APUNTE DIARIO SOBRE LETRAS HIPNÓTICAS
Tecnología de dioses, poder de príncipes y una humanidad que vuelve a cerrar los ojos
Por Arturo Vásquez Urdiales.

Hay frases que no envejecen: esperan. Permanecen dormidas en las páginas de un libro hasta que un día la realidad las despierta, las sacude y las coloca frente a nuestros ojos como un espejo. En 1995, Carl Sagan publicó El mundo y sus demonios, una defensa apasionada de la ciencia, de la duda razonada y de la inteligencia pública. No escribió una profecía sobre Donald Trump; escribió algo más profundo y más inquietante: describió el tipo de sociedad que podría surgir cuando el poder tecnológico creciera más rápido que la capacidad ciudadana para comprenderlo y juzgarlo.
La imagen que hoy nos convoca reproduce literalmente estas palabras:
«“Tengo el presentimiento de que, en una América de los tiempos de mis hijos o de mis nietos -cuando los Estados Unidos ya sean un servicio de información y economía; donde casi todas las industrias manufactureras se hayan ido a otros países; cuando los increíbles poderes tecnológicos estén en manos de unos pocos, y nadie que represente el interés público pueda comprender los problemas; cuando la gente haya perdido la habilidad de crear sus propias agendas o cuestionar con fundamentos a aquellos con autoridad; cuando nerviosamente apretemos nuestros cristales y consultemos nuestros horóscopos, veamos nuestras facultades críticas en decadencia, incapaces de distinguir lo que nos gusta de lo que es verdad, nos deslizaremos de nuevo, casi sin darnos cuenta, de vuelta a la oscuridad y a la superstición.”»
La frase era de 1995. Internet apenas comenzaba a convertirse en una fuerza social; las redes sociales no existían; la inteligencia artificial no gobernaba conversaciones, mercados ni campañas electorales; los teléfonos no eran extensiones permanentes de la conciencia. Sin embargo, Sagan vio varios de los pilares del presente: una economía cada vez más basada en los servicios y la información, la deslocalización industrial, la concentración de poderes tecnológicos y una ciudadanía rodeada de información, pero no necesariamente equipada para distinguir la verdad de aquello que simplemente le agrada. El portal dedicado a su obra conserva el pasaje y, enseguida, añade una advertencia todavía más severa: la civilización depende profundamente de la ciencia y la tecnología, aunque casi nadie comprende ya sus fundamentos; “esto es una receta para el desastre”.

Los demonios de Sagan no eran únicamente los fantasmas, los extraterrestres imaginarios, las supersticiones o los horóscopos. Eran también la credulidad, la manipulación, la obediencia ciega, la propaganda, la autoridad sin examen y la costumbre de aceptar como verdadero aquello que confirma nuestros deseos. El verdadero demonio aparece cuando la sociedad deja de preguntar: “¿Es cierto?”, y comienza a preguntar únicamente: “¿Me gusta?”. En ese instante, la opinión sustituye al conocimiento; el espectáculo sustituye al argumento; el caudillo sustituye a la institución; el miedo sustituye a la razón.
Sagan no era enemigo del asombro. Por el contrario: contemplaba el universo con una capacidad casi religiosa de maravilla. Pero sabía que el asombro sin método podía convertirse en superstición, y que la tecnología sin ciudadanía crítica podía transformarse en una maquinaria de dominación. Para él, la ciencia no era únicamente un conjunto de fórmulas: era una disciplina moral de la mente. Consistía en aceptar la posibilidad de estar equivocado, revisar las pruebas, distinguir los hechos de los deseos y someter incluso a la autoridad más poderosa a la pregunta incómoda.
Ahí comienza nuestro problema.
El 22 de septiembre de 2026, durante el debate general de la 81.ª Asamblea General de las Naciones Unidas, Donald Trump subió a la tribuna y presentó a los Estados Unidos como la nación más poderosa, con la economía más fuerte, el ejército más poderoso y una tecnología sin parangón. La transcripción oficial registra después su exposición sobre Irán: afirmó que las operaciones estadounidenses habían destruido el programa nuclear iraní, que la flota, los radares y la capacidad de fabricación de drones habían quedado devastados, y que Estados Unidos poseía arsenales y municiones en niveles nunca vistos.

Entonces formuló la frase que convirtió una tribuna internacional en el salón privado de un monarca:
«“¿Haremos un trato con Irán […] o los aniquilo? Aniquilo la República Islámica del Irán rápidamente…”»
Reuters confirmó que el presidente estadounidense planteó públicamente la alternativa entre un acuerdo con Irán y “aniquilar la República Islámica”, dentro del contexto de la guerra y de la presión para que Teherán renunciara a sus aspiraciones nucleares.
La imagen del dedo índice pertenece a nuestra interpretación, no a una frase literal de Trump. Pero la metáfora es exacta: un solo hombre aparece hablando como si la existencia de una nación pudiera depender de su voluntad inmediata, como si Irán fuera un tablero, el mundo una sala de juntas y la destrucción de millones de seres humanos una alternativa más dentro de una negociación.
Conviene ser rigurosos. No es serio convertir una intervención política en un diagnóstico clínico. No conocemos un dictamen médico que permita afirmar una incapacidad mental de Donald Trump. Lo que sí podemos examinar es el lenguaje utilizado: un lenguaje personalista, absolutista, hiperbólico y apocalíptico. No dice solamente “los Estados Unidos responderán”; dice, en esencia, “yo decido si una república continúa o desaparece”. La diferencia es enorme. En una democracia constitucional, el poder militar pertenece al Estado y está sujeto a normas; en la imaginación medieval, el territorio se vuelve prolongación del príncipe.
La misma jornada ofreció una coincidencia estremecedora. António Guterres advirtió ante la Asamblea que el poder se está transfiriendo de los gobiernos hacia un puñado de corporaciones y personas privadas, mientras los seres humanos comienzan a entregar poder a las máquinas, incluso en el terreno de las armas autónomas. La advertencia de Guterres y la de Sagan se tocan como dos campanas separadas por treinta años: cada vez más capacidad concentrada en menos manos; cada vez menos comprensión pública de los mecanismos que gobiernan la vida.

¿Han llegado, entonces, los Estados Unidos de la Edad Media?
No en sentido histórico literal. La Edad Media no fue únicamente un periodo de ignorancia y tinieblas. Allí nacieron universidades, sistemas jurídicos, formas de representación urbana, debates filosóficos, arquitectura monumental y una compleja cultura intelectual. Llamar “medieval” a todo lo que nos disgusta sería tan injusto como superficial.
Pero sí podemos hablar de una apariencia neomedieval. En ella, los grandes poderes tecnológicos funcionan como castillos; las corporaciones son señores feudales; las plataformas digitales son territorios; los ciudadanos se convierten en seguidores; los algoritmos distribuyen favores y castigos; los líderes forman cortes de lealtad; la verdad deja de ser una obligación pública y se convierte en una propiedad del palacio.
La Edad Media no vuelve con armaduras. Vuelve cuando el poder se personaliza, cuando la ley se vuelve una sugerencia para el gobernante, cuando la razón pública es desplazada por la obediencia, cuando los súbditos celebran la fuerza sin preguntar para qué se utiliza. Vuelve cuando la tecnología parece magia y el político se presenta como hechicero: aquel que puede abrir o cerrar fronteras, derribar gobiernos, ordenar bombardeos y decidir sobre la vida de pueblos enteros.
La pregunta objetiva es inevitable: ¿puede realmente el presidente de los Estados Unidos destruir Irán?
La respuesta exige separar tres cosas: capacidad militar, autoridad jurídica y resultado real.
Militarmente, el presidente estadounidense sí se encuentra en la cúspide de una estructura capaz de producir una devastación incomparable. La Constitución lo designa comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, y la doctrina pública del Departamento de Defensa ha descrito al presidente como la persona que puede ordenar el uso de armas nucleares.
Pero eso no significa que exista un botón mágico ni que un dedo pueda controlar todas las consecuencias. El presidente puede ordenar una operación; no puede ordenar que la historia se comporte de acuerdo con su discurso. Puede destruir instalaciones, ciudades, infraestructura, fuerzas militares y centros de gobierno. Puede causar una catástrofe humanitaria. Puede iniciar una escalada regional o mundial. Pero no puede borrar la geografía, la memoria, la identidad, la resistencia ni las consecuencias políticas de una nación. “Destruir la República Islámica” puede significar derribar un régimen. “Destruir Irán” implicaría algo infinitamente más amplio: una sociedad, una cultura, millones de vidas y generaciones futuras.
La capacidad objetiva, por tanto, existe, pero no es omnipotencia. Es capacidad de causar sufrimiento extremo, no capacidad de gobernar el desenlace.

Jurídicamente, la respuesta es todavía más contundente: ningún presidente posee un título general para “aniquilar” un Estado porque lo considere peligroso, criminal o inconveniente. El artículo 2, párrafo 4, de la Carta de las Naciones Unidas obliga a los Estados a abstenerse de la amenaza o del uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado. La propia práctica de la ONU considera que una amenaza de fuerza contraria a la Carta puede generar responsabilidad internacional.
Existe la legítima defensa, pero el artículo 51 de la Carta la vincula con la existencia de un ataque armado y exige informar al Consejo de Seguridad. No es una licencia para castigar colectivamente, vengarse, cambiar gobiernos a voluntad o convertir la superioridad militar en soberanía universal.
También existe la posibilidad de una acción autorizada por el Consejo de Seguridad bajo el capítulo VII de la Carta. El artículo 42 contempla acciones militares para mantener o restablecer la paz y la seguridad internacionales cuando las medidas no militares resulten insuficientes. Pero el simple hecho de hablar desde la Asamblea General no equivale a recibir una autorización para destruir un país.
Y aun cuando existiera una base jurídica para emplear la fuerza, el derecho internacional humanitario seguiría siendo obligatorio. Las operaciones deben distinguir entre civiles y combatientes, entre bienes civiles y objetivos militares; están prohibidos los ataques indiscriminados y aquellos en los que el daño civil esperado sea excesivo frente a la ventaja militar concreta y directa. También existe el deber permanente de tomar precauciones para proteger a la población civil.
Por eso la palabra “aniquilar” es jurídicamente alarmante. Puede ser una exageración retórica, una amenaza de destrucción del régimen o una expresión de exterminio. Cada significado produciría consecuencias distintas. Pero si se tradujera en una política dirigida contra la población iraní como tal, nos encontraríamos ante posibles crímenes internacionales de la máxima gravedad. La Convención sobre Genocidio exige intención específica de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso; no basta con que exista una guerra ni con que un gobierno sea enemigo.
En materia nuclear, la Corte Internacional de Justicia sostuvo en 1996 que la amenaza o el uso de armas nucleares sería, en general, contrario a las reglas del derecho internacional aplicables en los conflictos armados, especialmente a los principios de distinción y proporcionalidad. La Corte no pudo decidir definitivamente el caso extremo en que estuviera en juego la supervivencia misma de un Estado, pero esa reserva no constituye una autorización para aniquilar a otro país. Es una zona límite, no un cheque en blanco.
La legislación estadounidense tampoco convierte al presidente en un monarca absoluto. La War Powers Resolution declara que el uso de las Fuerzas Armadas en hostilidades debe apoyarse en una declaración de guerra, una autorización legal específica o una emergencia nacional creada por un ataque contra Estados Unidos, sus territorios o sus fuerzas. La norma busca que el juicio colectivo del Congreso y del presidente intervenga en la decisión de llevar al país a la guerra.
Además, la ley prevé que, después de determinados plazos, las fuerzas estadounidenses deben retirarse si el Congreso no ha declarado la guerra, autorizado específicamente la operación o prorrogado el periodo correspondiente.
Existe, sin duda, una distancia peligrosa entre la autoridad operativa y la legalidad. El presidente puede tener la capacidad práctica de ordenar una acción antes de que un tribunal, el Congreso o la comunidad internacional logren detenerla. Pero la rapidez de una orden no convierte en lícito su contenido. La cadena de mando no transforma lo ilegal en legal. El uniforme, el arsenal y la firma presidencial no suspenden el derecho.
Moralmente, la respuesta es más sencilla todavía: no, un ser humano no posee el derecho moral de aniquilar una nación entera.
Puede existir el deber moral de defender a una población frente a un ataque. Puede existir la obligación de impedir que un Estado obtenga armas capaces de causar una catástrofe. Puede existir una guerra legítima bajo condiciones extraordinarias de necesidad, proporcionalidad y protección de inocentes. Pero el objetivo moral de la defensa no es la venganza; es detener el daño y restablecer una paz posible.
La aniquilación no es defensa: es la desaparición de la medida. Es convertir a todos en culpables por los actos de algunos. Es hacer de los niños, de los enfermos, de los ancianos y de quienes jamás participaron en una decisión militar simples instrumentos de una voluntad estratégica. Es aceptar que el enemigo deja de ser humano en el momento en que se vuelve incómodo.
Filosóficamente, el problema no es únicamente Donald Trump. El problema es la antigua tentación humana de confundir poder con verdad. El príncipe cree que porque puede decidir, su decisión debe ser correcta. El súbdito cree que porque el príncipe habla con seguridad, conoce la realidad. La multitud confunde fuerza con inteligencia y obediencia con patriotismo.
Ahí reaparecen los demonios de Sagan: la incapacidad para distinguir lo que nos gusta de lo que es verdad. Un líder afirma que ha destruido el programa nuclear de un país, que posee municiones ilimitadas y que puede enviar una república al infierno; una parte del público no pregunta por las pruebas, los límites, las consecuencias ni la legalidad. Pregunta únicamente si la frase le produce orgullo.
La ciencia puede construir el misil. La razón pública debe decidir si existe un objetivo legítimo. El derecho debe imponer límites. La moral debe recordar que del otro lado hay personas. La filosofía debe preguntar qué clase de humanidad sobrevive cuando salva su seguridad destruyendo aquello que pretendía proteger.

No estamos ante una Edad Media de ojos cerrados porque carezcamos de tecnología. Estamos ante una posible Edad Media precisamente porque tenemos demasiada tecnología y demasiado poco juicio compartido. Tenemos satélites, inteligencia artificial, comunicaciones instantáneas, armas de precisión y arsenales capaces de destruir ciudades; pero seguimos reaccionando con pasiones tribales, lealtades de corte y mitologías de caudillo.
La verdadera oscuridad no consiste en no ver. Consiste en ver el poder y dejar de preguntarle por sus límites.
Sagan miró hacia el futuro y temió una sociedad que entregara sus facultades críticas mientras unos pocos concentraban los poderes tecnológicos. Hoy la advertencia no aparece en un laboratorio, sino en la tribuna de las Naciones Unidas. Ya no se trata solamente de consultar horóscopos mientras se ignora la ciencia. Se trata de contemplar al gobernante que habla de aniquilar una nación y aceptar que esa palabra forme parte normal del lenguaje político.
Los Estados Unidos de la Edad Media quizá no hayan llegado completamente. Todavía existen el conocimiento, la prensa, la ley, la ciudadanía, las universidades, los tribunales y la capacidad de resistir. Pero sus heraldos ya cabalgan por las redes, por los discursos y por las pantallas: la concentración de poder, la obediencia emocional, la mentira convertida en identidad y la tecnología usada como cetro.
Los demonios de Sagan no viven debajo de la cama. Viven cuando dejamos de preguntar. Viven cuando el poder no encuentra límites. Viven cuando una nación entera cabe en la amenaza de un hombre y el mundo permanece en silencio.
La última vela sigue encendida. Se llama pensamiento crítico. Se llama derecho. Se llama conciencia. Se llama humanidad.
Y mientras esa vela arda, ningún dedo —por poderoso que sea— tendrá derecho a apagar el mundo.


