Por Arturo Vásquez Urdiales

07 de diciembre de 2024

En el corazón de las montañas del sur, Oaxaca guarda no solo los secretos de sus lenguas y tradiciones, sino también los vestigios de un sistema de medición que marcó la vida cotidiana desde los días de la Colonia. Un tiempo que podríamos llamar la “Era de las varas y fanegas”, que abarca desde la segunda mitad del siglo XVI hasta los albores del siglo XX, cuando las comunidades oaxaqueñas adaptaron estas medidas castellanas para sus propios usos y costumbres.

Las medidas que llegaron del otro lado del océano

Con la llegada de los conquistadores, Oaxaca fue testigo de la imposición del sistema castellano de pesas y medidas.

Estas formas de medir, aunque extranjeras, encontraron un lugar en la vida de las comunidades indígenas, que las integraron con naturalidad a su cotidianidad.

  • La fanega (55.5 litros) y el almud (4.6 litros) se convirtieron en las medidas estándar para calcular semillas, esenciales para el sustento de una sociedad eminentemente agrícola.
  • La fanega de sembradura, por su parte, no solo calculaba el grano, sino también la extensión de tierra necesaria para sembrarlo, convirtiendo al terreno en una unidad de medida en sí misma.
  • La libra (460 gramos) y la arroba (11.5 kilogramos) facilitaron el comercio de productos básicos, como el cacao, el maíz y la cochinilla, mientras que la vara (0.836 metros) medía desde la longitud de un terreno hasta la distancia entre dos puntos.

Estas medidas no solo marcaron la economía, sino también las relaciones sociales. Aún hoy, en muchas comunidades de Oaxaca, las fanegas, almudes y varas persisten, no solo como unidades prácticas, sino como un puente entre el pasado y el presente.

Las medidas de la Nueva España: más allá de lo tangible

En la Nueva España, medir no solo implicaba calcular cantidades, sino también establecer jerarquías y definir obligaciones. Así nacieron unidades más abstractas, cargadas de simbolismo y prácticas culturales.

  • La legua: En Oaxaca, como en otras regiones, las “leguas” no eran solo formas de hablar, sino también de medir territorios. Una “legua de tierra” marcaba la extensión de un valle o una planicie que podía ser vista desde un punto alto.
    -¿Pero de a cómo no?:

Legua castellana.-

Medida itineraria, variable según los países o regiones, definida por el camino que regularmente se anda en una hora, y que en el antiguo sistema español equivale a 5572,7 m.

Osea caminar 100 leguas, como el Gato con botas: 55,727.00 m, ni Marvel se atrevía a tanto.

Increíbles las botas de 7 leguas, de otro cuento, de Grimm. Cliente ya de Letras Hipnóticas

  • La caballería: Originalmente definida como la cantidad de tierra que un jinete podía recorrer en un día, se convirtió en una medida oficial para concesiones de tierra, calculando aproximadamente 42 hectáreas.
  • La peonada: Este término no solo medía el trabajo de los peones, sino que también representaba la cantidad de trabajo que una persona podía realizar en un día. En Oaxaca, aún se utiliza como referencia en las jornadas agrícolas. Aproximadamente 10 hectáreas.-
  • El tizón y la pica: Estas unidades medían leña y piedras, respectivamente, marcando la economía de los recursos naturales en una región rica en biodiversidad y minerales.

El legado de las medidas antiguas en el Oaxaca moderno

En la Sierra Norte o en los Valles Centrales, escuchar a un campesino hablar de fanegas y almudes es adentrarse en un idioma del pasado, un lenguaje que conserva la esencia de épocas donde el tiempo y el espacio se medían con la vista, el esfuerzo y la experiencia.

La “Era de las varas y fanegas”, que podemos situar aproximadamente entre 1550 y 1920, dejó un legado cultural que sobrevivió incluso a la llegada del sistema métrico decimal. En mercados tradicionales como el de Tlacolula o el de Ocotlán, no es raro encontrar que el precio de la cosecha aún se negocie en almudes, y claro que en arrobas que la leña se venda por tizones y que las distancias rurales se calculen en varas. La legua ya está en franco desuso.

Reflexión final: la medida del alma oaxaqueña

En un mundo que avanza hacia la uniformidad, Oaxaca resiste, conservando medidas que, más que números, son una forma de vida. Cada fanega, cada vara y cada peonada cuenta una historia de trabajo, resistencia y adaptabilidad. Estas medidas, que viajaron siglos y océanos, encontraron en Oaxaca no solo un lugar donde quedarse, sino un terreno fértil para transformarse en símbolos de identidad.

En este rincón del sur, medir es más que un acto práctico; es una forma de recordar quiénes somos y de dónde venimos. La vara que mide el tiempo es también la que mide el alma.

URDIALES Zuazubiskar Fundación de Letras Hipnóticas AC ® ©. Les invitamos a compartir esta columna y a seguir midiendo la vida con el corazón. Gracias por su atención.

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