APUNTE DIARIO SOBRE LETRAS HIPNÓTICAS
CONJETURAS: EL MUNDO ESTÁ LLENO DE COSAS QUE YA TENÍAN NOMBRE
Las semillas 🌻 de girasol del español en castellano
Por Arturo David Vásquez Urdiales
Hay un momento maravilloso en la vida de toda persona. Ocurre cuando descubre que algo que ha visto miles de veces, que ha tocado desde la infancia y que forma parte de su paisaje cotidiano, posee un nombre que jamás había escuchado.
Es una sensación parecida a encontrarse con un viejo amigo y descubrir, después de cincuenta años de convivencia, cuál era realmente su nombre de pila.
Entonces uno comprende que el mundo siempre supo más de sí mismo que nosotros.
Las cosas nunca fueron anónimas.
Los ignorantes fuimos nosotros.
Quizá por eso nació esta nueva aventura de Las semillas de girasol del español en castellano. Porque las palabras no solamente sirven para comunicar; también sirven para descubrir.
Cada vocablo nuevo que aprendemos no añade únicamente una entrada a nuestro vocabulario: incorpora una habitación más al universo.
Nombrar es ampliar el mundo.
Los antiguos lo comprendieron antes que nosotros.
En el Génesis, el primer gran acto intelectual de Adán no consistió en construir una ciudad ni en fabricar herramientas.
Consistió en nombrar. Los griegos pensaban que conocer el nombre verdadero de una cosa era aproximarse a su esencia.
Los filósofos medievales discutieron durante siglos si las palabras descubrían la realidad o simplemente la inventaban.
Borges sospechó que el universo entero podía esconderse dentro de una biblioteca.
Y Antonio Machado escribió que el ojo que ves no es ojo porque tú lo veas, sino porque él te ve.
Tal vez también las palabras nos miran.
Esperan pacientemente a que alguien las pronuncie.
Pensemos en nuestra querida ñ.
Muchos creen que el pequeño trazo ondulado que descansa sobre ella es una tilde.
No lo es.
Se llama virgulilla.
Qué nombre tan hermoso.
Virgulilla.
Parece una palabra hecha de encajes, de caligrafía antigua, de monjes inclinados sobre pergaminos. Y, sin embargo, esa diminuta curva sostiene uno de los mayores símbolos de nuestra lengua.
Sin la virgulilla no existirían niño, año, sueño, mañana, cañón, señor, Doña ni nuestra Gran Reina Eñe.
Un simple trazo cambió la historia del idioma.
En la oreja ocurre algo semejante.
Ese pequeño cartílago que protege la entrada del conducto auditivo no es un “bultito”.
Es el trago.
Curiosa coincidencia que el mismo sonido nos recuerde aquello que escuchamos y aquello que bebemos.
El idioma posee estas travesuras que parecen diseñadas por un poeta.
Nuestro propio cuerpo es un diccionario que casi nunca consultamos.
La distancia entre el pulgar y el índice completamente abiertos recibe el nombre de jeme.
Mucho antes de que existieran reglas graduadas y cintas métricas, el ser humano llevaba las medidas consigo.
El cuerpo fue la primera arquitectura del mundo.
El cuchillo también guarda secretos.
La parte opuesta al filo, donde el cocinero apoya el pulgar para trabajar con seguridad, se llama recazo.
No es un detalle menor.
Hasta el silencio del acero merece un nombre.
Y cuando un limón o una naranja flotan dentro de una copa de vino o adornan una bebida, ese pequeño disco luminoso recibe el delicado nombre de luquete.
Qué extraordinaria capacidad tiene el español para bautizar hasta las rodajas del sol.
Nuestro estómago tampoco permanece callado.
Cuando protesta con esos ruidos que solemos atribuir al hambre o a la digestión, no produce simples “tripazos”.
Produce borborigmos.
La palabra parece imitar el propio sonido del abdomen.
Es casi una onomatopeya científica.
Y todos conocemos al personaje que se acerca discretamente a la olla mientras el guiso aún hierve.
No resiste la tentación de levantar apenas la tapa, aspirar el aroma y probar una cucharadita clandestina.
Ese acto deliciosamente humano se llama gulusmear.
Confieso que pocas palabras describen tan bien un pecado tan pequeño.
Pero el idioma nunca deja de sorprendernos.
El pequeño clip metálico que une las hojas de un cuaderno es un agrafe.
La parte blanquecina que aparece en la base de nuestras uñas se llama lúnula, porque recuerda una luna diminuta.
La *pequeña prominencia rosada que habita en el ángulo interno del ojo recibe el nombre de *carúncula.*
Los primeros dientecillos de los niños muestran unas pequeñas elevaciones llamadas mamelones, que con el tiempo desaparecen al desgastarse.
El cono que producen los pinos y que muchos llaman simplemente “piña” es, en lenguaje botánico, un estróbilo, una prodigiosa estructura donde duerme el bosque del mañana.
El olor que asciende cuando la lluvia besa la tierra seca tampoco quiso permanecer anónimo.
Tiene un nombre casi musical.
Petricor.
Basta pronunciarlo para que vuelva a llover en la memoria.
Y cuando una emoción poderosa nubla nuestra capacidad de razonar —el amor, el miedo, la ira o la tristeza— no estamos simplemente confundidos.
Estamos obnubilados.
La palabra parece cubrir el pensamiento con una nube.
Exactamente eso significa.
Incluso la arquitectura cotidiana guarda vocablos que muchos desconocen.
Ese espacio entre la calle y la puerta principal de una casa no es simplemente una entrada.
Es el zaguán.
¡Cuántas despedidas, abrazos, noviazgos, discusiones y regresos han ocurrido bajo un zaguán sin que supiéramos cómo llamarlo!
Y si alguna vez alguien te habla del nudo gordiano, recuerda que no sólo se refiere a un problema extremadamente difícil.
Evoca una vieja leyenda en la que Alejandro Magno decidió que había conflictos imposibles de desatar… y simplemente los cortó con la espada.
Hay soluciones que no son paciencia.
Son decisión.
Todo esto nos conduce a una conclusión fascinante.
Vivimos rodeados de objetos cuyo nombre ignoramos.
No porque no exista.
Sino porque todavía no hemos tenido la fortuna de encontrarlo.
Cada palabra recién descubierta es como abrir una ventana en una habitación que creíamos conocer perfectamente.
De pronto entra más luz.
Quizá esa sea la misión más noble del idioma.
No únicamente permitirnos hablar.
Sino enseñarnos a mirar.
Porque cuando aprendemos una palabra nueva, el universo gana definición.
Los contornos se vuelven más precisos.
Lo invisible comienza a existir.
El filósofo Ludwig Wittgenstein escribió una frase que sigue estremeciendo a quienes aman las lenguas: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.”
Qué extraordinaria verdad.
Cada palabra nueva ensancha nuestras fronteras.
Cada vocablo desconocido conquista un territorio para la inteligencia.
Cada nombre recuperado rescata un fragmento del universo del olvido.
Por eso esta sección se llama Las semillas de girasol del español en castellano.
Porque una palabra nunca llega sola.
Llega llena de sol.
Trae consigo siglos de historia, etimologías, aventuras, culturas, descubrimientos científicos, poemas y vidas enteras.

Hoy fue virgulilla.
Mañana será otra.
Quizá una palabra que duerme escondida en un árbol.
En un instrumento musical.
En una estrella.
En una arruga.
O en la sonrisa de un niño.
Porque el mundo lleva milenios hablándonos.
Nosotros apenas estamos empezando a aprender su idioma.
Y mientras exista una palabra esperando ser descubierta, la Gran Reina Doña Eñe seguirá sonriendo desde su pequeño trono de tinta, recordándonos que el mayor tesoro de una lengua no son solamente las palabras que conocemos, sino las innumerables maravillas que todavía nos faltan por nombrar.
Y al nombrar vivimos, y claramente nos hacemos inmortales.
Quizá no recuerden en un futuro lejano su nombre o el mío, quizá si; Pero, indudablemente el español -y todo idioma,- tendrá por memoria las imágenes, los símbolos y las metáforas con las que aquí hablamos, platicamos, amamos, rezamos y aprendemos y ello es una cápsula del tiempo contenida en una semilla de sol que gira en el español del castellano, le da vida y les hace, nos hace y se hace inmortal, como inmortal una palabra, una nación, una patria o un pueblo, que nunca muere en tanto Alguien las recuerde.
Cómo a usted, o a mi, ya ni se…
Por el fruto se conoce al árbol, por el tallo su esplendor, por su sombra su bondad y por sus semillas la eternidad.
Con añecto
Arturo


