Apunte diario sobre letras Hipnóticas
Por Arturo Vásquez Urdiales.
Tras la Batalla del 5 de mayo de 1862, Zaragoza no se tomó un solo día de descanso. «Infatigable recorría las posiciones de sus tropas y los campamentos donde se atendía a los heridos y los numerosos soldados azotados por una terrible epidemia de tifo». Justo a principios de septiembre, en El Palmar cuando se dirigía a Acatzingo, fue atacado por un fuerte dolor de cabeza y fiebre alta.
Lo atribuyó a los múltiples aguaceros que lo habían empapado durante el viaje, pero su salud no mejoró. Fue entonces cuando su secretario y jefe del Estado Mayor, sospechando que había caído víctima del tifo (tifus murino, transmitido por pulgas de rata), determinaron trasladarlo a Puebla. Fue acomodado en un guayín y, a pesar de las penurias y las lluvias, llegó a su destino la tarde del 4 de septiembre.
El 6 de septiembre, la fiebre y el dolor de cabeza fueron insoportables. Comenzó a delirar, imaginándose de vuelta en la batalla, pidiendo sus botas y su caballo; los médicos tuvieron que sujetarlo para evitar que abandonara el lecho, mientras él los increpaba llamándolos «traidores» por sentirse «vendido a sus enemigos». El 7 de septiembre, la fiebre subió a 39.3 grados y el delirio se intensificó. Incluso llegó a creer que los franceses habían entrado en Puebla para hacerlo prisionero.
El doctor Juan N. Navarro, enviado por Juárez, declaró que «no había nada que se pudiera hacer para salvarlo». El 8 de septiembre al amanecer, en uno de sus pocos momentos de lucidez, vio a su Estado Mayor rodeando su lecho y preguntó: «¿Pues qué, también tienen prisionero a mi Estado Mayor? Pobres muchachos… ¿Por qué no los dejan libres?». Pocos minutos después, a las 10:15 de la mañana, murió.
El parte médico oficial se envió desde el lugar de los hechos a las autoridades para informar la pérdida. El hombre que nunca perdió una batalla había sido vencido por un minúsculo insecto.

Cronología
📅 13 de enero de 1862
En Monterrey, fallece su esposa, Rafaela Padilla de la Garza, víctima de una pulmonía, dejándolo viudo con una hija pequeña.
⚔️ 5 de mayo de 1862
El general Ignacio Zaragoza, al mando del Ejército de Oriente, derrota al poderoso ejército francés en la Batalla de Puebla, una gesta que marcó la historia de México.
🤒 2-3 de septiembre de 1862
Mientras recorre los campamentos para reorganizar al ejército y enfrentar la inminente llegada de refuerzos franceses, el general Zaragoza presenta los primeros síntomas de tifus.
📉 5 de septiembre de 1862
La fiebre y el dolor de cabeza se intensifican. Es trasladado a una casa en Puebla, donde su salud se deteriora rápidamente.
6-7 de septiembre de 1862
El delirio se apodera de él en medio de una fiebre altísima (39.3 °C). Se cree de vuelta en la batalla y prisionero del ejército invasor.
⚰️ 8 de septiembre de 1862 (10:15 a.m.)
Fallece a los 33 años de edad en la ciudad de Puebla.
📜 11 de septiembre de 1862
El presidente Benito Juárez expide un decreto en el que declara «Benemérito de la Patria en grado heroico» al general Ignacio Zaragoza.
🏙️ 11 de septiembre de 1862 (Mismo decreto)
Juárez ordena que la ciudad de Puebla cambie su nombre, dejando de llamarse Puebla de los Ángeles para llamarse en lo futuro Puebla de Zaragoza.

Reflexiones Filosóficas
La muerte de Zaragoza parece una broma pesada del destino. «El hombre que nunca perdió una batalla murió de una pulga», reza la leyenda. Es una ironía brutal: un estratega militar que venció al ejército más poderoso del mundo fue derrotado por un enemigo microscópico e invisible.
En sus últimas horas de lucidez, no pidió nada para sí mismo; preguntó por su Estado Mayor, por sus «pobres muchachos». Murió siendo fiel a sí mismo, pensando en sus soldados hasta el último suspiro.
Su muerte, en medio de la epidemia que diezmaba a sus propias tropas, simboliza la tragedia de la guerra: el verdadero enemigo de un ejército no siempre es el adversario al otro lado del campo de batalla. Son el hambre, la enfermedad, la fatiga y, sobre todo, la incapacidad del Estado para garantizar las condiciones mínimas de subsistencia.
Zaragoza pasó de ser un héroe a un mártir del abandono. Su victoria fue fulgurante; su muerte, consecuencia directa de la miseria logística y sanitaria con la que se conducían las guerras mexicanas del siglo XIX.

El Reproche al Estado
El decreto de Juárez del 11 de septiembre de 1862 no solo elevó a Zaragoza; fue un mecanismo de sacralización del poder, útil para cohesionar a la nación en medio de la invasión.
El verdadero reproche histórico al Estado mexicano es haber convertido esa muerte en un hito festivo mientras sus condiciones de vida —las que mataron a Zaragoza— se repiten aún hoy. El 5 de mayo es una celebración que a menudo omite que el héroe fue una víctima colateral de la negligencia. La «Heroica Puebla de Zaragoza» carga con un recordatorio melancólico de que la gloria militar no vacuna contra la desidia.
Hoy, cuando recordamos al general, más que ensalzar la batalla victoriosa, estaría bien recordar las condiciones insalubres en las que vivían (y aún viven) nuestros soldados y nuestra población. ¿Dónde está la higiene, la salud pública, la infraestructura que Zaragoza mereció y no tuvo? ¿Cuántas «pulgas» modernas —pandemia, desempleo, violencia— siguen matando a diario a los mexicanos, que no reciben ni un minuto de homenaje nacional ni un cambio de nombre?
El general Ignacio Zaragoza murió en el olvido, aunque su nombre esté en letras de oro. Quizá, si la memoria sirviera para algo más que para poner estatuas, todavía estaríamos a tiempo de honrar al hombre, y no solo al monumento.


