Apunte diario sobre Letras Hipnóticas

Las semillas de girasol 🌻 del español en castellano.

El vertiginoso trayecto de la eñe.

Por Arturo David Vásquez Urdiales

Hay palabras que llegan a la mesa como si vinieran corriendo desde el patio.

Traen polvo en los zapatos, risa en la boca, una travesura escondida en el bolsillo y, si uno las mira con cuidado, también una sombra antigua detrás de los ojos.

Una de esas palabras es huerco.

Huerquillo

En el norte de México, sobre todo en Nuevo León y sus regiones vecinas, decir huerco o güerco es decir niño, chamaco, muchacho.

“Ese huerco anda de inquieto”. “Los huercos salieron a jugar”. “Cuida al huerquillo, que ya se subió donde no debía”. La palabra suena familiar, casera, de cocina encendida, de abuela con mandil, de madre que regaña sin dejar de querer.

Pero debajo de ese vocablo que parece tan doméstico, tan de patio y lonche envuelto, hay una cueva romana, un eco sefardí y una pequeña lámpara encendida en la historia del castellano.

Huerco viene de muy lejos. Su raíz nos lleva al latín Orcus, nombre asociado al inframundo, al reino de los muertos, a la hondura oscura donde los antiguos colocaban aquello que ya no pertenecía al mundo de los vivos. Orcus era lugar, figura, abismo y amenaza.

De ahí pasaron voces al español antiguo relacionadas con la muerte, el demonio, lo infernal.

Y entonces aparece la maravilla: en el judeoespañol, en ese castellano guardado por los sefardíes como quien guarda una llave de la casa perdida, la forma guerko, uerko o huerco llegó a significar diablo, demonio, ser infernal.

La palabra, amable lector, no nació jugando. Nació mirando hacia abajo.

Nació en el miedo antiguo al mundo de los muertos. Nació con olor a caverna, a lámpara de aceite, a sentencia romana. Luego caminó por la lengua medieval, cruzó Sefarad, se escondió en la memoria de los expulsados, viajó en familias conversas, rezos callados, recetas secretas, apellidos que aprendieron a sobrevivir y voces que siguieron viviendo aunque sus hablantes ya no pudieran decir abiertamente quiénes eran.

Y en algún momento, en el norte mexicano, el demonio se hizo niño.

No demonio de maldad, claro está. Demonio de travesura. Diablillo de patio. Chamaco que rompe una maceta, se roba un dulce, se trepa a la barda, aparece con la camisa manchada y los ojos llenos de inocencia culpable.

Así se suavizan las palabras cuando pasan por el amor popular.

Lo que antes nombraba al inframundo termina nombrando al niño inquieto. Lo que antes daba miedo termina dando risa. Lo que antes era sombra se vuelve apodo cariñoso. Y ahí está la alquimia del idioma: toma una piedra negra de la antigüedad y la convierte en canica de infancia.

Por eso huerco es una palabra extraordinaria. Porque contiene dos mundos: el mundo grave de la muerte romana y el mundo luminoso del chamaco mexicano. Tiene un pie en Orcus y otro en el patio. Una mano en Sefarad y otra en Nuevo León. Una sombra antigua y una carcajada de niño.

También nos enseña algo sobre la manera en que México domestica las palabras. Aquí lo terrible muchas veces se vuelve familiar. Al diablillo se le da tortilla. Al susto se le pone diminutivo. A la muerte se le ofrece pan. Al demonio se le vuelve chamaco. Nuestra lengua no niega la oscuridad: la sienta en la mesa, le sirve café y la obliga a contar un chiste.

No es poca cosa.

Porque cuando una abuela dice “estos huercos no se están quietos”, quizá sin saberlo está pronunciando una palabra que lleva siglos caminando. Viene desde la mitología romana, pasa por el castellano antiguo, atraviesa la memoria sefardí, llega a los caminos del norte y termina nombrando a un niño con las rodillas raspadas.

Ese es el verdadero vertiginoso trayecto de la eñe: descubrir que las palabras no son piedras muertas, sino piedrecillas de cálculo espiritual. Con ellas contamos la historia de quienes fuimos. Con ellas medimos la distancia entre el miedo y la ternura. Con ellas sabemos que un pueblo no sólo hereda sangre, tierra o apellido: también hereda sonidos.

Y en cada sonido puede venir escondido un linaje.

Huerco es, entonces, mucho más que “niño”. Es un fósil verbal con cara de chamaco. Es un diablillo convertido en ternura. Es la prueba de que la lengua guarda memoria aun cuando los archivos callan. Es una palabra que parece pequeña, pero trae en la espalda una caravana de siglos.

El huerco corre. El huerco grita. El huerco se esconde. El huerco pregunta demasiado. El huerco rompe, inventa, insiste, desobedece y vuelve a empezar.

Por eso también hay algo sagrado en él.

Porque todo niño es un pequeño desorden que anuncia el porvenir. Todo chamaco es una rebelión diminuta contra la quietud del mundo. Todo huerco trae una chispa de caos, pero también una promesa. No hay futuro sin huercos. No hay idioma vivo sin esas palabras que siguen jugando cuando los diccionarios creen haberlas encerrado.

Así que hoy, en esta semilla de girasol del español en castellano, celebremos a los huercos: esos chamacos-diablillos que bajaron del antiguo Orcus, pasaron por la memoria sefardí y terminaron corriendo bajo el sol mexicano.

Porque a veces la lengua hace milagros discretos.

Convierte al demonio en niño.

Y al niño, si se le mira bien, en una pequeña luz indomable.

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