Apunte diario sobre letras Hipnóticas
Semillas de girasol 🌻 del español en castellano.
El vertiginoso trayecto de la eñe.
Por Arturo Vásquez Urdiales.
Hoy dos semillas hermanas: Cotopaxi, el volcán y Cotopaxi, el barco. Una arde en los Andes; la otra duerme bajo el Atlántico.
Capitulo I: Cotopaxi, La Montaña De Fuego.
Apunte diario sobre Letras Hipnóticas
Semillas de girasol 🌻 del español en castellano
El Vertiginoso trayecto de la eñe

Cotopaxi
La nieve que guarda fuego
Hay palabras que no caminan: ascienden.
Cotopaxi es una de ellas.
Se pronuncia y parece que la boca sube una montaña. Primero la sílaba golpea como piedra: Co. Luego avanza con paso indígena y mineral: to. Después se abre en una pequeña llamarada: pa. Y al final queda esa terminación aguda, casi de filo, casi de relámpago: xi.
Cotopaxi.
No es una palabra cualquiera. Es el nombre de un volcán ecuatoriano, uno de los volcanes activos más altos del mundo, levantado al sur de Quito como si la tierra hubiese querido escribir una oración blanca contra el cielo. Tiene nieve en la frente y fuego en el pecho. Es una contradicción perfecta: una lámpara helada con corazón de incendio.
El Cotopaxi pertenece a los Andes, esa columna vertebral de América que no sólo divide geografías, sino también memorias. Antes de ser estudiado por científicos, antes de ser mirado por viajeros europeos, antes de ser fotografiado por turistas y escaladores, ya era una presencia sagrada para los pueblos originarios. Porque antiguamente las montañas no eran decorado: eran mayores, eran testigos, eran fuerzas vivas. Un volcán no era “paisaje”; era carácter.
Y el Cotopaxi tiene carácter.

Ha hecho erupción varias veces. Entre sus episodios históricos más recordados están los de 1742, 1744, 1768 y 1877. En aquella gran erupción de 1877, el calor volcánico derritió parte del glaciar y provocó lahares: ríos de lodo, ceniza, piedra y agua, capaces de descender con violencia y arrasar lo que encontraban. Así actúa a veces la naturaleza: no grita solamente hacia arriba; también manda su furia por los cauces, como si el fuego aprendiera a correr.
Pero no hay que mirar al Cotopaxi sólo como amenaza. También es fertilidad. La ceniza destruye, sí, pero después alimenta la tierra. El volcán castiga y fecunda. Oscurece el día y prepara la cosecha. En esa doble condición está su misterio: ser catástrofe y promesa, ruina y pan futuro.
Por eso el Cotopaxi parece una palabra destinada a las Letras Hipnóticas. Porque no cabe entero en la geografía. Es volcán, pero también símbolo. Es cima, pero también advertencia. Es nieve visible y fuego secreto. Es la imagen misma de tantas almas humanas que caminan serenas por fuera, mientras por dentro guardan una historia de lava.
Quizá todos llevamos un Cotopaxi interior.
Una montaña blanca que los demás ven desde lejos, sin sospechar cuánto ardió para llegar a esa forma. Un cráter antiguo donde alguna vez hubo miedo, hambre, pérdida, abandono, dolor; y sin embargo, sobre todo eso, con paciencia de siglos, se formó una cumbre.
El Cotopaxi enseña que lo alto no siempre nace de lo suave. A veces lo alto nace de lo roto. A veces la belleza no viene de la calma, sino de haber resistido al fuego sin perder la nieve.
Y así queda la palabra, amable lector: Cotopaxi.
No sólo como volcán del Ecuador, sino como emblema de lo que arde sin destruirse, de lo que se eleva sin olvidar su entraña, de lo que convierte la violencia de la tierra en silueta luminosa.

Cotopaxi: la montaña que parece dormir, pero respira.


