Por Dr. David Vásquez Tovar
Publicado en Letras Hipnóticas | 14 de Julio de 2026


I. La pregunta que nadie se atreve a formular

En la vasta y estremecedora bibliografía sobre Adolf Hitler —el canciller que arrastró a Alemania y al mundo a la catástrofe más devastadora del siglo XX, el arquitecto del Holocausto, el hombre que convirtió el odio en doctrina de Estado y el exterminio en política industrial— hay una pregunta que pocos se atreven a formular: ¿qué pensaba su madre de él?

La pregunta es incómoda, casi obscena. ¿Cómo atreverse a humanizar al monstruo? ¿Cómo osar buscar en el amor de una madre la clave para entender a quien ordenó la muerte de seis millones de judíos? Y, sin embargo, la pregunta persiste, como un rumor en los pasillos de la historia, como una sombra que se cuela entre los pliegues de los archivos.

La respuesta, reconstruida aquí a partir de fuentes primarias verificadas —los testimonios del médico de familia, el doctor Eduard Bloch, conservados en los archivos de la Oficina de Servicios Estratégicos de Estados Unidos; las memorias de quienes conocieron a Klara; los informes de inteligencia aliada; y las biografías académicas de Ian Kershaw, John Toland y otros historiadores de primer nivel—, es tan simple como desgarradora: Klara Pölzl Hitler murió amando a su hijo con una devoción que rayaba en la obsesión. No murió decepcionada, como Keke Geladze. Murió convencida de que su hijo, el pequeño Adolf, era un genio incomprendido, un artista frustrado, un alma sensible que merecía todo el sacrificio que ella pudiera ofrecerle.

Y en esa devoción materna, en esa entrega incondicional que no supo —o no quiso— ver los signos de la tormenta que se gestaba en el alma de su hijo, se esconde una de las paradojas más inquietantes del siglo XX: la madre del Reich no quería un dictador. Quería un artista. Y fue precisamente ese amor incondicional, esa protección contra la brutalidad paterna, ese apoyo a sus sueños imposibles, lo que alimentó la megalomanía del joven Adolf y, quizás, lo que sembró las semillas de su futuro delirio de grandeza.


II. Spital: el polvo del Waldviertel

Klara Pölzl nació el 12 de agosto de 1860 en Spital, una aldea minúscula encaramada en el Waldviertel, la región boscosa del noroeste de la Baja Austria, cerca de la frontera con Bohemia. Era una tierra de colinas suaves, bosques de abetos y campos de centeno, donde la vida transcurría al ritmo de las estaciones y los campanarios de las iglesias marcaban el paso de las horas. El Imperio Austrohúngaro, que entonces se extendía desde los Alpes hasta los Cárpatos, trataba aquellas tierras como una provincia remota, un apéndice rural donde los campesinos —católicos, devotos y pobres— vivían y morían sin que la burocracia imperial se dignara a reparar en ellos.

Era la hija mayor de Johann Baptist Pölzl, un campesino católico, y de Johanna Hiedler, una mujer de la misma región. La familia Pölzl era de viejo linaje campesino —”vieja estirpe campesina”, como lo describirían los genealogistas—, gente de tierra, de trabajo duro y de fe inquebrantable. De los once hijos que Johanna dio a luz, solo tres sobrevivieron: Klara, Johanna y Theresia. La mortalidad infantil, en aquella Austria rural y católica, era una realidad tan cotidiana como la cosecha de otoño o el frío del invierno.

Klara creció en la casa número 37 de Spital, justo al lado de la casa donde había crecido Alois Schicklgruber*, el hombre que décadas después sería su marido. Era una niña de rasgos delicados —alta, esbelta, de cabello castaño y grandes ojos azules—, de temperamento apacible y disposición gentil. “Era una mujer callada, trabajadora, de rostro pálido y serio, y ojos grandes y fijos”, la describiría años después el historiador Louis L. Snyder. Su devoción católica era profunda y sincera; la iglesia era el centro de su vida, y la fe, el ancla que la sostenía en un mundo de privaciones.

Pero la vida en el Waldviertel no ofrecía muchas oportunidades para una joven campesina. A los dieciséis años, Klara dejó la granja familiar y se trasladó a Braunau am Inn, una ciudad fronteriza con el Imperio Alemán, para trabajar como sirvienta en la casa de su pariente Alois Hitler.


III. El tío y la sirvienta: un matrimonio de conveniencia

Alois Hitler —nacido Alois Schicklgruber— era un hombre de treinta y nueve años cuando Klara llegó a su casa. Era treinta años mayor que ella —él había nacido en 1837— y ya estaba casado con Anna Glasl-Hörer, una mujer catorce años mayor que él. El matrimonio de Alois y Anna no había sido un amorío; había sido, como señala el historiador Ian Kershaw, “una unión con un motivo casi seguro material, ya que Anna era relativamente acomodada y, además, tenía contactos en la administración pública”.

Alois era un hombre de carácter difícil: autoritario, irascible, de temperamento explosivo y aficionado a la bebida. Pero también era un hombre ambicioso que había logrado ascender desde sus humildes orígenes campesinos hasta convertirse en funcionario de aduanas, un puesto respetable que le proporcionaba un ingreso estable y un cierto estatus social.

Klara, que era prima segunda de Alois —o, según algunas fuentes, sobrina—, fue contratada para ayudar en las tareas domésticas. Era una excelente ama de llaves, meticulosa y trabajadora, y su empleo duró hasta que los Hitler se separaron legalmente en 1880. La separación fue el resultado de las continuas infidelidades de Alois, en particular su relación con una joven cocinera de diecinueve años, Franziska “Fanni” Matzelberger. Cuando la joven cocinera tomó el control de la casa, Klara fue despedida.

Fanni dio a luz a dos hijos de Alois: Alois Junior en 1882 y Angela en 1883. Pero en 1884, Fanni enfermó de tuberculosis. Alois, necesitado de ayuda para cuidar a sus hijos y a su amante moribunda, llamó a Klara, que había encontrado trabajo como sirvienta en Viena. Klara regresó. Mientras cuidaba de Fanni en su lecho de muerte, Klara quedó embarazada de Alois.

Fanni murió en agosto de 1884, a los veintitrés años. Cuatro meses después, el 7 de enero de 1885, Klara Pölzl y Alois Hitler se casaron en una ceremonia breve celebrada al amanecer en las habitaciones alquiladas de Hitler en el último piso de la Posada Pommer en Braunau am Inn. Como eran primos segundos, tuvieron que solicitar una dispensa episcopal para poder casarse. Klara tenía veinticuatro años; Alois, cuarenta y ocho.

Alois, con su característica insensibilidad hacia sus esposas, fue a trabajar ese mismo día. Para Klara, el matrimonio no era un romance; era un deber. Era una mujer devota, criada en una cultura campesina patriarcal, que aceptaba el papel tradicional que se le asignaba: el de esposa obediente y madre abnegada.


IV. La fábrica de los sueños rotos: los hijos que no sobrevivieron

Cinco meses después de la boda, en mayo de 1885, Klara dio a luz a su primer hijo, Gustav. Le siguieron Ida en 1886 y Otto en 1887. Pero la muerte, que ya había rondado la infancia de Klara, volvió a reclamar lo suyo. Gustav e Ida contrajeron difteria en diciembre de 1887 y murieron con semanas de diferencia. Otto vivió solo unos días.

Klara, que había perdido a tres hijos en menos de tres años, se sumió en un dolor profundo. Pero no se rindió. Su fe católica, su devoción a la Virgen María, su confianza en la providencia divina, la sostuvieron en aquellos meses de tinieblas. Y, como suele ocurrir en las tragedias humanas, el dolor no la endureció; la hizo más vulnerable, más aferrada a los hijos que le quedaban.

El 20 de abril de 1889, en un apartamento alquilado en Braunau am Inn, Klara dio a luz a su cuarto hijo. Lo llamaron Adolf. Para Klara, que había enterrado a tres hijos y había visto a otros dos —los hijos de Fanni— crecer en su casa, la supervivencia de este nuevo bebé fue interpretada como una señal divina. Era el hijo de la esperanza, el hijo que Dios le había devuelto después de tanto sufrimiento.

Adolf era un niño enfermizo, de salud frágil. Klara lo cuidó con una solicitud que rayaba en la obsesión. Lo alimentaba a la fuerza para mejorar su salud, lo abrigaba en exceso, lo protegía de cualquier peligro. “Adolf recibió dosis excesivas de solicitud materna”, escriben los historiadores. Era el centro de su mundo, el sol alrededor del cual giraba toda su existencia.

Pero la vida en la casa de Alois Hitler no era fácil. Alois, el funcionario de aduanas, era un hombre de mal genio que a menudo golpeaba a su esposa y a sus hijos. Adolf, en particular, era el blanco frecuente de la ira de su padre. Klara, que no podía enfrentarse directamente a su marido, hacía lo único que podía: protegía a su hijo, lo consolaba después de las palizas, lo cubría con su amor incondicional.


V. El hijo predilecto: la devoción de Klara

Klara dio a luz a dos hijos más: Edmund, nacido en 1894, y Paula, nacida en 1896. Edmund murió a los seis años, víctima del sarampión. Paula sobrevivió, pero nunca ocupó el lugar de Adolf en el corazón de su madre. Para Klara, Adolf era el elegido, el hijo milagroso, el que había sobrevivido a la muerte de sus hermanos y que, por tanto, estaba destinado a grandes cosas.

Klara era una madre indulgente, casi complaciente. Consentía a Adolf en todo, le permitía ausentarse de la escuela, le compraba un piano para alimentar sus sueños artísticos. Cuando Adolf fracasaba en sus estudios, ella encontraba excusas. Cuando su marido lo castigaba, ella lo consolaba. Cuando Adolf decidió abandonar la escuela en 1905, alegando una enfermedad, ella lo permitió.

La relación entre Klara y Adolf era intensa, casi simbiótica. El joven Adolf adoraba a su madre con una devoción fanática. Era, según todos los testimonios, la única persona a la que amó genuinamente en toda su vida. La hija de Klara, Paula, recordaría años después que su hermano Adolf “amaba a nuestra madre por encima de todo”.

Pero el amor de Klara tenía un precio. Al proteger a Adolf de la brutalidad de su padre, al consentirlo en todo, al alimentar sus sueños de grandeza sin exigirle disciplina ni responsabilidad, Klara estaba, sin saberlo, sembrando las semillas de la megalomanía que décadas después devoraría a Europa. Adolf creció creyendo que era especial, que las reglas no se aplicaban a él, que el mundo le debía algo. Y cuando el mundo se negó a pagar esa deuda, él se dispuso a cobrarla por la fuerza.


VI. La muerte del tirano doméstico: Alois desaparece

El 3 de enero de 1903, Alois Hitler murió de una hemorragia pulmonar mientras tomaba una copa de vino en la taberna Gasthaus Wiesinger de Leonding. Tenía sesenta y cinco años. Su muerte, según todos los testimonios, no causó ninguna pena en Adolf. El joven, que tenía trece años, sintió alivio. El tirano doméstico había desaparecido.

Klara, viuda a los cuarenta y dos años, se trasladó con sus hijos a Linz, donde alquiló un modesto apartamento en la calle Humboldt, 31. Su deseo era que Adolf siguiera los pasos de su padre y entrara en la administración pública. Pero Adolf, que ya había desarrollado una profunda aversión por la burocracia y la autoridad, se negó.

Klara, que nunca había podido negarle nada a su hijo, lo apoyó. Durante los tres años siguientes, mientras Adolf vagaba por las calles de Linz dibujando, leyendo y soñando con ser artista, Klara lo mantuvo con la pequeña pensión de viudedad y sus ahorros. Le compró un piano, le pagó clases de dibujo, le permitió vivir sin trabajar, sin estudiar, sin responsabilidad alguna.

El sueño de Klara era que su hijo se convirtiera en un gran artista. No quería un funcionario, como su marido. Quería un genio. Y Adolf, con su verborrea grandilocuente y sus sueños de grandeza, le hizo creer que ese genio existía.


VII. La agonía: el cáncer y el hijo devoto

En 1907, Klara, que tenía cuarenta y siete años, fue diagnosticada con cáncer de mama avanzado. El médico de la familia, el doctor Eduard Bloch, un judío de origen checo que ejercía en Linz, fue quien dio el diagnóstico. Bloch, que atendía a los pobres sin cobrar o cobrando muy poco, había sido el médico de la familia Hitler durante años. Era un hombre compasivo y dedicado, y Klara confiaba en él.

El diagnóstico fue devastador. El cáncer estaba muy avanzado, y las opciones de tratamiento eran limitadas. Bloch realizó una mastectomía, pero la operación no fue suficiente. Klara fue sometida a una serie de tratamientos químicos dolorosos e ineficaces, que a menudo le causaban efectos secundarios graves.

Adolf, que en ese momento estaba en Viena intentando ingresar en la Academia de Bellas Artes, regresó a Linz para cuidar de su madre. Según el testimonio del doctor Bloch, el joven Hitler se comportó con una devoción conmovedora. Cocía las comidas favoritas de su madre, limpiaba la casa y, lo más notable, contenía su temperamento y su impaciencia mientras estaba con ella. “Adolf Hitler era el más devoto de los hijos”, recordaría Bloch años después.

Klara, a pesar del dolor y la enfermedad, seguía preocupada por su hijo. Le escribía cartas a Viena animándolo a perseguir su sueño artístico. No sabía —no podía saber— que su hijo había fracasado en el examen de ingreso a la Academia, que vagaba por las calles de Viena sin rumbo, que su odio hacia el mundo comenzaba a fermentar en la soledad de sus habitaciones de pensión.


VIII. La muerte y la ausencia: el hijo que no pudo llorar

Klara Hitler murió el 21 de diciembre de 1907, a los cuarenta y siete años, en su apartamento de Linz. Estaba rodeada por sus dos hijos: Adolf y Paula. El doctor Bloch, que la había atendido hasta el final, fue testigo de la escena. Según su testimonio, el joven Adolf, al recibir la noticia de la muerte de su madre, rompió a llorar desconsoladamente. Era, quizás, la única vez en su vida que mostraría una emoción tan genuina.

Klara fue enterrada en el cementerio municipal de Leonding, cerca de Linz. Su tumba, modesta y sencilla, se convirtió años después en un lugar de peregrinación para los admiradores de Hitler, que acudían a rendir homenaje a la madre del Führer.

Adolf, devastado por la muerte de su madre, llevó el duelo durante el resto de su vida. En su obra Mein Kampf, escrita años después en la prisión de Landsberg, dedicó páginas enteras a la memoria de su madre, describiéndola como una mujer de una pureza y una bondad angelicales. Pero el amor que sentía por su madre no le impidió, décadas después, ordenar el asesinato de millones de personas que, como el doctor Bloch, habían sido amables con él.


IX. La paradoja del doctor Bloch: el judío que salvó a Hitler

La historia de Klara Hitler está inextricablemente ligada a la figura del doctor Eduard Bloch, el médico judío que la atendió en sus últimos meses de vida. Bloch, que era un médico respetado en Linz, había tratado a la familia Hitler durante años, atendiendo a Klara y a sus hijos por diversas dolencias.

Cuando Klara enfermó de cáncer, Bloch hizo todo lo que pudo por aliviarla. Le administraba medicamentos para el dolor, la visitaba a diario y, a menudo, no cobraba por sus servicios. Adolf, que en ese momento era un joven pobre y sin recursos, estaba profundamente agradecido. Le escribió postales a Bloch después de la muerte de su madre, expresándole su gratitud.

Años después, cuando Hitler se convirtió en canciller de Alemania y el régimen nazi comenzó a perseguir a los judíos, Bloch, que era judío, temió por su vida. Pero Hitler, en un gesto que desconcierta a los historiadores, ordenó que Bloch fuera protegido. Bloch y su esposa pudieron emigrar a Estados Unidos en 1941, donde Bloch murió en 1945.

La paradoja es inquietante: el hombre que ordenó el exterminio de seis millones de judíos protegió al médico judío que había atendido a su madre. No por convicción, sino por un gesto de gratitud personal, una deuda emocional que nunca pudo saldar. Klara, sin saberlo, le había dado a su hijo una lección de humanidad que él, en su ascenso al poder, elegiría olvidar.


X. El informe de la OSS: el complejo de Edipo y el fantasma de Klara

En 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, la Oficina de Servicios Estratégicos de Estados Unidos —el precursor de la CIA— encargó un perfil psicológico de Adolf Hitler. El informe, elaborado por el psicoanalista Walter C. Langer, concluía que la relación de Hitler con su madre había dejado en él un “complejo de Edipo” no resuelto.

Según el informe, Hitler nunca había superado su amor infantil por su madre y, al mismo tiempo, su odio hacia su padre. Este conflicto no resuelto, combinado con la muerte temprana de Klara, había creado en Hitler una profunda misoginia y una necesidad patológica de poder y reconocimiento. Las mujeres, para Hitler, eran objetos de desprecio o de veneración, pero nunca de igualdad. Y el poder, para Hitler, era la única forma de llenar el vacío que había dejado la muerte de su madre.

El informe de la OSS, aunque controvertido, sigue siendo una de las pocas tentativas serias de comprender la psicología de Hitler a través de su relación con su madre. Klara, la campesina devota que quería que su hijo fuera un gran artista, se había convertido, sin saberlo, en el fantasma que atormentaba al Führer.


XI. El legado de Klara: la madre del Reich

Klara Pölzl Hitler no vivió para ver el ascenso de su hijo al poder. No vio la Noche de los Cuchillos Largos, ni el Anschluss, ni la invasión de Polonia, ni el Holocausto. Murió en la pobreza, en un modesto apartamento de Linz, convencida de que su hijo era un artista incomprendido que algún día triunfaría.

Pero su legado es, en cierto modo, más inquietante que el de cualquier otra madre de un tirano. Porque Klara no fue una madre abusiva ni negligente. Fue una madre amorosa, devota, sacrificada. Y fue precisamente ese amor incondicional, esa protección contra la brutalidad paterna, ese apoyo a sus sueños imposibles, lo que alimentó la megalomanía de Adolf Hitler.

El psicoanalista Erich Fromm, en su estudio sobre la personalidad de Hitler, argumentó que el amor de Klara fue, paradójicamente, una forma de abuso. Al proteger a Adolf de las consecuencias de sus actos, al consentirlo en todo, al alimentar sus delirios de grandeza, Klara le enseñó que era especial, que las reglas no se aplicaban a él, que el mundo le debía algo. Cuando el mundo se negó a pagar esa deuda, Hitler decidió cobrarla por la fuerza.

Klara, la madre del Reich, no quería un dictador. Quería un artista. Y fue precisamente ese amor incondicional, esa fe ciega en el genio de su hijo, lo que lo convirtió en el monstruo que devoró a Europa.


XII. Epílogo: La flor y la ceniza

La historia de Klara Pölzl Hitler es la historia de una madre que amó a su hijo con una devoción que rayaba en la obsesión, y que vio cómo ese amor se convertía, sin que ella pudiera hacer nada para evitarlo, en el combustible de la mayor catástrofe del siglo XX. No entendió el odio, ni el antisemitismo, ni la guerra. Solo entendió que su hijo, el niño enfermizo que había sobrevivido a la muerte de sus hermanos, era especial. Y en esa convicción, en esa fe ciega en el genio de su hijo, reside toda la tragedia.

Klara no fue una santa, ni una heroína, ni una cómplice. Fue una madre, simplemente una madre. Una madre que hizo lo que cualquier madre haría: proteger a su hijo, alimentar sus sueños, creer en él. Y fue precisamente esa normalidad, esa humanidad tan cotidiana, lo que hace que su historia sea tan inquietante. Porque si una madre como Klara, devota, sacrificada, amorosa, pudo engendrar a un monstruo, entonces el mal no es algo que viene de fuera. Es algo que puede crecer en el suelo más fértil, en el corazón de una familia que se ama.

Quizás por eso Hitler, que todo lo controlaba y todo lo destruía, nunca pudo olvidar a su madre. Quizás, en el fondo de su alma blindada, seguía siendo aquel niño que corría a refugiarse en los brazos de Klara después de las palizas de su padre. Quizás, en sus momentos de mayor locura, aún escuchaba la voz de su madre diciéndole que era especial, que era un genio, que el mundo le debía algo. Y quizás, en esos momentos, el odio y la venganza no eran más que un intento desesperado de demostrarle a su madre que ella tenía razón.

La madre del Reich no quería un dictador. Quería un artista. Y fue ese amor, ese deseo, esa fe ciega, lo que, paradójicamente, lo convirtió en el monstruo que devoró a Europa. En esa paradoja, en ese desencuentro entre el sueño de una madre y la realidad de un hijo, encontramos una de las lecciones más inquietantes del siglo XX: que el amor, cuando es ciego, puede ser tan peligroso como el odio.

*Nota al pie de página sobre el apellido Hitler:

El cambio de apellido de Alois Schicklgruber a Hitler es una historia de ilegitimidad, estrategia burocrática y un error administrativo que terminó definiendo el curso de la historia.

El origen: un hijo ilegítimo

Alois nació el 7 de junio de 1837 como hijo ilegítimo de Maria Anna Schicklgruber. Como su padre biológico nunca fue reconocido, recibió el apellido de su madre, Schicklgruber.

Cinco años después, en 1842, su madre se casó con Johann Georg Hiedler, quien se convirtió en su padrastro. Sin embargo, Alois siguió usando el apellido Schicklgruber durante décadas.

El cambio: 1876

A sus 39 años, Alois dio un paso decisivo. Su tío, Johann Nepomuk Hiedler, orquestó un plan para que Alois fuera declarado legalmente hijo legítimo de Johann Georg Hiedler, ya fallecido.

Para ello, se presentaron tres testigos ante un notario en Weitra, quienes declararon que Johann Georg había reconocido repetidamente a Alois como su hijo. Con esto, el párroco de Döllersheim alteró el registro de nacimiento. El 6 de enero de 1877, el cambio quedó oficialmente registrado.

¿Por qué “Hitler” y no “Hiedler”?

Alois quería adoptar el apellido de su padrastro: Hiedler. Sin embargo, las autoridades transcribieron mal el nombre y lo registraron como “Hitler”.

Las razones de este error son inciertas. Algunas teorías apuntan a un desliz del funcionario, mientras que otras señalan la variabilidad ortográfica de la época (“Hiedler”, “Hüttler” o “Hitler” se usaban de forma casi indistinta). Sea como fuere, Alois no lo rectificó y mantuvo el apellido por el resto de su vida.

Un cambio con consecuencias históricas

Este cambio, ocurrido once años antes del nacimiento de Adolf, tuvo un impacto decisivo. Si Alois hubiera seguido siendo Schicklgruber, su hijo habría sido Adolf Schicklgruber, un nombre que, según el propio Hitler, sonaba “rústico”. Es difícil imaginar a las masas alemanas coreando “¡Heil Schicklgruber!” con la misma facilidad.

En última instancia, el cambio de apellido fue una maniobra para legitimar su origen y mejorar su estatus social como funcionario de aduanas. Lo que comenzó como una corrección burocrática terminó dando al mundo el apellido que se convertiría en sinónimo del mal absoluto.


Letras Hipnóticas agradece al Dr. David Vásquez Tovar por esta magistral crónica histórica, que forma parte de su serie “Los Monstruos y sus Madres”, dedicada a explorar las raíces humanas de los tiranos del siglo XX. La próxima entrega explorará la relación de Benito Mussolini con su madre, Rosa Maltoni.


Referencias

Bloch, E. (1941). Memorias del doctor de Hitler [Manuscrito inédito]. Archivos de la Oficina de Servicios Estratégicos, Washington D.C.

Fromm, E. (1973). The Anatomy of Human Destructiveness. Holt, Rinehart and Winston.

Gunther, J. (1940). Inside Europe. Harper & Brothers.

Kershaw, I. (1998). Hitler 1889-1936: Hubris. W. W. Norton.

Langer, W. C. (1943). A Psychological Analysis of Adolf Hitler: His Life and Legend. Office of Strategic Services.

Payne, R. (1973). The Life and Death of Adolf Hitler. Praeger Publishers.

Rosmus, A. (2005). Hitlers Nibelungen: Niederbayern im Schatten des Hakenkreuzes. Verlag Friedrich Pustet.

Smith, B. F. (1967). Adolf Hitler: His Family, Childhood and Youth. Hoover Institution Publications.

Toland, J. (1976). Adolf Hitler: The Definitive Biography. Doubleday.

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Dr. Arturo David Vásquez Urdiales
Arturo David Vásquez Urdiales Zuazubiskar es notario público, abogado y escritor oaxaqueño. Fundador de la serie Apunte diario sobre letras Hipnóticas y autor de obras como Los siete ojos del gato negro y La piedra del tiempo, su estilo mezcla historia, mística, crítica social y visión futurista. Con más de 35 años de trayectoria jurídica, ha sido Consejero Jurídico del Estado de Oaxaca y hoy encabeza la Notaría Pública número 100. Su escritura explora los umbrales entre lo real y lo invisible. También es creador del idioma universal Zawki y promotor de la Fundación de Letras Hipnóticas AC.

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