APUNTE DIARIO SOBRE LETRAS HIPNÓTICAS
Por Arturo David Vásquez Urdiales

Hay edificios que parecen hablar.
No necesitan campanas.
No necesitan reflectores.
No necesitan turistas.
Les basta el silencio.
Uno de ellos permanece desde hace casi tres siglos en una esquina del Centro Histórico de Oaxaca: el Templo de San Felipe Neri, donde se cruzan las calles de Independencia y Tinoco y Palacios.
Miles de personas pasan diariamente frente a su fachada barroca de cantera verde.
Algunos caminan rumbo al Zócalo.
Otros buscan una notaría, un despacho, un café o la cercana funeraria Núñez Banuet.
Muy pocos se detienen.
Y, sin embargo, ese edificio ha sido testigo de buena parte de la historia de Oaxaca.
Su origen no comenzó con la construcción del templo, sino mucho antes.
En 1661 llegó a Oaxaca la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri, inspirada en la obra del santo florentino que un siglo antes había revolucionado Roma mediante la oración, la caridad y la alegría. El presbítero Juan de Aragón impulsó el establecimiento de la comunidad filipense en la ciudad, dedicada especialmente al auxilio espiritual de sacerdotes, enfermos, peregrinos y personas necesitadas. No era una orden religiosa con votos solemnes, sino una fraternidad de sacerdotes seculares unidos por la oración y el servicio.
Con el paso de las décadas, aquella pequeña comunidad necesitó una casa y un templo propios.
Los terrenos fueron donados por el obispo Ángel de Maldonado a comienzos del siglo XVIII. Más tarde, el vicario Juan Sáenz de Leyva obtuvo las autorizaciones civiles y eclesiásticas necesarias y aportó recursos decisivos para levantar el conjunto.

La construcción comenzó en 1733.
No fue una obra rápida.
Durante aproximadamente cuarenta años, canteros, albañiles, escultores y artesanos fueron levantando piedra sobre piedra uno de los templos barrocos más elegantes de Oaxaca.
Finalmente, el 17 de enero de 1773, el obispo Miguel Ángel Anselmo Álvarez de Abreu consagró solemnemente la iglesia bajo la advocación de Nuestra Señora del Patrocinio y San Felipe Neri. Años después, en 1803, fueron concluidas sus esbeltas torres de cantera, integradas armónicamente al conjunto arquitectónico.
Originalmente, el complejo ocupaba toda una manzana.
No era solamente una iglesia.
Existían una casa para los padres filipenses, una casa de ejercicios espirituales, patios, dependencias y espacios destinados a la formación religiosa.
Todo ello conformaba uno de los centros espirituales más importantes del Oaxaca virreinal.
La historia, sin embargo, nunca permanece inmóvil.
En 1843, aquel templo recibió a una joven pareja cuyo nombre terminaría formando parte de la historia nacional: Benito Juárez y Margarita Maza, quienes celebraron allí su matrimonio religioso el 31 de julio. Desde entonces, generaciones enteras de mexicanos identifican San Felipe Neri como “la iglesia donde se casó Juárez”.
Pero la historia volvió a cambiar.
Con las Leyes de Reforma, la nacionalización de los bienes eclesiásticos transformó profundamente el conjunto. Gran parte de las propiedades del Oratorio fue expropiada y fraccionada. Algunas dependencias pasaron a instituciones de beneficencia, otras fueron vendidas a particulares y el antiguo conjunto religioso dejó de ocupar toda la manzana. Aun así, el templo permaneció abierto al culto y sobrevivió a guerras, conflictos civiles, terremotos y restauraciones.
En años recientes, especialistas del INAH restauraron su magnífico retablo barroco, devolviéndole parte del esplendor de los dorados y policromías originales, conscientes de que no sólo estaban conservando un edificio, sino un capítulo esencial del patrimonio artístico de Oaxaca.
Pero toda iglesia guarda una pregunta.
¿Por qué lleva ese nombre?
¿Quién fue realmente San Felipe Neri?
Felipe nació en Florencia, en 1515.
Vivió durante el Renacimiento, cuando Europa parecía debatirse entre el genio artístico y las profundas divisiones religiosas.
Llegó muy joven a Roma.
No buscó riqueza.
No aspiró al poder.
No quiso fundar un imperio.
Quiso comprender el alma humana.
Pasaba largas horas rezando en las antiguas catacumbas.
Visitaba hospitales.
Consolaba enfermos.
Ayudaba a los pobres.
Escuchaba a quien nadie escuchaba.
Aquella vida aparentemente sencilla terminó transformando toda una ciudad.
En torno suyo comenzaron a reunirse jóvenes, sacerdotes, artistas, músicos y estudiosos para leer el Evangelio, conversar, cantar y rezar.
Así nació el Oratorio de San Felipe Neri, una forma completamente nueva de evangelizar.

No mediante el miedo.
No mediante la imposición.
Sino mediante la amistad.
Fue contemporáneo de gigantes como San Ignacio de Loyola, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y San Carlos Borromeo.
Mientras otros renovaban órdenes religiosas, Felipe renovaba corazones.
Tenía una convicción extraordinaria.
La santidad no debía ser triste.
La fe no debía tener rostro amargado.
La humildad debía sonreír.
Por eso la historia terminó llamándolo el Santo de la Alegría.
Cinco siglos después, su nombre continúa presidiendo discretamente una esquina del Centro Histórico de Oaxaca.
Quizá muchos entren para recordar la boda de Juárez.
Tal vez otros lo hagan buscando unos minutos de paz.
Pero todos, aun sin saberlo, cruzan el umbral de un templo nacido del sueño de un santo italiano que descubrió una verdad inmensa:
Hay hombres que conquistan ciudades con ejércitos.
Y hay hombres, como San Felipe Neri, que las conquistan únicamente con una sonrisa.


