Apunte diario sobre Letras Hipnóticas
Por Arturo David Vásquez Urdiales

Hay batallas que no terminan cuando cesa la pólvora. Siguen ardiendo en las memorias, en los expedientes de la conciencia, en los nombres de los muertos, en la pregunta terrible que atraviesa los siglos: ¿era necesario?
La Batalla de Molino del Rey, librada el 8 de septiembre de 1847, pertenece a esa estirpe de combates que se ganan en el terreno y se pierden en el alma. Fue una acción sangrienta, breve, feroz, situada a las puertas de Chapultepec, en los días finales de la intervención norteamericana contra México. Allí, entre los muros del antiguo molino, los soldados mexicanos defendieron lo que ya no era solamente una posición militar: defendieron una ciudad, una bandera, una dignidad herida, una patria empujada por una potencia más fuerte.
Y lo extraordinario, amable lector, es que uno de los testimonios más duros contra aquella guerra no proviene de un mexicano vencido, ni de un poeta patriótico, ni de un historiador posterior movido por la melancolía nacional. Proviene de Ulysses S. Grant, joven teniente del ejército invasor, futuro general victorioso de la Guerra Civil estadounidense, futuro presidente de los Estados Unidos, y autor de unas memorias cuya sobriedad a veces corta más que una espada.
Grant escribió, con una franqueza que todavía estremece, que se opuso amargamente a la guerra contra México y que hasta el final de su vida la consideró una de las más injustas jamás emprendidas por una nación fuerte contra una nación débil.

Esa frase pesa.
Pesa porque no es propaganda mexicana. Pesa porque no nace de la derrota sino de la victoria. Pesa porque viene del lado armado que avanzó, tomó posiciones, entró en la capital y vio caer a México bajo la lógica brutal de la expansión territorial. Grant no escribe como héroe satisfecho, sino como testigo incómodo. En sus palabras hay un soldado que cumplió órdenes, pero también un hombre que nunca logró absolverse del todo.
Molino del Rey fue una batalla particularmente amarga. El mando estadounidense, bajo la dirección del general Winfield Scott y con la participación del general William J. Worth, creyó que en aquellos edificios existía una fundición de cañones o una instalación militar decisiva. El objetivo era impedir que México reforzara sus defensas antes del ataque a Chapultepec. La operación se preparó con reconocimientos de ingenieros y movimientos al amanecer. Todo parecía cálculo, disciplina, geometría militar.
Pero la guerra rara vez obedece a la geometría. Tiene su propia aritmética de sangre.
Al amanecer del 8 de septiembre, las fuerzas estadounidenses avanzaron contra las posiciones mexicanas. El terreno estaba dominado por Chapultepec; la artillería mexicana podía castigar desde la altura; las baterías respondían; los defensores resistían. La carga fue intensa. El combate, según Grant, duró pocos minutos, pero dejó una cantidad desproporcionada de muertos y heridos, especialmente entre los oficiales.
He ahí una de las claves morales de la batalla: fue corta, pero carísima. No tuvo la duración de una campaña ni la amplitud de una guerra entera, pero concentró en pocos minutos una severidad casi absurda. Como si el destino hubiera decidido apretar en un puño toda la violencia de una época.

Grant, que estuvo entre los primeros en entrar al Molino, dejó una escena pequeña pero cinematográfica. Al cruzar hacia el lado norte y mirar en dirección a Chapultepec, vio mexicanos armados todavía en la azotea. No encontró escalera. Entonces tomó una carreta cercana, colocó los ejes contra el muro, bloqueó las ruedas, y subió por esa improvisada escalera hasta el techo. Allí encontró oficiales mexicanos que no habían logrado escapar. Un soldado estadounidense se le había adelantado por otro camino y, él solo, vigilaba a los prisioneros. Grant recibió las espadas de los oficiales y ayudó a inutilizar los mosquetes, golpeándolos contra la pared y arrojándolos al suelo.
La escena es poderosa porque no es grandilocuente. No hay trompetas. No hay mármol. No hay estatua ecuestre. Hay un joven oficial trepando una carreta, entrando por una azotea, desarmando enemigos cansados, dentro de una batalla que años después juzgaría como innecesaria.
Y aquí aparece el nudo de la columna: Grant no fue cobarde por obedecer, ni inocente por obedecer. Fue, como tantos hombres de uniforme en tantas épocas, una criatura atrapada entre el deber inmediato y el juicio final de la conciencia. En el campo de batalla actuó con eficacia. En la vejez escribió con verdad.

Esa combinación es rara.
La mayoría de los vencedores adornan sus campañas. Grant, en cambio, les quitó barniz. No necesitó gritar para condenar. Su estilo fue seco, casi notarial: tal día, tal movimiento, tal error, tal pérdida, tal consecuencia. Y precisamente por eso su testimonio resulta tan fuerte. No pide piedad para sí mismo. No se declara santo. No abandona su condición de militar. Pero tampoco permite que la gloria tape la injusticia.
Molino del Rey, además, le pareció una oportunidad militar mal aprovechada. Según su observación, si la victoria hubiera sido seguida de inmediato, las tropas estadounidenses y mexicanas habrían llegado tan juntas a las defensas de Chapultepec que los defensores no habrían podido disparar sin poner en peligro a los suyos. Chapultepec, dice Grant, pudo haber caído ese mismo 8 de septiembre con menos pérdidas. Pero eso no ocurrió. Cinco días después, el 13 de septiembre, se derramó más sangre para tomar una posición que, en su opinión, había estado a punto de quedar en manos estadounidenses desde antes.
No es una simple crítica técnica. Es una reflexión sobre el costo de la indecisión. En la guerra, una demora puede convertirse en cementerio. Una orden no dada puede pesar tanto como una orden equivocada. Una ventaja desaprovechada puede cobrar vidas con intereses.
Para México, Molino del Rey fue parte del viacrucis militar que culminó con la caída de Chapultepec y la entrada del ejército invasor a la capital. Para Estados Unidos, fue una victoria táctica dentro de una guerra que le permitió quedarse con una enorme porción del territorio mexicano. Para Grant, fue una página que nunca pudo limpiarse del todo.
Y aquí, en el vertiginoso trayecto de la eñe, conviene mirar la palabra memoria.
Memoria no es solamente recordar fechas. No es poner flores una vez al año. No es repetir nombres como quien pasa lista ante una estatua. Memoria es comprender. Es volver al sitio del hecho y preguntarse qué ocurrió, quién decidió, quién murió, quién ganó, quién perdió y quién cargó después con la verdad.
Grant cargó con una verdad incómoda: participó en una guerra que consideró injusta.
México cargó con otra: sufrió una invasión que marcó para siempre su territorio, su política y su imaginación nacional.
Ambas verdades no se cancelan. Se miran de frente.

La grandeza de Grant no consiste en haber sido perfecto, porque no lo fue. Consiste en haber dejado por escrito una confesión moral que atraviesa generaciones. Fue capaz de decir: estuve allí, serví allí, hice mi deber allí, pero aquello fue injusto.
Esa frase, pronunciada por un vencedor, vale más que muchas coronas.
Ficha biográfica amplia de Ulysses S. Grant
Ulysses S. Grant nació el 27 de abril de 1822 en Point Pleasant, Ohio, con el nombre de Hiram Ulysses Grant. Por un error administrativo al ingresar a la Academia Militar de West Point, quedó registrado como Ulysses S. Grant, nombre con el que pasaría a la historia. Aquel accidente burocrático terminó convirtiéndose en firma de general, presidente y memorialista.
Fue hijo de Jesse Root Grant y Hannah Simpson Grant. Creció en un ambiente austero, sin grandes lujos, marcado por la ética del trabajo y por una personalidad más bien reservada. Desde joven mostró habilidad con los caballos, una cualidad que en el siglo XIX no era menor para un militar. En West Point no fue un alumno brillante en el sentido clásico, pero sí desarrolló disciplina, resistencia y una mirada práctica del terreno.
Participó como joven oficial en la Guerra México-Estados Unidos de 1846 a 1848. Sirvió bajo los generales Zachary Taylor y Winfield Scott. Estuvo en varias acciones importantes de la campaña, entre ellas Veracruz, Cerro Gordo, Churubusco, Molino del Rey y Chapultepec. Esa experiencia le enseñó logística, movimiento de tropas, mando bajo presión y, quizá más importante todavía, le dejó una herida moral. Grant aprendió de la guerra mexicana como soldado, pero la juzgó como ciudadano.
Después de la guerra, su vida no fue una marcha ascendente. Sirvió en distintos puestos militares, padeció dificultades familiares, problemas económicos y episodios personales oscuros. En 1854 dejó el ejército. Durante años intentó ganarse la vida como granjero, vendedor y empleado. No parecía destinado al mármol. Parecía, más bien, uno de esos hombres a quienes la historia abandona en una orilla secundaria.
Pero llegó la Guerra Civil estadounidense en 1861, y con ella su regreso al ejército. Grant encontró allí el escenario terrible donde su carácter se reveló. No era teatral. No era un orador inflamado. No tenía la pose aristocrática de otros generales. Su fuerza estaba en la tenacidad. Avanzaba. Insistía. Comprendía que la guerra se gana no sólo con brillantez, sino con resistencia organizada.
Sus victorias en Fort Donelson, Shiloh, Vicksburg y Chattanooga lo convirtieron en una figura decisiva para la Unión. Abraham Lincoln vio en él al general que necesitaba: alguien que no retrocediera ante el costo político ni psicológico de la guerra. En 1864 Grant fue nombrado comandante general de todos los ejércitos de la Unión. Desde allí dirigió la presión final contra Robert E. Lee y la Confederación.
El 9 de abril de 1865, en Appomattox Court House, Lee se rindió ante Grant. La escena es una de las más importantes de la historia estadounidense. Grant trató al vencido con dignidad, permitió que los soldados confederados conservaran sus caballos y regresaran a casa, y evitó la humillación innecesaria. En la victoria, tuvo una sobriedad que revela mucho de su carácter.
Después fue elegido presidente de los Estados Unidos. Gobernó de 1869 a 1877. Su presidencia tuvo luces y sombras. Entre sus luces está la defensa de los derechos civiles de los afroamericanos durante la Reconstrucción y su combate contra organizaciones racistas como el Ku Klux Klan. Entre sus sombras están los escándalos de corrupción que rodearon a miembros de su administración, aunque no siempre lo implicaron personalmente. Fue un hombre honrado en lo esencial, pero a veces demasiado confiado con hombres que no lo eran.
Tras dejar la presidencia, realizó una gira mundial y fue recibido como figura histórica. Sin embargo, sus últimos años estuvieron marcados por dificultades económicas y por un cáncer de garganta que lo fue consumiendo. En esa hora final escribió sus Memorias personales, publicadas en 1885 gracias al impulso editorial de Mark Twain. Lo hizo casi contra la muerte, escribiendo para asegurar el porvenir económico de su familia.
Murió el 23 de julio de 1885, pocos días después de concluir la obra.
Las Memorias de Grant son consideradas una de las grandes obras autobiográficas de la literatura estadounidense. Su valor no está en el adorno, sino en la claridad. Grant escribe como quien levanta un acta ante el tiempo. No se esconde demasiado, no presume de más, no convierte cada episodio en teatro. Cuenta lo que vio, lo que hizo, lo que pensó. Y cuando habla de México, deja una frase que todavía nos alcanza:
una nación fuerte no queda absuelta cuando abusa de una nación débil.
Por eso, cada 8 de septiembre, Molino del Rey no debe recordarse únicamente como una batalla. Debe recordarse como una advertencia. Las naciones también tienen conciencia. Los ejércitos también dejan confesiones. Y a veces, en la pluma de un vencedor, aparece la verdad que el vencido llevaba años gritando en silencio.
Grant venció muchas veces.
Pero en México aprendió que no toda victoria es justicia.
Y esa, amable lector, es una de las lecciones más severas que pueden dejarnos las Letras Hipnóticas: hay hechos que la historia registra con tinta; otros, con sangre; y unos cuantos, los más hondos, con remordimiento.


