De lo literario a la realidad chamánica, el poder de hablar con los espíritus y saber el futuro, crítica a la realidad
Por Arturo Vásquez Urdiales
9 de noviembre de 2024
Isabel Allende, con “La casa de los espíritus”, nos lleva a un plano donde lo tangible y lo intangible se funden, y donde lo chamánico y lo místico cobran una realidad literaria que resuena profundamente con lo latinoamericano. La capacidad de Clara para hablar con los espíritus y prever el futuro no es solo una característica más del realismo mágico, sino una poderosa metáfora de cómo la historia y la memoria colectiva dialogan en un espacio entre la realidad y lo espiritual. En este sentido, Allende no se limita a contar la historia de una familia, sino que nos presenta una crítica profunda a la realidad política y social de nuestro continente, donde la sabiduría ancestral, muchas veces ignorada, guía e influye de formas misteriosas.
Clara representa ese poder intuitivo, un canal que conecta a su familia con fuerzas que van más allá del entendimiento lógico. En sus visiones, observamos cómo los ancestros hablan y las advertencias del destino se manifiestan, señalando un futuro que, aunque no pueda cambiarse, al menos puede preverse. Este contacto con lo espiritual se convierte en un recurso literario que, como en el chamanismo, permite a los personajes y a nosotros, los lectores, enfrentarnos con el pasado no resuelto y con los errores que, como una maldición, vuelven una y otra vez a reclamar justicia. Allende nos invita a observar que el espíritu humano, en su forma más profunda, siempre está buscando reconciliarse con algo mayor que uno mismo: ya sea la familia, el linaje o, incluso, una sociedad entera en lucha.
Esta capacidad de Clara para conectarse con lo invisible nos recuerda la sabiduría de los chamanes indígenas, quienes encuentran en el contacto con lo sobrenatural una forma de entender y curar los males de su comunidad. El diálogo de Clara con los espíritus es más que una habilidad; es una herramienta que permite revelar lo oculto, entender la complejidad de la historia y prever los ciclos de repetición que afectan a su familia y a su sociedad. Como un eco de los chamanes de la América precolombina, ella puede advertir tragedias inminentes o los efectos de acciones pasadas que aún resuenan en el presente. No es casual que, en su silencio voluntario, Clara manifieste la importancia del “cuaderno de anotar la vida”, un objeto que funciona como un registro chamánico, un testimonio donde cada evento significativo se convierte en parte de un archivo cósmico y eterno.
La crítica a la realidad: la historia de los vivos y de los muertos

Más allá de lo místico, “La casa de los espíritus” es una crítica a la realidad de una sociedad marcada por la injusticia y la violencia. En este sentido, Allende emplea los poderes de Clara como un símbolo de la resistencia frente a las fuerzas opresivas que intentan silenciar tanto a las personas como a la memoria de un pueblo. Clara es testigo de la transformación de una familia y de una nación, de la paz a la dictadura, del orden a la brutalidad. Su capacidad de hablar con los espíritus simboliza el valor de recordar, de preservar una conexión con el pasado en una realidad donde la política y el poder parecen empeñados en borrar y reescribir la historia según sus intereses.
La figura de Esteban Trueba, con su autoritarismo y su avidez de control, representa el poder de una élite que busca dominar no solo el presente, sino también la narrativa de una nación. Sin embargo, las visiones de Clara y los relatos de Alba ofrecen un contraste, un registro alternativo y chamánico que desentierra las verdades ocultas bajo la superficie de los discursos oficiales. En esta historia, el poder del espíritu y de la memoria es mucho más fuerte que cualquier intento de control político o social. La presencia de Clara y su legado en el diario de Alba nos muestran que, aunque las estructuras autoritarias intenten sofocar la verdad, siempre habrá un espacio para la memoria, un lugar donde la historia real puede contarse.
La lucha contra la repetición y la profecía autocumplida
En el mundo chamánico, el futuro no es algo inmutable; los chamanes intervienen en el destino para alterar su curso. En “La casa de los espíritus”, Allende explora esta idea a través de las predicciones de Clara y los eventos trágicos que persisten en la familia Trueba. Su capacidad para prever el futuro revela no una resignación, sino un intento de advertir a quienes tienen el poder de cambiar el curso de sus vidas. Sin embargo, Esteban Trueba se niega a escuchar estas señales, atrapado en su orgullo y ambición. Su resistencia a aceptar lo inevitable crea una profecía autocumplida: sus acciones, motivadas por el resentimiento y la violencia, condenan a sus descendientes a repetir sus errores y a vivir bajo el peso de un destino que, de haber prestado oído a Clara, quizá habrían podido evitar.
Este ciclo de repetición, que en el ámbito chamánico se intenta romper, simboliza en la novela el peso de una historia que, en lugar de transformarse, se agrava con el tiempo. Allende parece recordarnos que la historia de los pueblos, como la de las familias, está condenada a repetirse mientras no enfrentemos y resolvamos las heridas que nos impiden evolucionar. La lucha de Alba por preservar y escribir la historia de su familia junto a los “cuadernos de anotar la vida” es un acto de rebeldía, un intento de escapar a esa repetición mediante el poder de la memoria y la palabra escrita.
El verdadero poder: la memoria como resistencia
Finalmente, Allende sugiere que el verdadero poder no reside en quienes controlan las estructuras políticas y económicas, sino en quienes preservan la memoria y la verdad. La novela nos enseña que el contacto con los espíritus, como el de Clara, y la historia registrada en el diario de Alba, representan una forma de resistencia y sanación en medio de una sociedad fracturada. Como en la tradición chamánica, el acto de recordar y de escribir se convierte en un ritual que une a los vivos con los muertos, a los presentes con los ausentes, y permite que las voces silenciadas vuelvan a hablar a través de aquellos que se atreven a escucharlas.
Alba, como heredera de esta tradición espiritual, da continuidad al legado de Clara y se convierte en la protectora de la historia de su familia y de su país. Su resistencia frente a la tortura y su determinación para preservar la memoria de su linaje son el último acto de poder en una historia que parece condenada al olvido y la represión. De esta forma, “La casa de los espíritus” se convierte no solo en una novela de realismo mágico, sino en una obra profundamente chamánica que, como una invocación, reclama justicia y sanación para todas las almas que han sido víctimas de la historia.
Epílogo: la reconciliación entre lo espiritual y lo material
A través de esta magistral combinación de lo chamánico y lo realista, Isabel Allende nos invita a recordar que la verdadera historia de un pueblo no se construyo en realidades mágicas si o en la apoteosis del posmodernismo.
En espíritus vivientes que sobreviven a través de quienes se atreven a mirar más allá de la superficie. En este sentido, La casa de los espíritus no es solo un relato de una familia ni una novela sobre la política latinoamericana; es, en esencia, un llamado a recordar, a resistir y a sanar. Allende evoca el poder del pasado, los sueños y las visiones como una forma de enfrentarnos con las sombras de nuestras propias realidades, tal como lo haría un chamán que, en su conexión con el espíritu, no solo ve lo que otros no ven, sino que intenta guiar a su comunidad hacia la comprensión y el equilibrio.
Alba, como último eslabón de esta cadena de mujeres fuertes, nos recuerda que la historia puede ser dolorosa, pero que en la reconciliación entre el pasado y el presente reside una fuerza poderosa. Su acto final de registrar en los “cuadernos de anotar la vida” es un acto de liberación, una afirmación de que, aunque las cicatrices de generaciones de injusticia y violencia no se borren, sí pueden iluminar el camino hacia un futuro distinto. Allende nos muestra que el verdadero poder, el que sobrevive a los caprichos de la política y la represión, radica en la capacidad de recordar, en la voz que narra y en los espíritus que nos enseñan a no olvidar.
La casa de los espíritus es, en última instancia, una obra que trasciende lo literario para situarse en el espacio del mito y de la sabiduría ancestral. Nos recuerda que la memoria, al igual que los espíritus que pueblan las páginas de Allende, es una fuerza viva que exige ser escuchada. Y así, como si fuéramos nosotros los herederos de este linaje de mujeres y hombres que desafían la opresión, nos invita a mirar más allá de lo visible, a escuchar las voces de quienes han sido silenciados, y a encontrar en el recuerdo un acto de resistencia y de amor.
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