Columna Letras Hipnóticas.
Apunte diario sobre Letras Hipnóticas
Por Arturo Vásquez Urdiales
En los siglos de la cristiandad medieval, cuando Europa era todavía una gran campana de piedra tañida por monjes, juglares, peregrinos y mendigos, nació una de las leyendas más dulces que haya parido la piedad cristiana: Le Tombeor Nostre Dame, o El malabarista de Nuestra Señora. No fue escrita por príncipe ni por doctor solemne, sino por mano anónima, como si el propio pueblo cristiano la hubiese soñado mientras caminaba descalzo por los caminos de Francia. La obra procede del siglo XIII, probablemente de la década de 1230 o hacia 1240, compuesta en francés antiguo de tono picardo, en 342 pareados —684 versos octosílabos— y conservada en cinco manuscritos.
La sustancia del relato es sencilla como pan de convento, mas profunda como pozo de eternidad. Un saltimbanqui, cansado de los aplausos del mundo, entra como hermano lego en una abadía. Allí descubre su pobreza: no sabe latín, no entiende los salmos, no canta maitines, no glosa Escritura, no ilumina códices. Los otros monjes ofrecen a la Virgen canto, doctrina, incienso, miniatura, órgano y disciplina; él sólo posee su cuerpo fatigado, sus manos de cobre, sus piernas de aire, su oficio de feria. Y entonces, creyéndose inútil para Dios, halla la más alta teología: ofrecer lo que se es, no lo que se aparenta.

En secreto, baja a la capilla o cripta, según las versiones, y delante de la imagen de Santa María comienza su liturgia corporal: brinca, gira, se pone de cabeza, hace volteretas, lanza al aire sus instrumentos, suda, cae, se levanta. No reza con palabras, sino con músculos; no declama con boca latina, sino con sangre humilde. Un monje lo espía, escandalizado. Llama al abad o prior. Vienen a castigarlo por profanador. Mas entonces acontece lo inefable: la Virgen desciende del altar y enjuga con su velo el sudor del pobre acróbata. En aquel instante se rompe la soberbia de los sabios, y el cielo declara que también hay oraciones que no caben en los libros.
Conviene poner la cronología en su justo sitio. Primero estuvo el poema medieval anónimo, Del Tumbeor Nostre Dame, nacido en el ambiente devocional mariano de la Francia del siglo XIII. Después, durante siglos, la historia circuló en formas piadosas y ejemplares, hasta quedar casi olvidada. En 1873 volvió a imprimirse y renació para la modernidad. Luego Anatole France la rehizo en prosa bajo el título Le Jongleur de Notre-Dame, publicada primero en 1890 y luego incorporada en 1892 a L’Étui de nacre. Más tarde, Jules Massenet la llevó a la ópera con libreto de Maurice Léna; la obra se estrenó en Montecarlo el 18 de febrero de 1902.

Y ved aquí la maravilla: una historia de apenas un pobre hombre haciendo piruetas ante una imagen de María pasó del manuscrito al libro, del libro al teatro, del teatro a la música, de la música a la imaginación moderna. Jan Ziolkowski, estudioso de esta tradición, ha mostrado que el relato tuvo una vida inmensa en la cultura moderna, precisamente porque su centro no envejece: la pregunta por el valor de los dones humildes.
Mas no nos engañemos. Esta leyenda no es un cuentecillo ingenuo para dormir novicios. Es un tratado secreto sobre la dignidad humana. El malabarista no representa solamente al ignorante que no sabe leer; representa a todo aquel que, en el gran monasterio del mundo, siente que su oficio no vale, que su voz no cuenta, que su ciencia no alcanza, que su arte es menor ante las catedrales de los doctos. Y, sin embargo, la Virgen no baja por el latín perfecto de los orgullosos, sino por el sudor sincero del sencillo.
¡Oh siglo nuestro, tan lleno de máquinas, diplomas, vanidades, pantallas y palabras huecas! ¡Cuánto nos falta entender la lección del malabarista! Porque hoy se cree que sólo vale lo certificado, lo medido, lo publicado, lo aplaudido por academias o por redes. Y allá, desde el siglo XIII, un pobre tumbador nos dice que también el albañil reza con su mezcla, el músico con su cuerda, la madre con su desvelo, el notario con su fe pública, el campesino con su surco, el escritor con su lámpara encendida en la noche.
La filosofía profunda de esta historia es que la gracia no se inclina ante la ostentación, sino ante la autenticidad. El saber es noble, sí; la liturgia es noble, sí; la palabra elevada es noble, sí. Pero cuando el saber se vuelve desprecio, cuando la liturgia se vuelve piedra, cuando la palabra se vuelve soberbia, entonces viene el cielo y escoge al que no tiene más que su sudor.

El malabarista no profanó el altar: lo devolvió a su origen. Porque el altar no nació para que los hombres compitan en solemnidad, sino para que entreguen su corazón. Y aquel hombre entregó lo único que tenía: su cansancio, su arte, su infancia, su memoria de caminos. Por eso María lo miró. Por eso descendió. Por eso el velo azul limpió la frente del pobre. La Virgen no limpió solamente sudor: limpió siglos de vanidad clerical, limpió la falsa frontera entre lo culto y lo humilde, limpió la idea de que Dios sólo entiende la lengua de los sabios.
Y así queda la sentencia final, como campana en la niebla: benditos sean los simples de corazón, porque ellos verán a Dios. No los simplones, no los necios, no los vacíos; sino los simples, es decir, los enteros, los no partidos por la máscara, los no corrompidos por la vanagloria. Aquellos cuya alma todavía cabe en una lágrima.
Porque al fin, señor lector, cada hombre trae escondido su pequeño malabar. Uno escribe, otro canta, otro barre, otro cura, otro firma, otro carga piedras, otro cocina, otro enseña, otro acompaña al moribundo. Y si lo hace con amor, sin mercado de aplausos, sin moneda de soberbia, acaso una noche invisible baje Nuestra Señora por las gradas del altar, y con el borde azul de su túnica le enjugue la frente al mundo.
Amén.


