El hombre ante el espejo roto de la igualdad
Día del Mayor de los varones según al menos 2 culturas, la cristiana católica y su descendencia:
El hombre ante el espejo roto de la igualdad
Por Arturo David Vásquez Urdiales
Introducción
Hoy, 19 de marzo, la historia respira en voz baja.
Es día de San José, padre en silencio, guardián sin estruendo, arquitecto de lo invisible. No habló mucho, pero sostuvo el mundo desde la madera, desde el oficio, desde el amor que no necesita proclamarse para existir. En él, la paternidad no fue dominio, sino presencia; no fue imposición, sino amparo.
Y es también día de la familia, ese territorio frágil y sagrado donde la ley intenta nombrar lo que el corazón ya sabía: que nadie se construye solo.
Por eso, al mirar nuestra Constitución, el artículo 4º no es sólo una línea jurídica; es una promesa: el hombre y la mujer son iguales ante la ley, y la familia es el núcleo que el Estado debe proteger. No como fórmula fría, sino como reconocimiento de ese antiguo equilibrio donde cada uno —hombre y mujer— sostiene, a su manera, el peso del mundo.
Hoy, bajo la sombra serena de San José, conviene preguntarnos si esa igualdad vive en la realidad o si se ha vuelto un espejo roto.
Porque donde la ley no alcanza, empieza la conciencia. Y donde la familia se quiebra, ninguna agenda alcanza a reconstruir el alma.
Hoy conviene empezar con una precisión serena, porque en estos tiempos hasta el calendario llega herido: el Día Internacional del Hombre se conmemora ampliamente el 19 de noviembre, no el 19 de marzo, y en México diversas instituciones lo han retomado con fines de salud, convivencia e igualdad; además, la ONU no lo incluye en su listado oficial de días internacionales. Esa aclaración no le quita verdad al fondo de tu inquietud: hay un malestar masculino real, una sensación creciente de desamparo, sospecha pública y orfandad jurídica que merece ser pensada sin burla y sin dogma.
La primera piedra constitucional, sin embargo, sigue ahí, limpia en el papel aunque a veces empañada en la práctica: el artículo 1º prohíbe toda discriminación y ordena a todas las autoridades promover, respetar, proteger y garantizar los derechos humanos; y el artículo 4º dice con absoluta nitidez que la mujer y el hombre son iguales ante la ley. México, además, tiene una Ley General para la Igualdad entre Mujeres y Hombres cuyo objeto formal es garantizar igualdad de oportunidades y de trato entre ambos sexos. Jurídicamente, pues, el edificio mexicano no está diseñado para abolir al hombre, sino para impedir privilegios y corregir desigualdades. Otra cosa es la grieta entre la letra y la calle.
Esa grieta existe. Pero también conviene no exagerarla con fantasmas penales que luego se vuelven humo. En la Ciudad de México, la ley local sobre violencia contra las mujeres sí reconoce la violencia en el noviazgo, pero la define como un acto abusivo de poder u omisión intencional encaminado a dominar, someter, controlar o agredir; no equivale, por sí misma, a que “me enamoró y me dejó” sea delito. Y el Código Penal de la Ciudad de México mantiene el principio básico de legalidad: nadie puede ser castigado si la conducta no está expresamente prevista como delito por una ley vigente. Dicho con claridad: el desamor no está tipificado como crimen; la violencia, la coacción, la amenaza, la lesión o el abuso, sí.
Eso no significa que los hombres no enfrenten problemas graves. Los datos duros dibujan una tragedia masculina que rara vez se declama en plazas públicas: en México, la participación económica sigue siendo mucho mayor entre hombres que entre mujeres; para el tercer trimestre de 2025, 75 de cada 100 hombres eran económicamente activos, frente a 46 de cada 100 mujeres. Al mismo tiempo, los hombres cargan con una sobremortalidad brutal: en 2024 la tasa de homicidios fue de 46.0 por cada 100 mil hombres, contra 5.6 en mujeres; y la tasa de suicidio fue de 11.0 en hombres, frente a 2.6 en mujeres. En las defunciones registradas de 2024, 55.9 % correspondieron a hombres. El varón mexicano, en muchos sentidos, sigue siendo el cuerpo que más trabaja afuera, más muere violentamente y más se mata en silencio.
También en el mundo del riesgo laboral aparece esa sombra. La estadística de la STPS y del IMSS muestra que los riesgos de trabajo recaen más sobre hombres; en el estudio con datos 2024, 61 % de los riesgos laborales correspondió a varones. Esto no es poesía ideológica; es el viejo hierro del mundo: andamios, transporte, maquinaria, trayecto, fábrica, campo, obra. El hombre no desapareció del engranaje material de la civilización; sigue poniendo el cuerpo donde el concreto pesa y la noche muerde.
Pero sería intelectualmente deshonesto convertir ese dolor masculino en una negación del dolor femenino. Los datos oficiales también muestran que las mujeres sostienen una parte gigantesca y muchas veces invisible del país: en la ENUT 2024, las mujeres dedicaron en promedio 39.7 horas semanales al trabajo doméstico, de cuidados y voluntario, contra 18.2 horas de los hombres; y el valor económico del trabajo no remunerado de los hogares equivalió a 23.9 % del PIB, con una contribución femenina de 72.6 %. Es decir: si el hombre carga mucho del cemento visible, la mujer sigue cargando gran parte del andamiaje invisible de la vida. Negar una carga para exagerar la otra no trae justicia; sólo cambia de altar a la misma ceguera.
Aquí entra el punto jurídico más delicado. La Suprema Corte y los instrumentos internacionales no entienden la igualdad como una simple simetría mecánica, sino como igualdad sustantiva. Por eso han admitido que ciertas acciones afirmativas o medidas temporales en favor de mujeres pueden ser constitucionales cuando buscan corregir desventajas históricas. La CEDAW dice expresamente que esas medidas especiales para acelerar la igualdad de facto no se consideran discriminación; y la propia SCJN ha sostenido que esas acciones afirmativas son constitucionalmente viables para alcanzar una igualdad real. Esto significa que no todo trato diferenciado contra un hombre es automáticamente inconstitucional; pero también significa que ese trato sólo se justifica si es proporcional, temporal, razonable y orientado a corregir una desigualdad verificable, no a crear un nuevo privilegio.
Por eso, cuando algunos hombres sienten que ya no son vistos como personas sino como sospechosos genéricos, no siempre están delirando: a veces están percibiendo malas prácticas institucionales, discursos públicos toscos o automatismos culturales que confunden perspectiva de género con presunción de culpabilidad. Pero esa deformación no nace de la Constitución; nace de su mala aplicación. La ley mexicana no autoriza la condena por sexo. La Constitución exige derechos para todos; el proceso penal exige pruebas; y el principio de legalidad exige tipos penales concretos. Si en la práctica hay abusos, el remedio no es incendiar la igualdad, sino reconstruir el debido proceso.

Sobre la Agenda 2030, conviene quitarle el maquillaje apocalíptico. En sus textos oficiales, la Agenda no es un programa para cancelar al hombre, sino un marco de desarrollo sostenible cuyo ODS 5 busca la igualdad de género y el empoderamiento de mujeres y niñas, dentro del principio general de “no dejar a nadie atrás”. Puede discutirse políticamente su uso, sus excesos retóricos o su instrumentalización burocrática, pero en su formulación oficial no aparece como una licencia para recortar derechos masculinos. Es una agenda de política pública, no una guillotina jurídica.
Y respecto del Foro de São Paulo, más que convertirlo en llave maestra para explicar todo, habría que recordar una verdad más sobria: en México, las normas vinculantes no nacen de consignas continentales ni de imaginarios geopolíticos, sino de la Constitución, las leyes expedidas por el Congreso, los tratados y los criterios judiciales. Los discursos partidistas pueden influir en el ambiente, sí; pero el martillo que de veras pega sobre la vida de una persona sigue siendo el del legislador, el ministerio público y el juez. Y contra ese martillo sólo sirven argumentos jurídicos, litigio serio y precedentes sólidos, no leyendas omnipotentes.
Entonces, ¿qué está pasando en el mundo? Está pasando que la modernidad quiso corregir siglos de humillación femenina, y en esa tarea necesaria a veces produjo una pedagogía torpe, donde algunos confundieron justicia con revancha, protección con sospecha automática, igualdad con inversión del privilegio. Y al mismo tiempo está pasando que muchos hombres llegaron tarde a la conversación sobre su propia fragilidad: salud mental, suicidio, custodia, abandono escolar, adicciones, soledad, sobremortalidad, desgaste laboral. Mientras unos gritaban consignas, otros se iban cayendo en silencio.
La salida digna no es el machismo resucitado ni el hembrismo celebrado. La salida es una república de reciprocidades. Un feminismo jurídico serio no debería temer decir que los hombres también requieren garantías, salud mental, presunción de inocencia, protección ante denuncias falsas y políticas específicas donde exista desventaja comprobable. Y una defensa seria de los derechos de los hombres no debería construirse negando la violencia real que padecen millones de mujeres ni ridiculizando las herramientas creadas para combatirla. Los dos extremos son espejos rotos: uno niega la herida de ellas; el otro niega la herida de ellos.
Yo lo diría así, Arturo: el problema no es que existan derechos para las mujeres; el problema aparece cuando el Estado olvida que los derechos no son un botín de guerra, sino un techo común. El hombre no debe pedir volver a mandar; debe exigir volver a ser visto como persona completa, no como caricatura biológica. Y la mujer no debe pedir privilegio punitivo; debe seguir exigiendo protección efectiva contra la violencia real, no retórica.
El mundo funciona hoy así porque quiso corregir una injusticia antigua y en partes lo hizo bien, pero en otras dejó crecer una gramática del resentimiento. La tarea de 2026 no es volver atrás: es afinar la balanza. Menos guerra de sexos, más derecho. Menos consigna, más prueba. Menos odio ideológico, más humanidad constitucional.
Porque al final, cuando se apagan los reflectores del activismo, sigue siendo cierto algo muy viejo y muy hondo: la mujer pare el mundo, sí; pero el hombre también baja a la zanja, sube al andamio, se hunde en la mina, conduce la carga, se quiebra la espalda y muchas veces muere antes de tiempo. Y ella, a su vez, sostiene la casa, el cuidado, la memoria, la infancia, la enfermedad y la llama. No hay civilización posible si uno insulta la carga del otro.
La igualdad verdadera no consiste en coronar a un sexo y sentar en el banquillo al otro. Consiste en que nadie sea menos persona por nacer hombre o mujer. Ahí empieza la justicia. Y ahí, acaso, puede volver a respirar el porvenir.


