Por Arturo David Vásquez Urdiales
Hoy, 27 de abril, México recuerda el Día del Arma de Infantería, antes llamado Día del Soldado, instituido para honrar al soldado de fila, al infante, al hombre que sostiene la patria desde el polvo, la trinchera y el silencio. La fecha nace del gesto de Damián Carmona, soldado potosino que, durante el Sitio de Querétaro, el 27 de abril de 1867, permaneció firme en su puesto después de que una granada imperialista destruyera su fusil. Herido, cubierto de humo, no huyó. Sólo dijo: “¡Cabo de turno, estoy desarmado!”
Cronológicamente, la escena pertenece al último acto del Segundo Imperio. Maximiliano estaba cercado en Querétaro. Las fuerzas republicanas de Mariano Escobedo apretaban la ciudad como una mano de hierro. Las tropas imperialistas resistían desde conventos, calles y fortines. A las seis de la tarde, después de un combate feroz, Damián Carmona montaba guardia. Entonces cayó la granada. La explosión le arrebató el arma, pero no el deber. Su frase se volvió bronce moral: no pidió auxilio para salvarse; pidió otro fusil para seguir cumpliendo.

Desde la visión de Damián Carmona, aquel instante no fue epopeya sino obligación. El soldado verdadero no piensa en la estatua futura. Piensa en su puesto. En la línea que no debe romperse. En la patria que, a veces, cabe completa en un fusil perdido entre el humo.
Por eso se celebra hoy al soldado de infantería, al soldado de a pie: porque la infantería es la raíz del ejército, la “reina de las armas”, la que avanza donde no avanza la máquina, la que ocupa el terreno con el cuerpo. En 1933 se decretó esta conmemoración cada 27 de abril, tomando como símbolo aquella serenidad de Carmona.

El discernimiento filosófico es claro: Damián Carmona no representa la guerra por la guerra. Representa la disciplina interior. La valentía no como grito, sino como permanencia. Su grandeza está en no abandonar el sitio que le fue confiado. En un país donde tantas veces se huye de la responsabilidad, Carmona nos deja una lámpara encendida: aun herido, aun desarmado, el deber puede seguir de pie.
Y allí queda México: entre humo, metralla y tarde queretana, viendo a un soldado humilde convertirse en símbolo eterno. No dijo “me rindo”. No dijo “me voy”. Dijo, simplemente, como quien habla con la patria:

“Cabo de turno, estoy desarmado.”


