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Por Arturo Vásquez Urdiales.
La vida, con su misteriosa pedagogía, talla al hombre como el río talla la piedra. Y el cincel de ese escultor invisible suele llamarse dolor.
El dolor detiene la soberbia.
Rompe las ilusiones fáciles.
Obliga al ser humano a mirarse por dentro.
Mientras todo marcha bien, el hombre corre detrás de espejismos: dinero, prestigio, dominio, reconocimiento.
Cree que allí está su valor.
Pero cuando llega la pérdida, la enfermedad, la traición o el fracaso, algo se quiebra en su interior y entonces aparece una pregunta antigua: ¿quién soy en realidad?
Ese momento es el umbral de la madurez espiritual.
No todos lo cruzan.
Muchos endurecen el corazón y se vuelven más ásperos. Otros despiertan lentamente.
Y algunos comprenden que la vida no es una carrera de posesiones sino una escuela del alma.
Por eso las tradiciones más antiguas del mundo han sugerido que el aprendizaje del espíritu puede extenderse más allá de una sola vida.
Como si la conciencia fuera un viajero que regresa una y otra vez hasta comprender lo esencial: amar, servir, comprender.
¿Y cuál es entonces el valor del hombre?
No el dinero.
El dinero mide transacciones; el espíritu mide profundidad.
El valor del hombre está en su conciencia, en su capacidad de transformar el sufrimiento en compasión, la ignorancia en sabiduría y la existencia en servicio.
Un hombre vale lo que es capaz de amar, de comprender y de elevar.
Lo demás —riqueza, poder, fama— son apenas monedas que el tiempo termina gastando.
Crecer es una prueba de vida en vida, y se entrelazan como las leanas eternas de la selva profunda, la enseñanza es difícil, he inalienablemente termina en el infinito, es por ello que el infinito es amor y el amor es Dios, que es Infinito.
Arturo


