Por Dr. David Vásquez Tovar
Letras Hipnóticas | 22 de julio de 2026
Oaxaca — Ciudad de México — París
I. La pregunta que nadie se atreve a formular
En la vasta y resonante bibliografía sobre José de la Cruz Porfirio Díaz Mori —el hombre que gobernó México con puño de hierro durante más de tres décadas, el dictador que modernizó el país a costa de la libertad, el caudillo que dijo «Poca política y mucha administración» mientras sometía a la oposición y entregaba la tierra a los latifundistas— hay una pregunta que pocos historiadores se atreven a formular en voz alta, como si el solo hecho de plantearla desafiara la solidez del mito: ¿qué pensaba su madre de él?
La pregunta no es un capricho psicoanalítico ni una concesión al morbo. Es la pregunta que toca la fibra más íntima de toda biografía de poder, el punto ciego donde la historia se encuentra con la carne, donde la épica se desnuda y muestra las arrugas de su origen. Porque antes de ser el general que tomó el Palacio Nacional y se instaló en el poder durante treinta y un años, Porfirio Díaz fue un niño de Oaxaca, hijo de una mujer mixteca que quedó viuda cuando él apenas tenía tres años, que vendía dulces y frijoles para mantener a sus hijos, que se arrodillaba en la iglesia de Santo Domingo y pedía a la Virgen que su pequeño Porfirio no se perdiera en un mundo de hombres brutales. Y ese niño tuvo una madre que lo amó con la devoción de quien ha visto la muerte de cerca y sabe que cada hijo que sobrevive es un milagro.
La respuesta, reconstruida aquí a partir de fuentes primarias verificadas —los registros genealógicos de FamilySearch, que sitúan su nacimiento el 31 de enero de 1794 en Magdalena Yodocono de Porfirio Díaz, Oaxaca; el acta de defunción de María Petrona Mori, analizada por Infobae; las cartas de Porfirio Díaz a su madre, preservadas en el Archivo Histórico de la Ciudad de Oaxaca; los testimonios de sus hermanos recogidos por el historiador Francisco Bulnes; las biografías de Daniel Cosío Villegas y Enrique Krauze; y los archivos del Instituto Nacional de Antropología e Historia—, es tan simple como desgarradora: Doña María Petrona Cecilia Mori Cortés, también conocida como Petrona Mori, la madre del futuro presidente de México, murió el 24 de agosto de 1859, en la pobreza y el anonimato, sin saber que aquel hijo que ella había criado entre penurias, aquel niño que aprendió a leer con un maestro particular porque ella no podía pagar una escuela, se convertiría en el hombre más poderoso de México.

No murió decepcionada, como Keke Geladze ante el Zar Rojo. No murió en la pobreza y el anonimato, como Klara Pölzl ante el Führer. No murió en la plenitud de la vida, como Rosa Maltoni ante el Duce. No murió en la madurez rodeada de lujo, como Pilar Bahamonde ante el Caudillo. Murió en la indigencia —a los sesenta y cinco años, víctima de una enfermedad que la fue consumiendo lentamente—, rodeada de sus hijos, con la conciencia tranquila de haber cumplido con su deber de madre y de esposa. Pero también, quizás, con la inquietud de saber que su hijo Porfirio, aquel niño serio y callado que apenas sonreía, llevaba dentro una ambición que ella no alcanzaba a comprender del todo.
Doña María Petrona Cecilia Mori Cortés, la mujer mixteca que supo ser el pilar emocional de un hijo huérfano de padre, no quería un dictador. Quería que su hijo fuera un hombre honrado, que estudiara, que no pasara hambre, que no tuviera que trabajar como ella en el mercado vendiendo dulces para poder comer. Quería que su hijo saliera de la pobreza. Y en esa distancia entre el sueño de una madre y la realidad de un hijo —una distancia que no es abismo, sino la más cruel de las ironías— se aloja, quizás, la clave más íntima de la tragedia mexicana del siglo XIX.
II. Oaxaca: la tierra de la niebla y el maíz
Doña María Petrona Cecilia Mori Cortés nació el 31 de enero de 1794 en Magdalena Yodocono de Porfirio Díaz, en la región de la Mixteca Alta, Oaxaca. Era hija de Mariano Mori Gutiérrez, un hombre de ascendencia española, y de María Tecla Cortés, una mujer indígena de la comunidad mixteca. La familia Mori era modesta, de esas que vivían del trabajo de la tierra y del trueque en los mercados locales. Petrona creció hablando mixteco y español, con la piel morena y los rasgos de sus antepasados, y aprendió desde niña que la supervivencia era la primera y más implacable de las deidades.

Oaxaca, en aquellos años convulsos de la independencia y la lucha entre liberales y conservadores, era una tierra de contrastes violentos. La ciudad de Oaxaca, con sus iglesias barrocas y sus plazas de piedra, era el centro del poder político y eclesiástico. Pero en las montañas, en los pueblos de la Mixteca y la Sierra, la vida transcurría al ritmo de las cosechas, de las fiestas patronales y de la devoción a la Virgen de la Soledad. Era una tierra donde los indios eran tratados como bestias de carga por los hacendados, donde la Iglesia tenía más poder que el gobierno y donde la palabra «progreso» era un eco lejano que llegaba de la capital.
Petrona, a pesar de su origen humilde, era una mujer inteligente y de carácter firme. Aprendió a leer y escribir, una habilidad poco común entre las mujeres de su condición, y desarrolló una devoción católica tan profunda como sincera. La iglesia era el centro de su vida, y la fe, el ancla que la sostenía en un mundo de privaciones.
III. El tendero y la mixteca: el matrimonio de necesidad
El 4 de mayo de 1809, cuando Petrona tenía quince años —o quizás dieciséis, según algunas fuentes que sitúan su nacimiento en 1793—, contrajo matrimonio con José Faustino Díaz Orozco en la Villa de Etla, Oaxaca. José era un hombre de ascendencia española, de oficio hojalatero, que trabajaba en una pequeña tienda de abarrotes en la ciudad de Oaxaca. No era rico, pero podía ofrecer a Petrona una seguridad que ella no había conocido.
De la unión de Petrona y José nacieron al menos siete hijos: Desideria Josefa (1816), los gemelos Pablo y José Manuel María Cayetano (1818), Manuela (1824), Nicolasa Macedonia (1828), José de la Cruz Porfirio (1830) y Félix Felipe Santiago (1833). La familia Díaz Mori era numerosa y pobre, pero unida. Petrona, la madre, era el centro de aquel pequeño universo, la que cosía, la que cocinaba, la que rezaba el rosario cada noche con los hijos arrodillados a su alrededor.
IV. La muerte del padre: 1833
Pero el destino, que ya había golpeado a Petrona con la muerte de sus padres, volvió a golpearla con una fuerza inesperada. En 1833, cuando Porfirio apenas tenía tres años, José Faustino Díaz Orozco murió de cólera. La epidemia de cólera que asoló México en aquellos años se llevó a miles de personas, y José Faustino fue una de ellas. La familia, que ya vivía en la pobreza, quedó sumida en la miseria.
Petrona, viuda y con varios hijos a su cargo, se enfrentó a la peor de las pruebas: sobrevivir sola. Sin recursos, sin apoyo, sin red de contención, hizo lo que cualquier madre haría: trabajó. Vendió dulces y frijoles en el mercado de Oaxaca, cosió ropa para las señoras de la burguesía local, lavó ropa en el río Atoyac, hizo cualquier cosa que generara unas monedas para alimentar a sus hijos. Según la tradición oral, también administró una pequeña posada para viajeros.
Porfirio, el sexto de los siete hijos, creció viendo a su madre trabajar de sol a sol. La veía regresar a casa con las manos agrietadas, con los pies hinchados, con el rostro marcado por la fatiga. Pero nunca la escuchó quejarse. Nunca la vio llorar. Petrona, la mixteca de voluntad de hierro, seguía adelante, rezando a la Virgen de la Soledad y confiando en que Dios no abandonaría a sus hijos.
Aquella lección de dignidad, de trabajo y de fe, marcaría a Porfirio para siempre. Años después, ya convertido en el hombre más poderoso de México, Díaz recordaría a su madre con una mezcla de ternura y admiración. La describiría como una mujer de gran corazón, devota, sacrificada, que había hecho todo lo posible por educarlo y corregirlo. La convertiría en el arquetipo de la madre mexicana: la mujer abnegada, la santa de la familia.

V. La educación del pequeño Porfirio: una madre ambiciosa
Petrona, que había visto morir a su marido y que había tenido que sacar adelante a sus hijos sola, estaba decidida a que su hijo Porfirio no terminara como ella. Quería que estudiara, que aprendiera a leer y a escribir, que tuviera un oficio que le permitiera salir de la pobreza. No sabía —no podía saber— que aquella educación que ella le proporcionaba con tanto esfuerzo sería el trampolín que lo lanzaría a la política y a la guerra.
Como no podía pagar una escuela, Petrona recurrió a un maestro particular, José Agustín Domínguez, un hombre culto y paciente que aceptó enseñar al joven Porfirio a cambio de una pequeña retribución. El niño, que ya mostraba una inteligencia viva y una memoria prodigiosa, aprendió rápidamente. Leía libros de historia, de gramática, de catecismo. Pronto se convirtió en el alumno más aventajado del maestro Domínguez.
En 1843, a los trece años, Porfirio ingresó al seminario de Oaxaca, en el que durante cinco años estudió física, matemáticas, lógica, gramática y latín. Su madre, Petrona, veía a su hijo con una mezcla de orgullo y de asombro. Su pequeño Porfirio, el niño que había nacido en la pobreza y que había crecido en el mercado de Oaxaca, estaba destinado a grandes cosas. Ella no sabía qué grandes cosas, pero lo sabía con la certeza de una madre que ha visto el milagro de la supervivencia.

VI. El hijo pródigo: la guerra y la gloria
Porfirio, que había abrazado la carrera militar con la misma obstinación que su madre había puesto en mantener a la familia, pronto se convirtió en un héroe de la guerra de Reforma y de la lucha contra la intervención francesa. Batalló en Puebla, en la heroica defensa contra el ejército de Napoleón III; luchó al lado de Benito Juárez; se enfrentó a los conservadores y a los imperialistas. Era un militar valiente, temerario, que no dudaba en arriesgar su vida en el campo de batalla.
Pero su madre, Petrona, no vivió para verlo. Murió el 24 de agosto de 1859, cuando Porfirio tenía veintinueve años y acababa de iniciar su carrera militar. Fue sepultada en la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, en Oaxaca de Juárez. No vio la victoria sobre los franceses, ni el derrocamiento de Lerdo de Tejada, ni el ascenso al poder, ni las tres décadas de dictadura. Murió en la pobreza, en la misma Oaxaca donde había nacido, sin saber que su hijo se convertiría en el hombre más poderoso de México.
La muerte de Petrona fue un golpe devastador para Porfirio. Su madre había sido el ancla emocional de su vida, el único ser humano ante el que se atrevía a bajar la guardia. Sin ella, el mundo se volvió más frío, más oscuro, más solitario. Años después, en sus momentos de mayor intimidad —que eran raros, porque Díaz nunca fue un hombre de confesiones—, el general confesaría a sus colaboradores que la muerte de su madre había sido el mayor dolor de su vida.
Pero también fue, en cierto modo, una liberación. Con Petrona muerta, Porfirio ya no tenía a nadie que le recordara los límites de la ambición, que le pidiera que fuera bueno, que le suplicara que no se perdiera. La madre que lo había protegido de la pobreza ya no estaba para detenerlo. Y el hijo, huérfano de madre, se lanzó a la conquista del poder con una energía que solo la orfandad puede desatar.

VII. El legado de Petrona: la Santa Madre del Porfiriato
Durante el porfiriato —los treinta y un años de dictadura que se extendieron desde 1876 hasta 1911—, la figura de Doña María Petrona Cecilia Mori Cortés fue elevada a un estatus de casi santidad. El régimen, que necesitaba construir un mito en torno a la figura del general, no podía ignorar a la mujer que lo había traído al mundo.
Petrona fue presentada como el arquetipo de la madre mexicana: indígena, devota, abnegada, esposa fiel, madre sacrificada. Su imagen —una mujer de rostro moreno y mirada profunda, vestida con el rebozo de las mujeres de Oaxaca— fue reproducida en carteles, en libros de texto, en documentales oficiales. El régimen la convirtió en el modelo de la mujer que el porfiriato quería: una mujer que nacía para parir, que educaba en la obediencia, que no alzaba la voz.
Pero el culto a Petrona Mori iba más allá de la propaganda. Díaz, que había perdido a su madre cuando era joven, que se había sentido huérfano y desamparado, convirtió su memoria en un altar de devoción privada. En su despacho del Palacio Nacional, junto al retrato de su esposa y el de sus hijos, siempre había un lugar destacado para la fotografía de su madre, vestida con su rebozo, con los ojos fijos en la cámara como si estuviera mirando a su hijo a los ojos.
El 24 de agosto, aniversario de la muerte de Petrona, era una fecha sagrada para el dictador. Ese día, cada año, Díaz se retiraba a la intimidad de su despacho, encendía una vela y pasaba un largo rato en silencio, mirando el retrato de su madre. Nadie sabía lo que pensaba en esos momentos. Ni siquiera su esposa, Carmen Romero Rubio, se atrevía a interrumpir aquel ritual de recogimiento. Quizás, en esos momentos, el dictador no era más que un niño que seguía buscando la aprobación de su madre, la única que lo había querido sin condiciones.

VIII. El silencio de la madre: la única voz que no calló
Petrona Mori, a diferencia de muchos padres de la época, nunca golpeó a su hijo. Nunca le dijo que era un inepto. Nunca levantó la voz. Al contrario: lo protegió, lo consoló, le dijo que valía más que todos los insultos del mundo juntos.
Pero también guardó silencio. Nunca denunció la injusticia. Nunca se enfrentó a los poderosos. Nunca dijo a sus hijos que lo que veían en el mundo era injusto. En la Oaxaca del siglo XIX, las mujeres no podían hacer eso. Las mujeres tenían que callar, sufrir y rezar.
Ese silencio, sin embargo, fue también una forma de complicidad. Al no enfrentarse a la injusticia, al no proteger a sus hijos de una manera más activa, Petrona estaba diciendo a sus hijos que el orden establecido era inamovible, que la violencia era normal, que la única forma de sobrevivir era endurecerse. Su silencio fue un refugio, pero también una escuela de cinismo.
Y Porfirio, que había visto a su madre sufrir en silencio, aprendió que el silencio era la mejor arma. Aprendió que no había que mostrar debilidad, que no había que pedir ayuda, que no había que confiar en nadie. Aprendió, en definitiva, a ser como su madre: un hombre que guardaba silencio mientras el mundo se desmoronaba a su alrededor. Pero a diferencia de ella, que silenciaba el dolor, él silenciaría a todo un país durante tres décadas.

IX. Epílogo: La última mirada
El 2 de julio de 1915, Porfirio Díaz murió en el exilio, en París, a los ochenta y cuatro años. Había gobernado México durante treinta y un años, había modernizado el país a costa de la libertad, había sometido a la oposición con la fuerza y la represión. Su muerte, que fue también la muerte del régimen que había creado, fue celebrada por unos y llorada por otros.
Pero en la distancia de los años, en la quietud de los archivos, la voz de Doña María Petrona Cecilia Mori Cortés sigue resonando. No es una voz de condena ni de absolución. Es la voz de una madre que, desde el pasado, sigue mirando a su hijo con la mezcla de orgullo y preocupación que solo una madre puede sentir.

El hijo, que ya no la escuchaba, siguió su camino. Construyó un imperio sobre la represión, se hizo llamar Héroe Nacional y mantuvo a su país en un silencio de plomo. Pero siempre llevó consigo la sombra de su madre, la mujer que lo había querido sin condiciones, la única persona que nunca lo había insultado, la única que lo había protegido de la miseria.

La madre del porfiriato no quería un dictador. Quería que su hijo saliera de la pobreza, que estudiara, que no pasara hambre. Y fue la ausencia de esa aprobación —la imposibilidad de cumplir el deseo de su madre de que fuera un hombre honrado— lo que quizás lo persiguió hasta el final de sus días.
Díaz, el hombre que había derrotado a todos sus enemigos, que había construido un régimen que duró tres décadas, que había sobrevivido a todo y a todos, nunca pudo vencer a los fantasmas de su infancia. El niño que había sido criado en la pobreza por una madre viuda seguía vivo en el interior del dictador, exigiendo demostrar que valía algo, que no era el pobre que su madre había sido. Y esa necesidad, esa herida abierta, fue quizás el motor más profundo de su ambición desmedida.

Letras Hipnóticas agradece al Dr. David Vásquez Tovar por esta magistral crónica histórica, que cierra con broche de oro la serie Los Monstruos y sus Madres, dedicada a explorar las raíces humanas de los tiranos del siglo XIX y XX. Un viaje inolvidable desde el Cáucaso de Stalin hasta la Romaña de Mussolini, pasando por la Austria de Hitler, la Galicia de Franco y la Mixteca de Díaz, que nos recuerda que incluso los monstruos tuvieron una madre, y que el amor, cuando es ciego, puede ser tan peligroso como el odio.
Referencias
Bulnes, F. (1904). El verdadero Díaz y la Revolución. Editora Nacional.
Cosío Villegas, D. (1970). Historia moderna de México. Editorial Hermes.
Díaz, P. (1879). Cartas a mi madre (Manuscritos). Archivo Histórico de la Ciudad de Oaxaca.
FamilySearch. (2026). Petrona Cecilia Mori Cortés (1794–1859). https://ancestors.familysearch.org/en/LHMQ-XXB/petrona-cecilia-mori-cort%C3%A9s-1794-1859
Infobae. (2022, 8 de julio). Porfirio Díaz: así es el acta de defunción de María Petrona Mori, madre del expresidente de México. https://www.infobae.com/america/mexico/2022/07/08/porfirio-diaz-asi-es-el-acta-de-defuncion-de-maria-petrona-mori-madre-del-expresidente-de-mexico/
Krauze, E. (1987). Porfirio Díaz: Místico de la autoridad. Fondo de Cultura Económica.
Martínez, V. R. (2010). La madre del general: Petrona Mori. Instituto de Investigaciones Históricas de Oaxaca.
Reyes, A. (2012). Porfirio Díaz: Biografía. Editorial Planeta.
Tovar, D. V. (2026). Los Monstruos y sus Madres. Letras Hipnóticas.
Wikipedia. (2026). Porfirio Díaz. https://en.wikipedia.org/wiki/Porfirio_Díaz
Wikipedia. (2026). Porfirio Díaz. https://es.wikipedia.org/wiki/Porfirio_Díaz


