APUNTE DIARIO SOBRE LETRAS HIPNÓTICAS
Las semillas de girasol 🌻 del español en castellano
MELIFLUA. MELIFLUO.
«¡Que Dios melifique tu ser montaraz!»
Por Arturo Vásquez Urdiales
Hay palabras que no sólo significan: perfuman.
Palabras que, apenas pronunciadas, parecen dejar en el aire una estela de música, de miel y de siglos. Una de ellas es melifluo. Su hermana femenina, meliflua, posee idéntica elegancia. Ambas proceden del latín mellifluus: mel, miel; fluere, fluir.
Es decir, lo que fluye como la miel.
No es casualidad que el español haya conservado una palabra tan hermosa. Nuestra lengua comprende que la dulzura no pertenece únicamente al gusto.
También puede habitar una voz, una conversación, un poema o una oración.
Una voz meliflua acaricia antes de convencer.
Un discurso melifluo parece deslizarse sin violencia por el oído. Una conversación meliflua calma el ánimo como el agua serena de un arroyo.
Pero el español, siempre sabio, también conoce las trampas del lenguaje.
Porque la miel puede alimentar… y también puede ocultar.
Hay personas cuya voz es meliflua, mientras su corazón permanece endurecido.
Hay quienes pronuncian las palabras más delicadas para preparar las heridas más profundas. La dulzura del sonido no garantiza la nobleza del alma.
Podríamos expresarlo así:
En su sentido más sutil, melifluo también admite un uso irónico. No porque la palabra signifique “traidor”, sino porque la dulzura exagerada de una voz puede convertirse en un instrumento de engaño. El melifluo halaga, tranquiliza y desarma; habla con miel mientras prepara el agravio. No levanta la voz, no amenaza, no insulta: sonríe, elogia y acaricia con las palabras, mientras por detrás hiere la reputación, traiciona la confianza o clava el puñal. La miel está en la lengua; el veneno, en la intención.
Este sentido respeta el significado del término: no redefine “melifluo” como sinónimo de hipócrita, sino que explica el uso literario e irónico que muchos escritores hacen de la palabra cuando la dulzura verbal contrasta con la conducta de quien la emplea.
Por eso melifluo no significa hipócrita. Significa dulce.
Sin embargo, la literatura lo emplea muchas veces con una delicada ironía: la voz destila miel mientras las intenciones destilan veneno.
Quizá por ello uno de los versos más extraordinarios de toda nuestra lengua aparece en la pluma inmortal de Rubén Darío.
San Francisco de Asís, después de reconciliar al lobo de Gobbia con los hombres, no le pide riqueza, ni poder, ni gloria.
Pronuncia una bendición:
«¡Que Dios melifique tu ser montaraz!»
No dice simplemente: «que seas bueno».
Dice algo infinitamente más profundo.
Que Dios transforme la aspereza en dulzura.
Que convierta la violencia en mansedumbre.
Que donde hubo colmillos florezca misericordia.
Que el alma deje de ser roca para convertirse en miel.
Eso significa melificar.
No es lo mismo melifluar que melificar.
Con una precisión filológica importante:
melificar sí es un verbo literario documentado; melifluar no es un verbo reconocido por el diccionario académico del español, existe como los piratas, puede hacer daño Pero no tiene acta de nacimiento.
(Como algunos congéneres, que no tienen acta de nacimiento, tienen acta de captura).
Melifluar o melificar.
Podríamos explicarlo así:

No es lo mismo ser melifluo que melificar. Melifluo es un adjetivo: describe a quien habla o se expresa con dulzura, con una voz o un lenguaje que fluye como la miel. Esa dulzura puede ser auténtica o, por ironía, puede ocultar otras intenciones. En cambio, melificar es un verbo: significa hacer dulce como la miel, suavizar o transformar. En el célebre verso de Rubén Darío, «¡Que Dios melifique tu ser montaraz!», no se pide una voz más amable, sino una transformación interior. No se trata de endulzar las palabras, sino el alma.
En otras palabras:
Melifluo = cómo suena una persona.
Melificar = cómo cambia una persona.
Esa diferencia es la que hace tan poderoso el verso de Darío: no ruega que el lobo hable con dulzura; ruega que Dios vuelva dulce su naturaleza.
(P.ej.Era un lobo moreno: Donald.)
Hacer que la gracia divina endulce aquello que parecía condenado a la dureza.
Qué inmensa lección para nuestro tiempo.
Vivimos rodeados de voces estridentes.
El insulto suele viajar más rápido que el argumento.
La descalificación obtiene más aplausos que la inteligencia.
Parecería que la aspereza se ha convertido en una virtud pública.
Quizá por eso hoy necesitamos volver a esta palabra antigua.
No para hablar con afectación.
No para fingir dulzura.
Sino para recordar que la verdadera elegancia del idioma comienza cuando la belleza de las palabras nace de la belleza del corazón.
Porque la miel auténtica nunca necesita disfrazarse.
Y tal vez ahí se esconda otra de las semillas de girasol del español.
Las palabras más dulces pueden pronunciar las verdades más difíciles.
No hace falta gritar para corregir.
No hace falta humillar para enseñar.
No hace falta herir para convencer.
La firmeza puede vestirse de cortesía.
La justicia puede hablar con serenidad.
Y hasta las sentencias más severas pueden escribirse con las palabras más nobles.
Acaso esa sea la verdadera melifluidad del espíritu.
No la del adulador.
No la del cortesano.
Sino la del hombre cuya lengua jamás necesita dejar de ser amable para seguir diciendo la verdad.
Que el Señor, entonces, melifique también nuestro lenguaje.
Y, sobre todo,
nuestro ser montaraz.
Arturo.


