Por #salvadorurdiales

​Don Martín Pérez Soto nació en el combativo barrio de San Francisco, Oaxaca, en 1840. De oficio comerciante, era de esos hombres que te vendían desde un candelero de plata hasta una mula coja jurándote que corría como gacela.

Pero su verdadero fuerte no eran las mercancías, sino que poseía una lengua tan ágil y dicharachera que era capaz de convencer a los pájaros de bajarse de los árboles para aprender a caminar.

​Cuando la Intervención Francesa tiñó de azul, blanco y rojo el suelo nacional, Martín no lo dudó: guardó las telas, agarró el fusil y se unió al heroico Batallón Patria, bajo las órdenes del mismísimo y valiente Don José María Díaz Ordaz.

A Martín le tocó estar en primera línea en la encarnizada defensa de Oaxaca el 4 de febrero de 1866. Las balas de los zuavos franceses zumbaban con un silbido aterrador, pero Martín, parapetado tras unas barricadas de adobes y bultos de semillas, no solo disparaba su fusil; disparaba ideas.

​Y es que, para él, la guerra también se ganaba con ingenio.

​La Gran Mentira que Salvó a la República
​Andando la guerra, los invasores avanzaban con una prepotencia que calaba los huesos. Fue ahí donde a Don Martín se le ocurrió su obra maestra de contrainteligencia vallista, un enredo chusco que ni al mejor comediante de carpa se le hubiera ocurrido.

​Sabiendo que los espías imperiales orejeaban en cada esquina, Martín se dejó capturar convenientemente cerca de una cantina, cargando una botella de mezcal y fingiéndose borracho como una cuba y muerto de miedo. Ante el estirado oficial francés, que apenas mascullaba el español, Martín empezó a llorar y a “delirar” en voz alta:

​—¡Ay, madrecita mía, no me fusilen! ¡Yo no sé nada! No vayan para el norte, por lo que más quieran… No vayan a buscar al General Porfirio Díaz, que allá en la Mixteca tiene diez mil hombres armados hasta los dientes, tres cañones de última generación traídos de los “Estates” y un ejército de fantasmas oaxaqueños que atacan de noche sin hacer ruido… ¡Es un suicidio! Mejor vayan a Miahuatlán… Allá solo hay cuatro viejos con machetes oxidados, tres milpas secas y un par de vacas flacas cuidando la plaza. ¡Allá coronan seguro!

​El oficial francés, sintiéndose el estratega más vivo de Europa y queriendo una victoria fácil para colgarse una medalla, anotó el dato de inmediato. El alto mando francés mordió el anzuelo completo. Convencidos de que Miahuatlán sería un paseo de campo, marcharon hacia allá desprevenidos, confiados, con las casacas impecables y cantando la Marsellesa a todo pulmón.

​Lo que los pobres franceses no sabían era que el rumor de Martín les había cavado la tumba. En Miahuatlán… ¡Don Porfirio Díaz, sus tropas y el bravo pueblo miahuateco los estaban esperando con los brazos abiertos, las estrategias fríamente calculadas y los machetes bien afilados! El resultado ya lo registran los libros de historia: una consabida, aplastante y gloriosa victoria republicana aquel octubre de 1866, gracias al “chisme patriótico” de un comerciante de San Francisco.

​El Encuentro en La Noria y el “Encargo”

​Años después, con la República restaurada pero las aguas políticas revueltas, el General Porfirio Díaz no olvidó la hazaña. Justo antes de lanzar aquel fallido Plan de La Noria en 1871, mandó llamar a Martín a su hacienda.

Don Porfirio, hombre de pocas pulgas pero de gran memoria, lo recibió con un fuerte abrazo que olía a pólvora y tabaco:

​—Pérez Soto… tu hocico salvó Miahuatlán —le dijo el general con su imponente voz—. Pero la política es traicionera y Juárez no suelta la silla. Si la República pierde el rumbo y yo caigo en el intento, hay que tener un plan de respaldo.

El Plan de San Francisco.
​En el más absoluto secreto, Díaz le entregó un pesado cofre de madera reforzado con herrajes de hierro. Adentro no solo había documentos confidenciales y cartas estratégicas, sino un auténtico tesoro en relucientes monedas de plata destinadas a financiar el contraataque si las cosas salían mal.
​Con los años, las cosas cambiaron drásticamente. El Plan de La Noria fracasó, pero luego vino el Plan de Tuxtepec y Don Porfirio ascendió al poder. Llegó el orden, el progreso, el ferrocarril, el afrancesamiento de la alta sociedad (¡qué ironía, después de haberlos corrido a balazos!) y la larguísima estancia de Díaz en la silla presidencial.
​Don Martín, viendo que su general ya no necesitaba rescates y que ahora gobernaba con mano de hierro, se retiró a vivir tranquilo allá por Bustamante, cerca de San Francisco. Compró una casona vieja, de techos altos, vigas de madera y pisos de cantera. Una noche, a la luz de una vela y esquivando las telarañas, enterró el pesado cofre de Don Porfirio justo debajo de la escalera principal, prometiéndose no tocarlo a menos que la patria lo requiriera.

​El Viejo León y el Delirio de 1930
​Pasaron las décadas. El siglo XX entró con el estruendo de la modernidad y, de pronto, las campanas de la Revolución empezaron a repicar en 1910. El Porfiriato se tambaleaba. En la casona de Bustamante, Don Martín ya sumaba 70 años. Tenía los achaques propios de la edad, pero el orgullo intacto. Mientras el país se levantaba en armas contra las reelecciones del viejo dictador, Martín limpiaba su viejo fusil del Batallón Patria.
​—¡Que se levanten los maderistas si quieren! —gritaba Martín a sus asustados nietos, mientras cojeaba por la sala—. ¡Si mi General Díaz me llama para irnos a combatir, yo estoy listo! ¡Faltaba más! Nada más dejen que me acuerde dónde dejé las botas y que me pase este dolor de rabadilla, ¡y marchamos de nuevo!

​Por supuesto, Don Porfirio jamás llamó; terminó abordando el Ypiranga rumbo al exilio en Francia, dejando al viejo Martín refunfuñando solo en su mecedora, defendiendo el porfiriato ante los fantasmas de su mente mientras el país entero cambiaba de piel.

​Don Martín Pérez Soto estiró la pata finalmente en el año de 1930, alcanzando la respetable edad de 90 años. En sus últimos días, ya completamente delirante, confundía a los médicos con soldados franceses y a sus hijas con soldaderas de la Revolución. Dicen que sus últimas palabras, pronunciadas con una sonrisa pícara mientras señalaba hacia el piso, fueron:
​—¡A Miahuatlán, muchachos… que allá solo hay vacas flacas! Y revisen la escalera… que la plata no es para los franceses.
​Murió feliz, convencido de que su secreto seguía a salvo bajo los escalones de cantera, esperando el llamado de una República que, para bien o para mal, ya había aprendido a caminar sin ellos.

​Este relato por supuesto es ficción, para pasar un agradable momento y promover la lectura.

¡Gracias!

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