Apunte diario sobre letras Hipnóticas

Égloga de la Carne y la Noche

Arturo Vásquez Urdiales

La noche deletrea tu nombre con los labios húmedos de la luna.
No lo digo: lo saboreo en la oscuridad, silaba a silaba.
Mi voz no es pulso, es un río tibio que busca tu orilla,
y el hambre no es fina: es un fruto maduro que pide ser desnudado.

Te acercas como la marea que no pide permiso a la costa,
sino que la posee con la certeza de la sal.
El aire se espesa entre nuestros hombros, un dulce caldo de estrellas,
y la distancia —ese último pudor— se desvanece como tela ante las tijeras.

Hay un temblor antiguo, una música de piel despierta.
Una promesa que no se escribe con tinta, sino con el sudor de las sienes.
Tus manos no declaran: desatan. No convencen: rinden.
Mi respiración ya no te reconoce: te bebe, te inhala.

No es el alma la que manda ahora, es el delta de los sentidos.
Es el mapa secreto que trazan las yemas en la penumbra,
la línea donde el tacto ya no decide: se pierde,
y el tiempo no se inclina: se desata en espirales.

Todo lo demás calla. Las palabras son cascarones vacíos.

Somos un idioma sin vocales prudentes, solo consonantes jadeantes.
Un rito no breve, sino eterno en cada instante; no exacto, sino infinito.
Una sed que no solo sabe beber, sino que inventa el agua al beberla.
La noche, cómplice, no solo mira sin ver: toca sin manos.

Y cuando el mundo regrese con su orden de telas y relojes,
quedará —debajo de la ropa del día, como un segundo cuerpo—
esta certeza morena, este dulce residuo de sombra:

Hubo un instante en que el deseo no fue ley, sino el aire que respiramos.
Y la ley no fue fuego, sino la lenta combustión de dos mitades
fundiéndose en una sola brasa prolongada, un 14 de febrero
que se repite cada vez que tu piel recuerda a la mía.

Porque esto no es un encuentro, es una revelación de los poros.
No es un recuerdo, es la huella que deja la lumbre en el cuerpo,
en cada beso que nace de estos versos como un puente de saliva y luz.
Hoy, día del amor, y en todos los días que se atrevan a seguir,
amarte es el único acto sagrado: desvestir el alma con las manos,
arder sin prisa, fundirnos en un idioma que solo sabe decir
“aquí”, “ahora”, “tú”, “yo”, “siempre”.

Y yo, peregrino de tu atlas secreto, me pierdo en esta geografía:
la de amarte con la paciencia voraz de quien ha encontrado,
en el pliegue de tu cintura, el verso definitivo:
aquel que se escribe con besos y se firma con la piel.

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