba como una fórmula de apertura y fue repetida en distintas emisiones. Es posible que esa repetición posterior, sumada a la memoria colectiva del silencio televisivo de 1968, contribuyera a trasladarla retrospectivamente a la noche del 2 de octubre. La propia reconstrucción publicada por Quinto Poder señala esa diferencia temporal.
Hay un segundo detalle que modifica la escena. La investigación citada por Quinto Poder sostiene que, el 3 de octubre, Zabludovsky dedicó tres de las siete páginas de su guion a los acontecimientos de Tlatelolco, leyendo información publicada por los principales periódicos sin emitir una valoración personal. El manejo de la información provocó malestar en sectores del gobierno y, de acuerdo con la investigación de González de Bustamante, Telesistema Mexicano emprendió posteriormente cambios en su estructura editorial, antes de lanzar 24 Horas en 1970.
Esto no convierte a la televisión mexicana de 1968 en un espacio libre de presiones. Tampoco convierte a Zabludovsky en un héroe retrospectivo. Lo que hace es algo más importante: obliga a distinguir entre la historia de la censura y una frase cuya ubicación temporal se volvió incierta.

Y aquí aparece Winston Scott.
En el expediente público conocido no existe, hasta ahora, un documento que demuestre que Scott ordenó a Zabludovsky pronunciar la frase, que lo llamó la noche del 2 de octubre o que diseñó desde la estación de la CIA una línea editorial específica para producirla. Tampoco debe afirmarse como hecho probado que Scott escribiera esa frase en su diario el 2 de octubre de 1968 sin citar el documento primario que lo demuestra. La documentación que sí está disponible permite afirmar algo distinto y mucho más sólido: Scott dirigía la estación de la CIA en México; su red LITEMPO dependía de fuentes de altísimo nivel dentro del Estado mexicano; y la estación recibió y transmitió información sobre el movimiento estudiantil y Tlatelolco a través de relaciones que, según el National Security Archive, hicieron que Washington recibiera una versión profundamente influida por la narrativa oficial mexicana.
Ésa es la historia que merece ser contada.
No necesitamos inventar una llamada telefónica entre Scott y Zabludovsky para demostrar la densidad de la relación entre inteligencia, poder político y medios de comunicación. Tampoco necesitamos convertir una frase meteorológica en una confesión. El verdadero fenómeno histórico es más amplio: una arquitectura de información en la que la estación estadounidense dependía de funcionarios mexicanos de primer nivel, mientras la prensa y la televisión operaban dentro de un sistema político donde las presiones del poder presidencial eran reales y documentables.
«Hoy fue un día soleado» sobrevivió porque era una frase perfecta para condensar esa experiencia.
No porque podamos probar que se pronunció aquella noche.
Sino porque una sociedad que recuerda Tlatelolco necesitó una frase que expresara la sensación de que, mientras la historia se desangraba en una plaza, el aparato público continuaba hablando como si el mundo siguiera siendo normal.
El mito no debe destruirse para salvar la historia.
Debe colocarse en su sitio.
XII
Our Man in Mexico
Jefferson Morley tituló su investigación Our Man in Mexico.
La expresión posee una ironía que se vuelve más profunda a medida que se conoce la historia.
Scott no era simplemente el estadounidense que vigilaba México. Era el estadounidense que había llegado a ser parte del mecanismo mediante el cual Washington entendía México.
Durante trece años, Scott fue el hombre al que acudir cuando había información que no debía pasar por los canales ordinarios. Fue el hombre que podía levantar el teléfono. Fue el hombre que podía preguntar. Fue el hombre que podía recibir. Fue el hombre que podía decidir. Fue el hombre que podía escribir un cable.
Y cuando dejó de ser útil como jefe de estación, fue un hombre al que su propia organización decidió reconocer con una de sus máximas condecoraciones.
Después quiso contar su historia.
Entonces el secreto cambió de dueño.
EPÍLOGO
El archivo que todavía falta
Hay una manera fácil de escribir sobre Winston M. Scott: convertirlo en un monstruo omnisciente, atribuirle cada acontecimiento que ocurrió durante sus trece años en México y transformar cada coincidencia documental en una conspiración perfectamente cerrada.
Otra manera consiste en hacer exactamente lo contrario: presentarlo como un funcionario estadounidense diligente, eficaz y patriótico, limitarse a describir sus operaciones y dejar que la burocracia absorba las consecuencias humanas de sus decisiones.
Ambas versiones fracasan.
La primera inventa demasiado. La segunda comprende demasiado poco.
Scott fue algo más incómodo. Fue un profesional extraordinariamente eficaz dentro de una organización cuyo trabajo consistía precisamente en operar donde la transparencia democrática era más débil. Construyó relaciones de inteligencia con funcionarios mexicanos de altísimo nivel, supervisó una estación que penetraba profundamente en la política y seguridad mexicanas, participó en el sistema de vigilancia que observó a Lee Harvey Oswald durante su visita a México y dirigió la estación durante el periodo que desembocó en Tlatelolco. Los documentos que sobreviven permiten demostrar buena parte de esa arquitectura; los documentos que todavía faltan impiden reconstruir completamente sus límites.
En 1969 salió de México con una medalla.
En 1971 murió.
Dos días después, James Angleton apareció en su casa.
El manuscrito desapareció.
Los archivos desaparecieron.
Años después, su hijo tuvo que demandar para recuperarlos.
Y en 2026 todavía existen páginas de la historia oficial de la estación que permanecen ocultas.
Tal vez ésa sea la verdadera razón por la que Winston Scott continúa fascinando. No porque sepamos exactamente qué hizo, sino porque sabemos lo suficiente para comprender la dimensión del poder que tuvo y no lo suficiente para cerrar el expediente.
La historia mexicana de la Guerra Fría está llena de hombres que aparecen en fotografías oficiales y desaparecen de los archivos privados. Scott hizo lo contrario: aparece en los documentos estadounidenses como una presencia casi omnipresente, pero su verdadera dimensión humana se perdió en el momento en que la institución a la que había dedicado su vida decidió que sus memorias constituían un problema de seguridad nacional.
Y quizá la frase más adecuada para terminar esta historia no sea la que la memoria mexicana colocó en boca de Zabludovsky.
Quizá sea la que Scott escribió para explicar su propia vida.
It came to little.
Había buscado mucho. Había visto mucho. Había acumulado mucho. Había servido durante décadas a una maquinaria que consideraba el secreto una forma de poder.
Y cuando finalmente quiso dejar constancia de lo que había visto, descubrió una de las leyes más antiguas del mundo de la inteligencia: el hombre puede retirarse de la organización, pero los secretos de la organización no necesariamente se retiran del hombre.
Winston M. Scott salió de México con una medalla. Murió dos años después. Su archivo sobrevivió. Y el archivo, todavía hoy, sigue hablando a medias.
Quizá algún día se abra lo que falta. Quizá aparezcan las páginas de Tlatelolco que permanecen negras. Quizá aparezca un cable que explique qué sabía exactamente la estación durante aquellas horas. Quizá aparezca el documento que permita reconstruir el verdadero origen de aquella frase. Quizá nunca aparezca.
Mientras tanto, la Plaza de las Tres Culturas permanece donde siempre estuvo, bajo el cielo de octubre, y la historia sigue intentando distinguir entre lo que ocurrió, lo que el Estado dijo que ocurrió, lo que la inteligencia estadounidense creyó que había ocurrido y lo que todavía no nos permiten leer.

Ésa es la verdadera historia de Winston Scott.
No la historia de un hombre que controlaba México. La historia de un hombre que durante trece años construyó una posición desde la cual podía mirar hacia el interior del poder mexicano, transmitir lo que veía hacia Washington y, al mismo tiempo, desaparecer detrás de la misma institución que había hecho de mirar sin ser visto una profesión.
Y quizá por eso, cincuenta y ocho años después de Tlatelolco, el secreto más importante no sea descubrir qué frase pronunció un presentador de televisión.
Sea descubrir quién decidió qué podía saber México aquella noche.
NOTA DEL AUTOR
El texto distingue deliberadamente entre hechos documentados, inferencias y cuestiones todavía abiertas. No se presenta como probado que Winston Scott ordenara a Jacobo Zabludovsky pronunciar “Hoy fue un día soleado”, porque el documento que demostraría esa instrucción no forma parte del expediente público conocido. La investigación sí documenta la extraordinaria profundidad de las relaciones entre la estación de Scott y los aparatos políticos y de seguridad mexicanos, las operaciones LITEMPO y LIENVOY, la vigilancia de Lee Harvey Oswald, el apoyo a organizaciones estudiantiles de derecha y la posterior intervención de la CIA sobre los papeles de Scott.
REFERENCIAS ESENCIALES
Jefferson Morley, Our Man in Mexico: Winston Scott and the Hidden History of the CIA, University Press of Kansas.
National Security Archive, LITEMPO: The CIA’s Eyes on Tlatelolco, George Washington University.
National Security Archive, The CIA Station in Mexico: The Last JFK Assassination Records Secrets, 1 de octubre de 2026.
Winston M. Scott Papers, 1941–1971, Dolph Briscoe Center for American History, University of Texas at Austin.
National Archives, registros de la investigación sobre el asesinato de John F. Kennedy relativos a la estación de la CIA en México y Lee Harvey Oswald.
The Washington Post, documentación sobre It Came to Little y la recuperación judicial de los papeles de Scott.
Letras Hipnóticas | Revista de alta cultura, historia y crítica intelectual | letrashipnoticas.org


