Por Arturo Vásquez Urdiales
14 de noviembre de 2024
Y en honor a todos los seres humanos migrantes que han hecho de México su patria y su hogar.
En una noche silente de invierno, cuando las sombras parecían envolverlo todo en Polonia, una niña, de ojos tan profundos como el misterio que su corta vida aún no entendía, sostenía la mano de su madre. Aquella niña era Helen Kleinbort, quien luego sería conocida y recordada como la voz de México en el periodismo, pero aquella noche solo era una pequeña atrapada en el torbellino del tiempo, envuelta en una tormenta de hielo y miedo que arrasaba con su tierra.
Las ventanas de la casa temblaban como si supieran que pronto serían testigos del adiós. Afuera, la nieve caía con un silencio sombrío, amortiguando el eco de los pasos rápidos de su padre, quien, con manos firmes y ojos decididos, empaquetaba las pocas pertenencias que podían cargar. Era el último tren, el último suspiro de esperanza antes de que los suyos fueran tragados por la vorágine de un destino incierto. Helen no entendía del todo, solo sentía la angustia de su madre, el apuro en cada gesto, el temblor en cada palabra no pronunciada. Pero también percibía la fortaleza de su padre, como un río que corre sin detenerse ante las rocas.
En ese viaje a lo desconocido, cruzaron mares que parecían no tener fin, días y noches en que Helen veía el rostro de su madre reflejado en las ventanas del tren y luego en el barco, hasta que finalmente, en el horizonte, apareció México, la tierra que los recibiría y les daría cobijo. Al pisar el puerto, Helen entendió que habían llegado a un lugar distinto, un lugar donde el idioma era un misterio y el cielo tenía un azul diferente, un azul que, con el tiempo, aprendería a amar.
Y en aquel país cálido y extraño, Helen creció con la memoria de la nieve, del tren y del silencio que había dejado atrás, pero también con la pasión por el lenguaje que no entendía pero que pronto dominaría. México se convirtió en su hogar, su refugio y, finalmente, su musa. Con los años, aquella niña polaca se transformó en una periodista que no solo narraba hechos, sino que los hacía eternos, como si cada palabra fuera un hilo que unía los recuerdos de quienes había conocido, con quienes leían sus escritos.
Letras Hipnóticas y los escritores migrantes:

El aire de México, caliente y rebosante de vida, acogió a una niña que llegaba de un invierno eterno. Helen Kleinbort, quien huyó del yugo y el polvo de los campos de concentración, descubrió en esta tierra una segunda oportunidad de vivir, de ser y de crear. Como quien planta raíces en un suelo desconocido, Helen se convirtió en una voz, en un eco del mundo que la rodeaba y en el que se sumergía con una curiosidad insaciable.
Helen, ya adulta, se movía por las redacciones de los periódicos con la misma intensidad con la que alguna vez había sostenido la mano de su madre en aquella huida de Polonia. Ahora era ella quien llevaba la pluma como una espada, quien trazaba palabras como quien lanza un ancla al tiempo. Así fue construyendo una carrera en la que cada entrevista, cada viaje, y cada artículo eran un tributo a la sobrevivencia, a la resistencia de la vida frente al olvido.
La vida de Helen Kleinbort Krauze fue una danza entre el exilio y el arraigo, entre la memoria de un mundo perdido y la construcción de uno nuevo. Fue una mujer que comprendió, en su vida y en su obra, el poder de la palabra como puente, como salvación y como trinchera. En su memoria, nos queda el evco de sus letras, que atraviesan el tiempo como una chispa encendida en la oscuridad de la historia.
Helen en México.
El fenómeno de los otros migrantes que llegan a nuestro País.
La vida de Helen Kleinbort Krauze fue un viaje épico, una travesía de luz y sombra, de resistencia y creación. Helen nació en 1925 en Białystok, Polonia, en el seno de una familia judía que pronto vería su mundo transformado por la guerra, la persecución y el exilio. Era apenas una niña cuando comenzó su huida, una niña con los ojos muy abiertos y el alma despierta, tomando la mano de sus padres y dejando atrás su tierra natal, aquella que una vez había sido su refugio, y que ahora era territorio de oscuridad.
Huyendo de la ocupación alemana y de los horrores del Holocausto, Helen y su familia cruzaron continentes y océanos, dejando atrás los ecos de una Europa en llamas. Aquella travesía quedó marcada en su memoria como una línea indeleble, el paso entre el frío abismo del pasado y el calor desconocido del futuro. Al arribar a México, Helen pisó un suelo extraño, lleno de voces y colores nuevos, de aromas y palabras que eran un misterio. México le abrió los brazos como un refugio, una tierra que, aunque desconocida, le ofrecía paz y libertad. En sus escritos, Helen jamás olvidó ese primer encuentro, esa tierra que le brindaba una segunda vida.
Y fue aquí, en este México multicolor, donde Helen se reinventó, con la pasión y el rigor de quien sabe que la vida es un instante, un regalo fugaz. Creció, estudió, y en cada paso fue construyendo un camino de letras y de verdad. Helen se convirtió en periodista, una cronista de su tiempo, y comenzó a trabajar en el periódico Novedades en 1959. Desde allí, con una pluma incisiva y un corazón apasionado, Helen exploró las profundidades del ser humano, entrevistando a personas que dejaban sus historias, sus sueños y sus recuerdos en el papel.
En Novedades, y luego en El Heraldo de México, en El Sol de México, y en la revista Protocolo, Helen fue construyendo una carrera que más tarde sería un testimonio de compromiso y amor por las letras. Realizó cientos de entrevistas, sentándose frente a figuras legendarias y desconocidas, ante artistas, intelectuales y personajes que encontraban en ella una interlocutora genuina, capaz de ver más allá de lo evidente, de captar la esencia de quien tenía delante.
Era una mujer de palabra, de preguntas precisas y de respuestas honestas. Helen sabía que la entrevista era una danza de vulnerabilidades, un juego de espejos donde la intimidad y la confidencia se entrelazaban para crear un retrato del alma. Ella no buscaba los hechos en crudo; Helen era una buscadora de historias, de emociones, de esos matices que hacen que la experiencia humana se convierta en literatura. Entre sus entrevistados se contaban figuras como Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, Sarita Montiel y Josephine Baker, pero también otros nombres menos conocidos, cuyos relatos llenaron las páginas de los periódicos y los corazones de los lectores.
Su estilo era un reflejo de su vida: un equilibrio entre el rigor periodístico y la sensibilidad de quien ha vivido el dolor y la pérdida. Helen no era solo una periodista; era una narradora de lo humano, una cronista del alma, alguien que entendía el poder de la palabra como una herramienta de sanación, de memoria y de verdad. En cada artículo, en cada crónica, Helen tejía las fibras de un México en movimiento, un México que se enfrentaba a sus propios dilemas y desafíos, pero que, en su pluma, se convertía en un espejo de lo universal.
Además de su labor periodística, Helen fue escritora. Publicó dos libros, “Viajera que vas” y “Pláticas en el tiempo”, donde dejó constancia de su pasión por los viajes y por las historias que se esconden en cada rincón del mundo. Esos libros son un legado de su sensibilidad, de su mirada profunda y su habilidad para capturar la esencia de un momento, de una cultura, de un ser humano.
Helen Kleinbort Krauze no fue solo una periodista; fue una mujer que llevó en su ser la memoria de un mundo destruido, y que encontró en México la posibilidad de un renacer. Fue una madre amorosa, una guía para sus hijos, entre ellos Enrique Krauze, quien siguió sus pasos en el camino de las letras, y una abuela que inspiró a sus nietos, León y Daniel, quienes también abrazaron el arte de la palabra.
Hoy, Helen nos deja, pero en realidad no se va. Su voz, sus palabras, sus historias siguen vivas en cada página que escribió, en cada entrevista que realizó, en cada instante que capturó con su pluma. México la recuerda como una de sus grandes cronistas, una mujer que transformó el dolor en arte, el exilio en creación, y que convirtió su vida en un testimonio de fortaleza y humanidad.
En esta columna de letras hipnóticas, hoy rendimos homenaje a Helen Kleinbort Krauze, agradeciendo la herencia de su luz y su voz, que seguirá acompañándonos mientras haya un lector, una historia que contar y un corazón que se deje tocar por la belleza de sus palabras.
Helen Kleinbort Krauze fue madre del historiador y escritor Enrique Krauze y abuela de León Krauze y Daniel Krauze.
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agradecemos mucho a nuestros 3 lectores que nos hagan el honor de compartir esta columna y ayudar a desarrollar un mundo mejor llenitito de buenos lectores, muchas bendiciones y gracias 🫂
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Inicio con mi agradecimiento por compartir tantas historias, leyendas y más.
Persona altamente productiva en el quehacer, ocupado en regalar Luz a las demás personas.
Simplemente GRACIAS.
TAF.’.
es usted muy generoso y aprecio mucho su criterio. Imprimiremos mas pasión en el quehacer diario de letras hipnóticas.