*¿Alguien recuerda al general Mariano Escobedo?*

*28 de septiembre de 2024*

Un héroe de la república. Un hombre cuyo andar no era el del conquistador, sino el del cazador. Escogía sus batallas como quien selecciona presas en las montañas. Era una figura de contradicciones: borracho en la juventud, pero de una tenacidad inquebrantable cuando las balas silbaban. Escobedo, con su cuerpo desgastado por años de guerras, deambula entre las líneas de la historia, como si su figura, oculta entre los vapores de la memoria nacional, hubiese sido relegada a un rincón. Y, sin embargo, aquí yace: magistral, inmortal.

*Vuela, vuela palomita, ya murió el señor Escobedo…*

Todo empieza en las sombras de una guerra que ya nadie recuerda. La invasión norteamericana de 1847. Escobedo era un ranchero, un borracho, nada más. Pero la historia, caprichosa como es, lo colocó en el corazón de la tormenta. No era un hombre de mayores glorias, pero su voluntad era de hierro. Y de esa voluntad nació su destino. Se convirtió en oficial de milicias, sin más que su abnegación como mérito. Y desde ese momento, su vida fue una travesía de guerras, batallas y, más que nada, resistencia.

La Resistencia en las Cumbres de Acultzingo, donde fue castigado por Zaragoza. Su brigada, una sombra de lo que debía ser, se desbandó, y Mariano, con humildad, aceptó la reprimenda. Pero el destino no lo abandonaría por mucho tiempo. La segunda batalla de Puebla fue su redención. Ahí, entre el polvo y la sangre, demostró una astucia brutal, orquestando el combate casa por casa, puerta por puerta. Era la guerra más íntima, más feroz. Y Escobedo la dirigió con una frialdad casi sobrehumana.

Capturado por los franceses, se negó a firmar la infame carta que lo hubiera dejado libre a cambio de su honor.

Prefirió el encierro, la cárcel, la incertidumbre. Y de alguna manera, como las grandes almas, escapó. Volvió a las montañas, a la guerra, al norte. Porque su destino estaba sellado con sangre. ¿Dónde estaba el presidente?, preguntó. “Por allá”, respondió Díaz, apuntando al horizonte. Y Escobedo, magistral y terco, cabalgó hacia el norte, cruzando las fronteras del imperio francés, robando, luchando, buscando.

Burló la guerra de secesión americana y cruzó territorios de una guerrera ajena para llegar a Washington y preguntarle a Matías Romero: ¿Dónde está el Presidente Juárez? : “Allá en Chihuahua, allá lo encuentras” y ahí viene de regreso Escobedo, necio a encontrar al señor Juárez.

Finalmente, lo encontró: Benito Juárez, el rostro de la resistencia. Y ante Juárez, Escobedo mostró una humildad inaudita. ¿Quién más se atrevería a rechazar un rango militar? Pero él lo hizo. “Para mandar 26 hombres, coronel basta”, dijo. Y así, se redujo a sí mismo, esperando el momento en que pudiera merecer su rango una vez más.

_*Vuela, vuela palomita,*_

_*ya murió el señor Escobedo,*_

_*una ingrata traición,*_

_*le arrebató la vida entero.*_

Esa era su grandeza: el sacrificio del ego por el bien mayor, la república.

Con su pequeña tropa, volvió a levantar la temible División del Norte. Los cazadores de Galeana, esos norteños locos que disparaban a caballo con la precisión de cirujanos, se convirtieron en el pánico de los coraceros franceses. Eran hombres rudos, sin miedo, y Escobedo, el cazador supremo, los dirigía con el instinto de un depredador.

Y luego llegó Querétaro. Allí, Mariano Escobedo orquestó la caída del Imperio de Maximiliano. No con las fanfarrias de los grandes héroes, sino con la meticulosidad de quien entiende el arte de la guerra. Cada paso, cada acción, cada cerco que cerraba sobre el Imperio fue parte de una sinfonía brutal, implacable. Los tres intentos de escape de Maximiliano fueron sofocados por Escobedo, quien, como un cazador experimentado, sabía cómo esperar el momento justo.

_*Ya el señor Porfirio Díaz,*_

_*le mandó robar su archivo,*_

_*no quedó más que silencio,*_

_*y un dolor en el destino.*_

Al final, el espadín de Maximiliano fue entregado en las manos de Escobedo. Un trofeo. Un símbolo de la victoria de la república. Pero no hubo gloria en su rostro, solo el cansancio del guerrero que sabe que las batallas nunca terminan. No buscaba honores ni monumentos. Para Escobedo, la victoria era simplemente una continuación de la lucha.

Y así, Mariano Escobedo se desvaneció en la historia, como el humo de los rifles que una vez disparó. A los 76 años, murió en la ciudad de México, pero su legado, a pesar de los esfuerzos por borrarlo, permanece incrustado en los cimientos de la república.

El magistral Escobedo no buscaba fama ni fortuna, solo la libertad de su tierra. Y en su humildad, su fuerza, y su indomable espíritu, se convirtió en uno de los grandes héroes olvidados de México.

*¿Alguien lo recuerda?*

_*Ahí, entre el polvo de los archivos robados y las páginas reescritas, Mariano Escobedo sigue cabalgando.*_

*Un gran mexicano, sin duda un gran neolones*.

**Corrido de Mariano Escobedo**

*Vuela, vuela palomita,*

*ya murió el señor Escobedo,*

*una ingrata traición,*

*le arrebató la vida entero.*

*Ya el señor Porfirio Díaz,*

*le mandó robar su archivo,*

*no quedó más que silencio,*

*y un dolor en el destino.*

*Vuela, vuelen zenzontles,*

*griten fuerte a los del norte,*

*que ya nadie en esta tierra,*

*se acuerda de su nombre.*

*Lloren, lloren las cornetas,*

*y tiemblen los tambores de la patria,*

*se nos fue don Escobedo,*

*un gran hijo del norte, un gran hijo de la patria.*

*Fue el primero en la batalla,*

*el que en Querétaro venció,*

*con coraje y valentía,*

*a Maximiliano enfrentó.*

*Montaba en su caballo,*

*con rifle en mano listo,*

*los cazadores de Galeana,*

*eran pánico del invasor maldito.*

*Vuela, vuela palomita,*

*que en el cielo ya descansa,*

*don Mariano, gran soldado,*

*ya en la paz de la esperanza.*

*Lloren, lloren las cornetas,*

*y tambores del desierto,*

*que la historia le arrebata,*

*su memoria a un gran maestro.*

*Hoy sus huellas se han borrado,*

*como polvo en el viento,*

*pero en el alma del pueblo,*

*vive su recuerdo eterno.**

_*(*Escuela de Música de Monterrey, 1911)*_

*Querido amigo lector, le invito a compartir esta columna, hagamos un mejor mundo lleno de buenos y mejores lectores, un millón de lectores es un millón de bendiciones.*

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