Apunte diario sobre letras Hipnóticas
LA TINTA ROJA Y LAS PIEDRAS DEL CHIMPANCÉ
Del nacimiento del símbolo a las supersticiones de la burocracia
Arturo David Vásquez Urdiales
Preliminar
Hace algunos años, los primatólogos comenzaron a describir dos observaciones extraordinarias que obligaron a replantear nuestra comprensión de la mente de los grandes simios.
La primera ocurrió en poblaciones de chimpancés salvajes de África occidental. Algunos individuos regresaban repetidamente a determinados árboles para lanzar piedras contra el tronco o introducirlas en cavidades naturales, hasta formar auténticos montones de piedras. Lo sorprendente es que aquellas piedras no parecían servir para obtener alimento ni para fabricar herramientas. Los investigadores han propuesto distintas hipótesis: podría tratarse de una tradición cultural, de una forma de exhibición social o, en una interpretación mucho más cautelosa y especulativa, de un antecedente muy remoto de conductas ritualizadas o simbólicas. Nadie sostiene seriamente que esos árboles sean “dioses” o “tótems” para los chimpancés; sin embargo, el simple hecho de que una conducta aparentemente desprovista de utilidad inmediata se repita de manera colectiva ha despertado un enorme interés científico.

El segundo caso ocurrió en un zoológico de Suecia con un chimpancé llamado Santino. Sus cuidadores descubrieron que, cuando el recinto permanecía tranquilo y aún no llegaban visitantes, reunía piedras y las escondía cuidadosamente en distintos lugares. Horas más tarde, cuando el público aparecía, recuperaba aquellas piedras para arrojarlas. Lo extraordinario de este comportamiento no era el lanzamiento de los proyectiles, sino la preparación anticipada de una acción futura. Santino demostraba una capacidad de planificación que durante mucho tiempo se creyó exclusivamente humana.

Los bonobos también han mostrado capacidades cognitivas sorprendentes. Utilizan herramientas, cooperan entre sí, aprenden por observación y algunos individuos, como el célebre Kanzi, aprendieron a comprender sistemas de símbolos bajo entrenamiento humano e incluso a fabricar herramientas de piedra. Sin embargo, no existe evidencia científica de que los bonobos o los chimpancés estén desarrollando una religión o adorando objetos. Esa posibilidad pertenece, por ahora, al terreno de la reflexión filosófica y no al de las conclusiones de la primatología.
Lo verdaderamente fascinante es que estos descubrimientos sugieren que la frontera entre la mente humana y la de los grandes simios quizá no sea un muro infranqueable, sino un plano inclinado. La planificación, la tradición cultural, la transmisión social y ciertos comportamientos que recuerdan vagamente a los rituales podrían constituir algunos de los ladrillos cognitivos sobre los cuales, millones de años después, la humanidad edificó el pensamiento simbólico, el arte, el derecho, la religión y la filosofía.
Hay una línea secreta que atraviesa la selva africana, pasa por un zoológico europeo y termina, inesperadamente, sobre el escritorio de una autoridad oaxaqueña que rechaza un documento simplemente porque fue firmado con tinta roja.

A primera vista parece una comparación absurda.
Pero quizá ambas escenas participan de un mismo fenómeno: el nacimiento y el poder del símbolo.
La tinta roja no modifica la identidad del firmante. No altera la voluntad jurídica. No cambia el contenido del documento. Químicamente es sólo un pigmento diferente del azul o del negro.
Y, sin embargo, muchas personas experimentan un rechazo casi instintivo hacia ella.
¿Por qué?
Porque el ser humano no vive únicamente entre objetos; vive entre significados.
Desde hace siglos, el rojo ha sido asociado con la sangre, el sacrificio, la guerra, el peligro, la deuda, la corrección escolar, la prohibición, el martirio, el poder, el pecado y la autoridad. En diversas culturas escribir un nombre con tinta roja era anunciar simbólicamente la muerte, la ruptura o el infortunio. Ninguna de esas asociaciones modifica físicamente un documento, pero todas ellas modifican psicológicamente la manera en que lo contemplamos.
He aquí el misterio.
La materia permanece idéntica.
Lo que cambia es la interpretación.
Y justamente en ese punto nace la filosofía.
El chimpancé comienza, quizá, a atribuir una importancia especial a determinadas piedras y determinados árboles. Nosotros, miles de generaciones después, atribuimos un significado especial a un determinado color de tinta.
La diferencia es inmensa.
Pero también existe una continuidad.
El animal empieza a descubrir que algunos objetos parecen poseer un significado distinto de su utilidad inmediata.
El hombre ha construido una civilización completa sobre esa capacidad.

Nuestros billetes son papel.
Las banderas son tela.
Los sellos oficiales son tinta.
Las escrituras públicas son hojas impresas.
Las coronas son metal.
Los anillos matrimoniales son aleaciones.
Las hostias son pan.
Sin embargo, todos esos objetos gobiernan nuestras vidas porque ya no representan únicamente materia: representan realidades invisibles.
Allí aparece el gran salto de la conciencia.
El símbolo.
Y quizá, mucho antes de que existieran los templos, las catedrales, las leyes o los códigos civiles, la evolución ya estaba ensayando, en la silenciosa inteligencia de los grandes simios, los primeros movimientos de esa extraordinaria facultad de convertir una cosa en algo infinitamente mayor que ella misma.





