Apunte diario sobre Letras Hipnóticas.
Semillas de girasol 🌻 del español en castellano.
El vertiginoso trayecto de la eñe.
La valentía de decir: «fui yo»
Por Arturo David Vásquez Urdiales
El Duende Urdiales continuó caminando.
Había dejado atrás aquella primera piedra romana que decía SINE QUA NON, y Julio César, todavía encaramado sobre Platero —con mucha más dignidad imperial que comodidad ecuestre—, avanzaba a su lado.
Detrás venía la pequeña caravana.
Fe, Esperanza y Caridad caminaban entre los girasoles; Mafalda hacía sonar de vez en cuando su campana; Ñux se adelantaba como buen chalán; Señor Luz investigaba los rincones; Señor Sombra caminaba con gravedad de magistrado; Biuses vigilaba al rebaño; Chino Cochino parecía no tener prisa por llegar a ninguna parte; Paca y Pancho mantenían una discusión cuyo origen se había perdido kilómetros atrás.
El sendero comenzó entonces a estrecharse.
Y allí apareció una segunda piedra.
No era grande.
No tenía adornos.
No estaba coronada de laureles.
Solamente llevaba grabadas dos palabras:
MEA CULPA.
César detuvo a Platero.
El Duende guardó silencio.
Porque hay palabras que sirven para conquistar imperios.
Y hay otras, mucho más difíciles, que sirven para conquistarse a uno mismo.
—🌻🌻🌻🌻🌻
I. Dos palabras terriblemente sencillas
Mea culpa significa literalmente:
«por mi culpa».
Mea: mía.
Culpa: culpa, falta, responsabilidad.
La expresión procede de la tradición litúrgica cristiana latina y quedó inmortalizada en el Confiteor, la antigua oración penitencial:
mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa.
Por mi culpa.
Por mi culpa.
Por mi grandísima culpa.
Obsérvese algo extraordinario.
No dice:
tua culpa.
No dice:
culpa de mi vecino.
Culpa de mis enemigos.
Culpa del gobierno.
Culpa de mis padres.
Culpa del destino.
Culpa de las circunstancias.
Dice:
mea.
Mía.
Y quizá ninguna palabra resulte tan difícil de pronunciar cuando verdaderamente importa.
—🌻🌻🌻🌻🌻
II. Antes de ser latinajo fue confesión
Estamos acostumbrados a escuchar mea culpa en periódicos, conversaciones, discursos políticos y hasta bromas:
—Hago mi mea culpa.
Pero la expresión nació en un territorio mucho más profundo.
Era reconocimiento.
Confesión.
Examen de conciencia.
Durante siglos, millones de personas pronunciaron aquellas palabras golpeándose el pecho.
El gesto tiene una fuerza simbólica formidable.
La mano no señala hacia afuera.
No busca culpables en el horizonte.
Regresa hacia el propio pecho.
Aquí.
Ese movimiento contiene una filosofía completa de la responsabilidad.
Porque el ser humano posee una extraordinaria habilidad para señalar.
Extendemos el índice con facilidad.
La culpa está allá.
El responsable es aquél.
El error fue de ellos.
Pero cuando pronunciamos verdaderamente mea culpa, el dedo deja de apuntar al mundo y vuelve hacia nosotros.
Y ése es uno de los viajes más cortos en distancia y más largos en conciencia.
—🌻🌻🌻🌻🌻
III. ¿Qué es la culpa?
Aquí debemos profundizar.
Porque culpa no es lo mismo que pecado.
No es exactamente lo mismo que delito.
Tampoco equivale necesariamente a responsabilidad moral.
El Derecho lo sabe perfectamente.
Puede existir responsabilidad jurídica sin que exista maldad.
Puede existir una conducta moralmente reprochable que no constituya delito.
Puede existir daño sin intención.
Puede existir intención sin resultado.
Puede existir dolo.
Puede existir culpa.
Puede existir negligencia.
Puede existir imprudencia.
Puede existir error.
Puede existir caso fortuito.
Y puede existir, también, la terrible comodidad de fingir que nada de aquello tuvo que ver con nosotros.
Por eso el mea culpa exige precisión.
No consiste en cargar sobre los hombros todas las desgracias del universo.
Eso sería tan falso como negar cualquier responsabilidad.
La verdadera responsabilidad comienza preguntando:
¿Qué parte de esto me corresponde?
Ni más.
Ni menos.
—🌻🌻🌻🌻🌻
IV. El Derecho y la vieja palabra culpa
Pocas palabras muestran tan claramente la continuidad entre Roma y nosotros.
El Derecho romano desarrolló complejas categorías alrededor del dolus y la culpa.
La tradición jurídica posterior las recibió, discutió y transformó.
Todavía hoy los juristas distinguimos entre actuar queriendo producir determinado resultado y causarlo por descuido, negligencia o imprudencia, aunque cada rama del Derecho establezca sus propias categorías y consecuencias.
La antigua palabra continúa allí:
culpa.
Eso significa que cuando un abogado contemporáneo utiliza determinados conceptos jurídicos está caminando, muchas veces sin advertirlo, sobre piedras colocadas hace siglos.
El Duende Urdiales mira entonces a Julio César.
—Don Julio, ustedes dejaron muchas cosas.
César sonríe.
—Caminos, acueductos, leyes…
El Duende lo interrumpe:
—Y pleitos.
César mira hacia otro lado.
Platero rebuzna.
Mea culpa.
—🌻🌻🌻🌻🌻
V. La humanidad inventó una formidable máquina de fabricar excusas
Aquí nuestro latinismo abandona la sacristía y el tribunal para entrar directamente en nuestra época.
Porque jamás tuvimos tantos instrumentos para explicar por qué la culpa pertenece a otro.
Fracasa una empresa:
culpa del mercado.
Fracasa un gobierno:
culpa del anterior.
Se rompe una amistad:
culpa del otro.
Un matrimonio se desmorona:
culpa del cónyuge.
Una guerra comienza:
culpa del enemigo.
Un hijo se distancia:
culpa de la generación.
Una decisión resulta desastrosa:
culpa de los asesores.
Y cuando todos terminamos de repartir responsabilidades ocurre un prodigio estadístico:
nadie hizo nada.
La catástrofe simplemente apareció.
Como lluvia.
Como granizo.
Como terremoto.
Ése es uno de los grandes peligros morales de cualquier sociedad: construir sistemas donde todos tienen una explicación y nadie tiene responsabilidad.
—🌻🌻🌻🌻🌻
VI. El poder tiene particular dificultad para pronunciar estas dos palabras
Cuanto más alto está alguien, más difícil parece decir:
me equivoqué.
El poderoso teme que reconocer un error disminuya su autoridad.
El gobernante teme perder legitimidad.
El juez puede temer mostrar falibilidad.
El empresario puede temer debilidad.
El padre puede creer que reconocer un error frente a sus hijos destruye su autoridad.
El maestro puede sentir vergüenza de corregirse frente a sus alumnos.
Pero quizá ocurra exactamente lo contrario.
Una autoridad incapaz de reconocer errores termina convirtiéndose en prisionera de ellos.
Tiene que defender hoy la equivocación de ayer para no admitir que se equivocó.
Y mañana tendrá que inventar una nueva explicación para proteger la explicación de hoy.
Así comienza una arquitectura monstruosa.
Primero defendemos el error.
Después mentimos para defenderlo.
Después castigamos a quien demuestra que mentimos.
Y finalmente necesitamos reescribir la realidad para seguir teniendo razón.
Todo porque alguna vez fuimos incapaces de pronunciar dos palabras:
mea culpa.
—🌻🌻🌻🌻🌻
VII. Sócrates habría comprendido perfectamente
Aunque nuestra expresión sea latina, su espíritu atraviesa otras tradiciones.
Sócrates hizo de la conciencia de la propia ignorancia una puerta hacia el conocimiento.
Quien cree saberlo todo ha cerrado la posibilidad de aprender.
Quien acepta:
«puedo estar equivocado»
acaba de abrirla.
Hay, por tanto, una curiosa fraternidad entre:
no sé
y
me equivoqué.
Ambas expresiones requieren humildad.
Ambas desarman la soberbia.
Ambas permiten avanzar.
Por eso la inteligencia no consiste solamente en acumular certezas.
También consiste en desarrollar la capacidad de rectificar.
—🌻🌻🌻🌻🌻
VIII. Mea culpa no significa vivir culpándose
Aquí debemos detenernos.
Porque la culpa puede enfermar el alma cuando deja de servir para reparar y comienza a servir únicamente para castigar.
Reconocer una responsabilidad no significa condenarse eternamente.
Una verdadera cultura del mea culpa debería tener cuatro movimientos:
reconocer, reparar, aprender y continuar.
Primero:
lo hice.
Después:
¿qué daño causé?
Luego:
¿qué puedo reparar?
Y finalmente:
¿qué debo aprender para no repetirlo?
Si eliminamos la reparación, la disculpa puede convertirse en teatro.
Si eliminamos el aprendizaje, el arrepentimiento puede convertirse en rutina.
Y si eliminamos la posibilidad de continuar, transformamos la responsabilidad en condena perpetua.
La culpa sana mira hacia atrás solamente el tiempo necesario para aprender a caminar hacia adelante.
—🌻🌻🌻🌻🌻
IX. Hay un mea culpa todavía más difícil
Pedir perdón a otro es difícil.
Pero existe algo acaso más complicado:
reconocer ante uno mismo que tomó una mala decisión.
Porque entonces no existe público.
No hay aplausos.
No existe ceremonia.
Estamos solos frente al espejo.
Allí desaparecen los abogados defensores de nuestra conciencia.
Sabíamos.
No quisimos saber.
Vimos.
Preferimos no mirar.
Advertimos.
Decidimos continuar.
Entonces aparece aquella pequeña voz:
mea culpa.
Pero curiosamente ése puede ser también el comienzo de la libertad.
Porque mientras atribuyo enteramente mi vida a las decisiones de los demás, entrego a los demás el gobierno de mi historia.
En el momento en que reconozco mi parte de responsabilidad recupero también una parte del timón.
Si algo dependió de mí ayer, quizá algo pueda depender de mí mañana.
Y así la responsabilidad deja de ser solamente peso.
Se convierte también en poder de transformación.
—🌻🌻🌻🌻🌻
X. El Duende y César llegan al río
El sendero desemboca finalmente junto al agua.
César baja de Platero.
El emperador —aunque Julio César, estrictamente hablando, nunca llevó el título imperial en el sentido que posteriormente adquiriría— contempla su reflejo.
Ahora no aparece el conquistador.
No aparece el dictador perpetuo.
No aparece el vencedor de las Galias.
Aparece un hombre.
Un hombre extraordinario, ambicioso, brillante, contradictorio y mortal.
El Duende Urdiales se acerca.
—Don Julio, ¿se arrepiente usted de algo?
César guarda silencio.
Hasta las borregas dejan de caminar.
Fe mira al romano.
Esperanza espera.
Caridad, prudentemente, no juzga.
Platero mastica alguna hierba porque los burros poseen la inmensa sabiduría de no interrumpir ciertas conversaciones.
César mira el agua.
El Duende comprende entonces que no necesita escuchar la respuesta.
Porque cada ser humano tiene un Rubicón.
Una frontera que alguna vez decidió cruzar.
Y después de atravesarla ya no pudo regresar siendo exactamente el mismo.
—🌻🌻🌻🌻🌻
XI. Nuestra eñe vuelve a aparecer
¿Qué tiene que ver todo esto con el vertiginoso trayecto de la eñe?
Muchísimo.
Porque una lengua no solamente conserva palabras hermosas.
Conserva también conceptos morales.
Las palabras son recipientes donde las civilizaciones depositan experiencias.
Culpa.
Perdón.
Responsabilidad.
Arrepentimiento.
Rectificación.
Cada una contiene siglos de pensamiento religioso, jurídico, filosófico y cotidiano.
El castellano heredó culpa prácticamente desde el corazón mismo del latín.
Pero después la palabra recorrió monasterios, tribunales, confesionarios, hogares, cárceles, parlamentos, periódicos y conversaciones familiares.
Cada generación volvió a llenarla de significado.
Ésa es la maravilla del idioma.
Las palabras son antiguas.
Pero cada vez que alguien las pronuncia sinceramente vuelven a nacer.
—🌻🌻🌻🌻🌻
XII. Reflexión Hipnótica
Quizá la humanidad no esté dividida solamente entre buenos y malos.
Esa clasificación es demasiado sencilla.
Tal vez exista una frontera más interesante:
los que son capaces de rectificar y los que necesitan tener razón hasta el final.
Todos nos equivocamos.
El sabio.
El ignorante.
El rey.
El mendigo.
El juez.
El acusado.
El padre.
El hijo.
El gobernante.
El gobernado.
La diferencia comienza después del error.
Uno construye una excusa.
Otro busca un culpable.
Otro destruye las pruebas.
Otro modifica su recuerdo.
Otro culpa al destino.
Y alguien, alguna vez, realiza uno de los actos más revolucionarios que puede ejecutar un ser humano:
se detiene,
mira lo ocurrido
y dice:
fui yo.
Entonces sucede algo extraordinario.
El pasado permanece intacto.
Nada puede borrarlo.
Pero el futuro acaba de cambiar.
Porque quien reconoce su error puede aprender de él.
Quien aprende puede corregir.
Quien corrige puede reparar.
Y quien repara puede comenzar nuevamente.
Tal vez por eso aquellas palabras sobrevivieron al Imperio que las pronunció.
Roma cayó.
Sus emperadores murieron.
Los mármoles se quebraron.
Las águilas abandonaron sus estandartes.
Pero dos palabras continuaron caminando durante siglos:
MEA CULPA.
El Duende Urdiales recoge entonces la piedra.
La contempla.
Y vuelve a dejarla exactamente donde estaba.
Hay palabras que debemos llevar con nosotros.
Y hay otras que conviene dejar en el camino para que las encuentre el siguiente caminante.
Julio César vuelve a montar a Platero.
Ñux corre hacia adelante.
Señor Sombra lo sigue.
Mafalda hace sonar su campana.
Fe, Esperanza y Caridad continúan entre los girasoles.
Y allá, unos metros más adelante, comienza a brillar una tercera piedra.
El Duende entrecierra los ojos.
Puede leer:
MOTU PROPRIO
Sonríe.
—Ésa me gusta.
Y continúa caminando.
Porque el vertiginoso trayecto de la eñe apenas comienza.
Y Roma todavía tiene muchas cosas que decirnos.
Nos vemos mañana…
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