Aquello sin lo cual, no
Apunte diario sobre Letras Hipnóticas
El vertiginoso trayecto de la eñe
Semillas de girasol 🌻 del español en castellano.
Por Arturo David Vásquez Urdiales.
Hay expresiones que necesitan una página para explicarse. Otras necesitan un libro. Y existen algunas, prodigiosamente antiguas, capaces de encerrar una idea enorme en apenas tres palabras.
Sine qua non.
Tres pequeñas piedras latinas colocadas en mitad del camino.
El Duende Urdiales, notario, escribano y escritor, caminante del vertiginoso trayecto de la eñe, apenas ha comenzado esta nueva vereda. Lleva su sombrero, sus libros, alguna pluma extraviada entre los bolsillos y esa curiosidad incorregible de quien sospecha que detrás de cada palabra duerme una historia.
A su alrededor caminan Fe, Esperanza y Caridad; Mafalda observa desde los girasoles; Ñux se adelanta como buen chalán; Señor Sombra resopla; Señor Luz husmea; Biuses vigila; Chino Cochino va a su propio paso; Paca y Pancho discuten asuntos de gallinero.

Y Platero…
Platero todavía no sabe lo que le espera.
Porque a lo lejos aparece un romano.
Lleva corona de laurel.
Se acerca Julio César.
Y nuestro Duende, que ha decidido internarse por los senderos del latín, tendrá que preguntarle:
—Don Julio, ¿qué diablos significa sine qua non?
I. Sin la cual, no
Comencemos por desmontar la expresión.
Sine significa «sin».
Qua, en esta construcción, equivale a «la cual».
Non significa «no».
De ahí:
sin la cual, no.
La fórmula completa que solemos tener detrás es conditio sine qua non: aquella condición sin la cual algo no puede suceder, existir o producir determinado efecto.
No hablamos, por tanto, de algo simplemente conveniente.
Ni recomendable.
Ni agradable.
Hablamos de lo indispensable.
Y aquí comienza la maravilla.
Porque tres palabras que atravesaron siglos terminaron sirviendo para señalar una de las preguntas fundamentales de la existencia:
¿qué es aquello sin lo cual esto no puede ser?
II. La pequeña maquinaria de la necesidad
Imaginemos una semilla.
Puede tener tierra.
Puede recibir fertilizante.
Podemos rodearla de cuidados y hasta hablarle dulcemente todas las mañanas.
Pero sin determinadas condiciones esenciales, no germinará.
Ahí aparece nuestra expresión.
El agua puede ser condición sine qua non para determinada forma de vida.
El consentimiento puede ser condición indispensable para la existencia o eficacia de ciertos actos jurídicos.
La confianza puede convertirse en sine qua non de una amistad verdadera.
La libertad es sine qua non de innumerables concepciones de la dignidad humana.
Y la lectura —permítaseme la travesura— es sine qua non del escritor que pretende tener algo que decir.
La expresión obliga a distinguir entre lo accesorio y lo esencial.
Y quizá por eso continúa viva.
Porque hemos construido una civilización extraordinariamente hábil para acumular accesorios y, algunas veces, terriblemente torpe para reconocer lo indispensable.
III. Antes de nosotros estaba Roma
El castellano no apareció una mañana por generación espontánea.
Detrás de nuestras palabras caminan generaciones enteras de hablantes.
El latín hablado fue transformándose durante siglos hasta dar origen a las lenguas romances: castellano, francés, italiano, portugués, catalán, rumano y otras variedades nacidas de aquel inmenso árbol.
Por eso cuando pronunciamos ciertos vocablos estamos haciendo algo extraordinario sin advertirlo:
estamos conversando con nuestros muertos lingüísticos.
Roma permanece debajo de nuestra lengua.
Está en madre.
Está en padre.
Está en tierra.
Está en vida.
Está en ley.
Está en buena parte del vocabulario con el que amamos, contratamos, discutimos, heredamos, sentenciamos, rezamos y morimos.
Y, además de las palabras transformadas por los siglos, conservamos pequeñas reliquias prácticamente intactas.
Los latinismos.
Ahí permanece:
ad hoc.
in situ.
de facto.
mea culpa.
motu proprio.
per se.
in extremis.
honoris causa.
carpe diem.
Y nuestra primera semilla:
sine qua non.
Cada una será una parada.
No corramos.
Tenemos sendero para rato.

IV. El Derecho sabe perfectamente de qué estamos hablando
Los juristas hemos sentido una fascinación secular por el latín.
A veces con razón.
A veces, también hay que reconocerlo, con cierta coquetería intelectual.
Porque existe una diferencia enorme entre emplear una expresión latina porque aporta precisión y arrojar latinajos sobre una mesa solamente para que los demás crean que sabemos mucho.
El lenguaje jurídico debe servir para aclarar.
No para esconder.
Ésa es una primera enseñanza.
Sine qua non resulta útil precisamente porque expresa con enorme economía una relación necesaria.
Pensemos en un contrato.
Puede tener papel elegante, sellos, membretes y una prosa capaz de hacer bostezar al mismísimo Justiniano.
Pero debemos preguntar:
¿cuáles son sus elementos verdaderamente indispensables?
Lo mismo ocurre frente a cualquier institución jurídica.
El jurista serio tiene que separar el ornamento de la estructura.
Porque una columna puede estar bellamente pintada y, sin embargo, no sostener el edificio.
Mientras que otra, escondida detrás de una pared, puede resultar tan indispensable que quitarla derrumbe la casa.
Ésa es la lógica de lo sine qua non.
V. César se encuentra con el Duende
Nuestro caminante continúa.
Los girasoles se inclinan ligeramente con el viento.
De pronto, Julio César aparece frente a él.
No importa demasiado que la expresión jurídica haya desarrollado sus usos y matices a través de una larguísima tradición posterior. Estamos en territorio de Letras Hipnóticas, donde la historia puede sentarse un momento junto a la imaginación para explicarnos mejor las palabras.
César contempla al Duende.
El Duende contempla a César.
Y Platero contempla a ambos.
—¿Tú eres Julio César?
—Sum.
—Bueno, tampoco presumas. Estamos aprendiendo.
César sonríe.
Entonces mira alrededor buscando seguramente un caballo digno del conquistador de las Galias.
No hay caballo.
Está Platero.
El burrito levanta lentamente las orejas.
César lo mira.
Platero mira a César.
Y el Duende sentencia:
—Excelencia, para continuar por este sendero, Platero es conditio sine qua non.
César comprende inmediatamente la gravedad del asunto.
Monta al burro.
Y Roma vuelve a ponerse en marcha.
No siempre la Historia necesita un caballo blanco.
A veces le basta un burro.
VI. Pero cuidado: no todo es sine qua non
Aquí aparece un problema muy contemporáneo.
Nos hemos acostumbrado a llamar «indispensable» a casi todo.
Indispensable el teléfono.
Indispensable determinada aplicación.
Indispensable cierto automóvil.
Indispensable aquella reunión.
Indispensable comprar esto.
Indispensable responder aquello.
Hasta que la vida, con su antigua sabiduría, nos sacude alguna vez los bolsillos y nos pregunta:
¿De verdad?
Entonces descubrimos que poseíamos cien cosas necesarias y apenas tres indispensables.
Ése es el poder filosófico escondido en nuestro latinajo.
Sine qua non nos obliga a jerarquizar.
A retirar adornos.
A quitar ruido.
A preguntar qué permanece cuando eliminamos todo aquello que solamente parecía imprescindible.
VII. ¿Cuál es el sine qua non del ser humano?
Aquí dejamos por un momento al gramático y llamamos al filósofo.
¿Qué necesita verdaderamente un ser humano para ser humano?
¿Razón?
¿Libertad?
¿Dignidad?
¿Memoria?
¿Amor?
¿Conciencia?
¿El reconocimiento del otro?
Cada tradición filosófica contestará de manera distinta.
Aristóteles hablaría desde la racionalidad y la vida política.
Los estoicos buscarían la virtud y el dominio de aquello que depende de nosotros.
El cristianismo colocaría en el centro el amor a Dios y al prójimo.
Kant defendería una dignidad que impide tratar al ser humano simplemente como medio.
Y nuestra época tendría que añadir su propia respuesta.
Pero acaso podamos aventurar una:
el otro es condición sine qua non de nuestra humanidad.
Nadie aprende solo a hablar.
Nadie se abraza a sí mismo cuando nace.
Nadie construye enteramente solo su memoria.
Alguien nos enseñó una palabra.
Alguien nos dio alimento.
Alguien nos contradijo.
Alguien nos amó.
Alguien nos hirió.
Alguien nos perdonó.
Incluso nuestra individualidad está construida, paradójicamente, con pedazos de los demás.

VIII. Y apareció la eñe
Nuestro Duende se detiene.
Porque ha llegado el momento de mirar hacia la letra que da nombre a todo este camino.
Roma hablaba latín.
Pero Roma no tenía nuestra ñ.
La eñe nació muchos siglos después, en el largo proceso medieval de escritura y transformación del romance. Los escribanos utilizaron abreviaturas para representar determinados sonidos y grupos de letras; aquella pequeña marca sobre la n acabaría formando parte de una de las letras más características del castellano.
Y aquí ocurre algo maravilloso:
el latín fue condición necesaria para la genealogía del castellano, pero el castellano terminó creando sonidos, grafías, palabras y universos que el latín jamás conoció.
Los hijos no son copias de sus padres.
Las lenguas tampoco.
Heredan.
Transforman.
Inventan.
El latín puso raíces.
Los siglos hicieron el tronco.
El castellano abrió ramas.
Y nuestra eñe terminó floreciendo entre ellas.
Quizá por eso hemos llamado a esta serie Semillas de girasol 🌻 del español en castellano.
Porque ninguna lengua está terminada.
Cada palabra que recibimos es semilla de otra cosa.
IX. Reflexión Hipnótica
Llegamos entonces al fondo del sendero.
Sine qua non.
Sin lo cual, no.
Tal vez la expresión sobrevivió durante tantos siglos porque contiene una pregunta que jamás envejece:
¿qué es verdaderamente indispensable?
Los imperios suelen equivocarse al responderla.
Creen indispensable el poder.
Los tiranos creen indispensable la obediencia.
Los ricos pueden creer indispensable la riqueza.
Los vanidosos, el aplauso.
Los soberbios, tener razón.
Y el tiempo, ese notario implacable que termina dando fe de todas nuestras derrotas, va tachando lentamente cada una de esas supuestas necesidades.
Hasta que quedan muy pocas.
La vida.
La dignidad.
La libertad.
La palabra.
El otro.
El amor.
Quizá la misericordia.
Y para quien escribe, todavía una más:
el lector.
Porque un libro sin lector puede permanecer cerrado durante cien años, pero cuando unos ojos vuelven a recorrer sus palabras ocurre un pequeño milagro: alguien que quizá murió hace siglos vuelve a pensar dentro de otra persona.
Por eso Julio César puede caminar hoy junto al Duende Urdiales.
Por eso Horacio todavía puede decirnos carpe diem.
Por eso Séneca puede volver a inquietarnos.
Por eso Roma, que cayó hace tantos siglos, continúa pronunciándose todas las mañanas.
Las civilizaciones no solamente sobreviven en sus piedras.
Sobreviven en aquello que sembraron en nuestra lengua.
El Duende Urdiales mira entonces el camino.
César, resignado y solemne, continúa montado sobre Platero.
Fe, Esperanza y Caridad avanzan detrás.
Mafalda mueve su campana.
Ñux corre adelante.
Paca y Pancho siguen discutiendo.
Y sobre el sendero aparece una nueva piedra.
El Duende se acerca.
Sacude el polvo.
Hay dos palabras grabadas:
MEA CULPA.
Sonríe.
Pero ésa será otra historia.
Porque hoy hemos aprendido solamente tres:
SINE QUA NON.
Aquello sin lo cual, no.
Y acaso comprender qué es aquello sin lo cual no podemos vivir sea también el primer paso para descubrir por qué vale la pena vivir.


