CREADOR Y FUNDADOR DEL INSTITUTO POLITÉCNICO NACIONAL

Por Arturo Vásquez Urdiales.

Apunte Hipnótico: No hay epopeya sin sacrificio, ni escuela sin un hombre que la conciba como un acto de guerra y de amor.

I. El origen telúrico: Sataya, la tierra del yunque.

El 2 de abril de 1890, en el polvo y la luz ardiente de Sataya, hoy Navolato, Sinaloa, nace quien habría de llevar en su sangre la fusión de dos fuerzas primigenias: la terquedad del labriego y la precisión del estratega. Hijo del yunque, sí, pero no de un yunque cualquiera: su padre fue un herrero que le enseñó que el metal se dobla solo cuando el fuego y la voluntad se abrazan. La muerte de su padre en 1896, cuando Juan de Dios tenía apenas seis años, no quebró su estirpe; la templó.

El éxodo a Culiacán fue su primera lección de geografía humana. En la Escuela Oficial Normalista aprendió que la educación es el único territorio que nunca se pierde en una guerra. Pero él no se conformó con las letras: necesitaba el mapa, la trinchera, el ángulo de tiro. Por eso, en 1908, ingresa al Colegio Militar de Chapultepec. No era un muchacho más; era un provinciano con hambre de infinito y con la certeza de que México necesitaba ingenieros con fusil.

II. El fuego de la decena trágica: la deserción del honor

En 1912, siendo aún cadete, combate la sublevación de Pascual Orozco en el norte. Durango, Chihuahua, polvo, pólvora y sueños rotos. Francisco I. Madero lo asciende a Teniente Táctico de Artillería en 1913. Pero la traición se cocía en los salones del poder. Cuando ocurre la Decena Trágica, cuando el presidente y el vicepresidente son asesinados, Bátiz toma una decisión que define a los hombres inmortales: deserta del Ejército Federal.

No lo hace por cobardía, sino por coherencia. Se une a su amigo y compañero de estudios, el legendario General Rafael Buelna, en la Revolución. Ahí, en la caballería, asciende a coronel. Jefe del Estado Mayor de la Brigada Buelna, toma Tepic y es nombrado Comandante Militar y Gobernador de ese territorio. Tiene apenas 24 años. Ya sabe gobernar, ya sabe matar si es necesario, pero sobre todo, ya sabe que la patria no es una abstracción: es un cuerpo que sangra y que hay que curar con instituciones.

III. El destierro fecundo: El Paso, Texas y la carretera del viento.

La Revolución no es una línea recta. Bátiz se exilia por un tiempo en El Paso, Texas. Lejos de su tierra, trabaja para la Western Line. No se avergüenza del trabajo manual. El ingeniero militar se hace obrero para entender que la técnica sin dignidad es solo una jaula de acero. Al regresar, el gobernador de Baja California le encomienda la construcción de la carretera Mexicali-Ensenada (1916). Bátiz no solo traza caminos: abre venas en la geografía para que circule la justicia.

En 1925, como primer Ingeniero de la Comisión Agraria Mixta en Sinaloa, recibe las solicitudes de restitución de tierras. Aquí se revela su genio más profundo: no concibe la ingeniería sin reforma agraria, ni la tecnología sin campesinos. No es un técnico frío; es un técnico enamorado de la tierra y de los hombres que la trabajan.

IV. El encargo fundacional: el IPN como trinchera educativa.

Lázaro Cárdenas, el general visionario, lo busca para ofrecerle la Secretaría de Educación Pública. Bátiz, con una modestia feroz, se niega. No quiere el escritorio, quiere la fragua. Entonces Cárdenas le encomienda lo imposible: fundar el Instituto Politécnico Nacional (1936). Bátiz acepta porque entiende que la verdadera independencia de México no se logró con un grito, sino que se logrará con talleres, laboratorios y una juventud que sepa pensar con las manos.

Asume como Director General. Y ahí, en los pasillos aún vacíos del Casco de Santo Tomás, siembra una filosofía que hoy late en cada politécnico: “La técnica por sí misma no redime; debe ir acompañada de conciencia social y amor a la patria”. El IPN no nace como una copia de modelos extranjeros: nace como respuesta mexicana a la exclusión, como universidad de los que trabajan, de los que no podían soñar con una bata blanca sino con un overol azul.

V. La medalla Belisario Domínguez: el discurso que traspasa el tiempo

El 7 de octubre de 1977, el Senado de la República le otorga la más alta presea para un ciudadano: la Medalla Belisario Domínguez. Bátiz, ya con 87 años, pero con la mirada igual de afilada que cuando cargaba fusil en Chihuahua, pronuncia palabras que deberían estar grabadas en el arco de acceso a cada escuela pública de México:

“La acepto porque sé que es para el Politécnico… sólo vale la pena vivir o morir, si se vive o se muere por la Patria. Yo no tuve el honor de morir por ella, pero he intentado servirle”.

Esa frase es su testamento político. No se arrepiente de no haber muerto en combate, porque su combate fue más silencioso y más largo: la construcción de una institución que ha dado a México ingenieros, científicos, técnicos y, sobre todo, hombres y mujeres con dignidad obrera.

VI. El ocaso del patriarca: muerte y legado infinito

Juan de Dios Bátiz Paredes fallece el 20 de mayo de 1979 en la Ciudad de México.

Pero morir para un fundador es un asunto menor: él ya había logrado que el IPN fuera inmortal.

Gobernador interino de Sinaloa, ingeniero militar, revolucionario, exiliado, constructor de caminos, agrariasta, educador.

Todo eso fue. Pero sobre todo, fue el padre que no engendra hijos, sino conciencias.

Hoy, cada estudiante del Politécnico que enciende un motor, que programa un código, que diseña un puente, que cura en una unidad de salud, está repitiendo el gesto fundacional de Bátiz: servir a la patria con las manos, con la técnica y con el orgullo de no haberse rendido jamás.


Cierre

“Bátiz nos recuerda que las letras hipnóticas no solo habitan en los poemas.

También habitan en los decretos, en los planos, en los estatutos de una escuela.

Porque hipnotiza aquel que, en lugar de morir por la patria, la construye todos los días, ladrillo por ladrillo, aula por aula, dignidad por dignidad.

El yunque de Sataya sigue sonando. Escúchalo: es el IPN martillando el futuro.”

Urdiales Zuazubiskar fundación de letras hipnóticas AC quienes le invitamos a compartir esta columna y desarrollar un mundo mejor llenitito de buenos lectores agradezco mucho su atención ©®

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Dr. Arturo David Vásquez Urdiales
Arturo David Vásquez Urdiales Zuazubiskar es notario público, abogado y escritor oaxaqueño. Fundador de la serie Apunte diario sobre letras Hipnóticas y autor de obras como Los siete ojos del gato negro y La piedra del tiempo, su estilo mezcla historia, mística, crítica social y visión futurista. Con más de 35 años de trayectoria jurídica, ha sido Consejero Jurídico del Estado de Oaxaca y hoy encabeza la Notaría Pública número 100. Su escritura explora los umbrales entre lo real y lo invisible. También es creador del idioma universal Zawki y promotor de la Fundación de Letras Hipnóticas AC.

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