Los motivos de rechazo de Jaime Allier Campuzano
Por Arturo David Vásquez Urdiales
Antes de entrar al análisis de la presente colaboración, su servidor no ha analizado, siquiera, en profundidad la reforma constitucional llamada, reforma a la suprema corte de justicia de la nación, prácticamente nunca escribo sobre política o situaciones judiciales, es mi profesión y la he ejercido por mas de 35 años.
En el primero de leyes ya tenía yo algunas responsabilidades de esta profesión, secretario del ministerio público, secretario de oficial del registro civil, trapeador de oficinas en donde se imparte justicia, chalan, mandadero, ir a traer las cocas, etcétera.
Desde muy chamaco mi cerebro ha pensado y razonado como abogado, no puedo pensar de otra manera, sencillamente, no creo poder, -fuera de estas letras hipnóticas-, siempre redacto por deformación profesional, en razón forense, y tengo una idea muy clara del Poder Judicial Federal y del Juicio de Amparo y del diario actuar de las autoridades judiciales, muchas muy acertadas, muchas una verdadera injusticia.
La reforma judicial vaya a saber usted si es el futuro de la justicia en este país.
No estoy de acuerdo en la descalificación malévola por deporte.
Al señor Jaime Allier Campuzano prácticamente no lo conozco.
Fui amigo de unos hermanos de él, uno contador y trabajé con él por 1984 en el Instituto de Vivienda del Estado de Oaxaca cuando en ese organismo fui intendente, y con otro de sus hermanos que era Arquitecto y socio de mi padrino el Arquitecto Francisco José Santibáñez Ramos, Chico Che, ambos muy amigos de mi padre, que en paz descansen.
No conozco al hombre, conozco sus sentencias, y no he coincido con muchas.

Jaime se cuece aparte. Sin embargo, sus aspiraciones son legítimas. Me explico.
En el escenario actual de nuestra nación, el magistrado Jaime Allier Campuzano ha manifestado su intención de aspirar a una posición como ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN). Esta noticia, lejos de generar un debate constructivo sobre su idoneidad y propuestas, ha desencadenado una serie de críticas que trascienden lo profesional y se adentran en lo personal, llegando incluso a ataques basados en su físico. Este fenómeno nos invita a reflexionar sobre la ética, la moral y el respeto que debemos cultivar como sociedad.
Jaime Allier Campuzano es conocido en el ámbito jurídico como un juez severo, cuya complejidad en el razonamiento a veces dificulta la comprensión de sus sentencias. Como abogados, hemos experimentado la rigidez de sus fallos y hemos discrepado de sus interpretaciones legales. Sin embargo, la crítica a su desempeño debe centrarse en el ámbito profesional y no derivar en descalificaciones personales.
El filósofo español Miguel de Unamuno decía: “El progreso consiste en renovarse”. Criticar constructivamente es una forma de contribuir al progreso, pero cuando la crítica se convierte en burla o ataque personal, perdemos la oportunidad de mejorar y nos sumimos en la mezquindad. Es esencial distinguir entre cuestionar las ideas y decisiones de alguien y menospreciar su dignidad como ser humano.
La historia nos ha enseñado que grandes figuras enfrentaron la incomprensión y la envidia de sus contemporáneos. Víctor Hugo, en su obra Los Miserables, nos muestra cómo la sociedad puede marginar y juzgar sin conocer verdaderamente al individuo. De manera similar, Fiódor Dostoyevski exploró en Crimen y Castigo la complejidad del alma humana y la importancia de la empatía y la comprensión.
Nelson Mandela, quien soportó años de encarcelamiento injusto, nunca permitió que el resentimiento guiara sus acciones. Su grandeza radicó en su capacidad para perdonar y trabajar por la reconciliación. Siguiendo su ejemplo, debemos aspirar a elevarnos por encima de las pequeñas miserias y enfocarnos en construir un entorno más justo y respetuoso.
He sido víctima de la burla y el desprecio de algunos colegas que se mofan de mi apariencia física y me asignan motes hirientes. Estas experiencias me han enseñado que la verdadera fortaleza radica en no permitir que la negatividad de otros defina nuestro valor. Al igual que muchos, he sentido el peso de la injusticia y el dolor de la incomprensión, pero también he encontrado en ello una motivación para seguir adelante y defender los principios que considero justos.
Napoleón Bonaparte valoraba a sus soldados no por cómo podrían ser abatidos en la guerra, sino por sus habilidades, inteligencia y honor. Este enfoque nos recuerda la importancia de juzgar a las personas por sus méritos y capacidades, no por aspectos superficiales o prejuicios infundados.
Descalificar a Jaime Allier Campuzano por su físico o lugar de origen es inmoral e inhumano. No es solo un ataque contra él, sino contra los valores de respeto y dignidad que deberíamos defender. Como sociedad, debemos rechazar el “deporte” de destruir al otro por envidia o inseguridad. Cada individuo tiene el derecho legítimo de aspirar a crecer y contribuir desde su experiencia y conocimientos.
Es cierto que podemos y debemos criticar las decisiones y acciones de los funcionarios públicos. La crítica bien fundamentada es esencial para la salud de una democracia. Sin embargo, esa crítica debe ser ética y centrada en lo profesional. Al caer en ataques personales, nos alejamos de la posibilidad de un diálogo constructivo y nos sumimos en una espiral de negatividad que no beneficia a nadie.
Como decía Sócrates, “una vida sin examen no merece ser vivida”. Invito a todos a examinar nuestras propias actitudes y a reflexionar sobre cómo podemos contribuir positivamente al debate público. Al enfrentarnos a la conducta miserable de otros, tenemos la oportunidad de demostrar grandeza y reafirmar nuestros valores éticos y morales.
La postulación de Allier Campuzano es una ocasión para discutir el futuro de nuestro sistema judicial, para analizar las propuestas y visiones que cada aspirante ofrece. Dejemos de lado las descalificaciones infundadas y centremos nuestra atención en lo que realmente importa: la búsqueda de la justicia y el fortalecimiento de nuestras instituciones.
En palabras de Víctor Hugo: “Ser bueno es fácil; lo difícil es ser justo”. Seamos justos en nuestro trato hacia los demás, reconociendo su derecho a aspirar y participar. Al hacerlo, no solo honramos a quienes buscan servir al país, sino que también cultivamos una sociedad más respetuosa y equitativa.
La grandeza humana se manifiesta cuando, ante la adversidad y la mezquindad, optamos por la nobleza y el respeto. Alentemos a nuestros colegas y compatriotas a perseguir sus metas y a contribuir al bienestar común. Recordemos que el éxito de uno puede ser el éxito de todos si elegimos apoyarnos mutuamente.
Finalmente, evoco las palabras de Dostoyevski: “La verdadera seguridad se encuentra en la libertad, no en el miedo”. Liberémonos del miedo a la grandeza ajena y abracemos la posibilidad de crecer juntos. No permitamos que la envidia o la inseguridad nos conviertan en obstáculos para el progreso colectivo.
Defendamos el derecho legítimo de Jaime Allier Campuzano a participar en el proceso de selección para ministro de la SCJN. Critiquemos con fundamento y respeto, y rechacemos toda forma de ataque personal. Solo así podremos construir una sociedad más justa, donde la ética y la moral sean pilares fundamentales.
No seamos cómplices de la mezquindad. Seamos, en cambio, promotores de la grandeza humana y del respeto que todos merecemos.
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Estimado lector, lector número 3, le invitamos a compartir esta columna y desarrollar un mundo mejor, llenitito de buenos lectores agradezco mucho su atención



