APUNTÉ DIARIO SOBRE LETRAS HIPNÓTICAS

CAPÍTULO II

Por Arturo Vásquez Urdiales

Existe un viejo chascarrillo oaxaqueño que dice:

«Cuando un oaxaqueño se desmaya, no vuelve en sí… vuelve en no.»

Como toda ironía popular, exagera para provocar una sonrisa. Pero, precisamente por exagerar, obliga a pensar.

¿Qué representa ese no?

Porque el «no» no es solamente una palabra.

Es una forma de ejercer poder.

El primatólogo observa al chimpancé que comienza a atribuir un significado especial a determinadas piedras. El filósofo observa al ser humano que atribuye un significado extraordinario a determinadas palabras.

Entre ellas, una sobresale por encima de todas:

No.

El «no» es una de las primeras formas de dominio.

Quien puede impedir una acción adquiere inmediatamente una posición de superioridad frente a quien necesita realizarla.

El permiso crea cooperación.

La prohibición crea dependencia.

Por eso, desde tiempos remotos, el poder aprendió que muchas veces resulta más eficaz negar que conceder.


En algunos espacios burocráticos parece existir una fascinación por el obstáculo.

No necesariamente porque toda autoridad sea arbitraria, sino porque las organizaciones pueden desarrollar hábitos donde el procedimiento termina siendo más importante que el propósito.

Entonces aparecen requisitos innecesarios.

Copias de copias.

Constancias para obtener otras constancias.

Firmas que autorizan otras firmas.

Sellos sobre sellos.

Colores permitidos y colores prohibidos.

El ciudadano deja de percibir una institución creada para resolver problemas y comienza a sentir que se encuentra frente a un laberinto.

El trámite deja de ser un camino.

Se convierte en una prueba.


Lo mismo ocurre con la proliferación de topes.

Naturalmente, muchos reductores de velocidad cumplen una función indispensable para proteger peatones, escuelas o zonas de riesgo.

Pero también existen lugares donde parecen multiplicarse incluso cuando el tránsito es escaso, la velocidad ya es reducida o el pavimento, lleno de baches, impide de cualquier manera correr.

La pregunta filosófica no es únicamente por el tope.

La pregunta es por el símbolo.

¿Por qué una sociedad llega a sentirse más segura cuando multiplica las barreras?

¿Por qué, frente a un problema, la primera respuesta suele ser agregar otra prohibición?

¿Por qué el obstáculo parece producir una sensación de control?

Quizá porque impedir es más sencillo que organizar.

Quizá porque prohibir exige menos imaginación que resolver.


Cuando una autoridad responde primero con un «no», obliga al ciudadano a modificar su conducta.

Debe regresar.

Debe insistir.

Debe justificar.

Debe suplicar.

Y cada uno de esos actos incrementa la distancia entre quien solicita y quien decide.

Allí aparece una dimensión psicológica del poder.

El poder no consiste únicamente en mandar.

Consiste también en hacer esperar.

En obligar a pedir.

En convertir lo sencillo en extraordinario.

En recordar continuamente quién necesita de quién.

Si además esa negativa termina abriendo la puerta a un beneficio ilícito, el símbolo del «no» deja de ser una herramienta administrativa para convertirse en un instrumento de corrupción.

Pero sería un error pensar que toda negativa obedece a ese propósito.

Con frecuencia, el problema es más profundo.

Las instituciones también desarrollan inercias.

Costumbres.

Ritos.

Maneras de hacer las cosas que sobreviven incluso cuando nadie recuerda por qué comenzaron.

Exactamente igual que la tinta roja.

Exactamente igual que ciertos formalismos.

Exactamente igual que los símbolos.


Por eso el verdadero adversario no es el «no».

Toda sociedad necesita negativas legítimas.

No a la violencia.

No al fraude.

No al abuso.

No a la arbitrariedad.

El problema aparece cuando el «no» deja de proteger el interés público y comienza simplemente a justificar su propia existencia.

Cuando negar produce más satisfacción que servir.

Cuando el procedimiento importa más que la justicia.

Cuando el ciudadano deja de ser el destinatario de la administración y se convierte en un visitante permanente del laberinto.


El chimpancé quizá está aprendiendo que una piedra puede significar algo más que una piedra.

Nosotros corremos un riesgo diferente.

Olvidar que un trámite sigue siendo un medio y no un fin.

Que un sello continúa siendo tinta.

Que una firma continúa siendo voluntad.

Que una oficina pública existe para facilitar el ejercicio de los derechos y no para convertirlos en una peregrinación.

La evolución elevó al ser humano hasta el pensamiento simbólico.

La civilización debería elevar ese pensamiento hasta la razón.

Porque cuando el símbolo sustituye a la inteligencia, la piedra deja de ser piedra, la tinta deja de ser tinta y el «no» deja de ser prudencia para convertirse, silenciosamente, en una forma de poder.

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