Apunte diario sobre letras hipnóticas
La casa milenaria de los espíritus en huesos del General Teodomiro Sánchez Cano
Cuentos he historias de terror.
Por
Arturo Vásquez Urdiales en 27 de Septiembre de 2024.
(De vez en vez he de publicar historias, cuentos, evangelios, leyendas, fábulas, que forman parte de los libros milenarios del fin del mundo, espero sean del agrado del lector.)
La casa de los soldados muertos en los huesos.
La Casa de Colón, solariega y blasonada, se erguía como un espectro de tiempos antiguos en la vieja provincia de Nueva Antequera de Iturbide.
Su dueño, el general Teodomiro Sánchez Cano, un hombre de mil batallas, había visto caer imperios y levantarse revoluciones solo para aplastarlas con la misma furia con que forjaba muñequitos de hojalata en sus últimos días.
Los años de gloria y guerra quedaban enterrados bajo un manto de polvo, como los cuerpos de sus hombres, un ejército de almas perdidas, harapientas y consumidas hasta los huesos.
Los habitantes del Valle Grande, asolados por tantas historias, decían que aquellos soldados no eran más que ánimas en pena, almas vagando entre la vida y la muerte, esclavos de un destino incierto.
En las noches frías, cuando el viento aullaba por las rendijas de las viejas ventanas de la casa, se oía el ruido inconfundible de una carreta.
Nadie la veía, pero todos sabían que estaba allí.
Las ruedas chirriaban sobre el empedrado, las cadenas arrastraban su eco fantasmagórico por las calles vacías.
Según los más viejos, esa carreta llevaba consigo las almas de aquellos que alguna vez cruzaron los caminos del general Teodomiro, aquellos que le debían su último suspiro en el campo de batalla.
Las campanas de la iglesia repicaban a lo lejos, como una advertencia para quien se atreviera a escuchar.
Teodomiro había luchado en todas las guerras posibles, algunas reales, otras imaginarias. Fue soldado del imperio, revolucionario, contrarrevolucionario, y todo lo demás que exigiera un buen motivo para derramar sangre.
Con el mismo ardor con que empuñaba su sable, amaba a mujeres imposibles, dejando huellas de pasión y tragedia a su paso.
Fue en esos amores donde encontró el principio de su fin.
Su hija, Carmita, nacida de una de esas grandes pasiones ellas noefímeras, había fallecido en la Ciudad de México en circunstancias misteriosas. Pero su presencia nunca abandonó la casa.
Los murmullos entre las paredes eran inconfundibles. Margarita, aún joven, fue testigo de lo impensable.
Una tarde, mientras pasaba cerca de la casa de Colón, escuchó su nombre, “Márgara”, resonar en el aire. La voz, suave pero penetrante, era inconfundible: era Carmita.
El viento parecía haber transportado su lamento desde algún rincón oscuro de la casa, o quizás desde el mismo inframundo, donde su alma ahora residía.
Las historias de ultratumba continuaron sumando capítulos con el paso de los años. En la década de los treinta, un terremoto sacudió la región, y parte de la casa de Colón se vino abajo. Fue entonces cuando la familia Sánchez Cano decidió abandonar el lugar, emigrando a la capital, dejando la casa en manos de Don Memo, un hombre de mirada inquisitiva y manos rudas.
Según cuentan, Don Memo pronto se dio cuenta de que la casa ocultaba más que sombras y recuerdos. Decidido a desvelar sus secretos, comenzó a excavar bajo los cimientos.

Lo que encontró fue algo que pocos se atreverían a desenterrar: oro, enterrado por generaciones anteriores, tal vez oculto allí durante alguna de las tantas guerras que habían teñido de sangre esas tierras.
Pero la fortuna siempre tiene un precio, y Don Memo no lo sabía. Las luces que anunciaban el tesoro —las mismas que algunos ya habían visto danzar sobre la tierra en las noches oscuras— no eran solo una señal de riqueza, sino también un augurio. El dueño del oro debía elegir al merecedor, y si uno tomaba lo que no le correspondía, sería arrastrado al otro mundo, convertido en una sombra más entre las muchas que ya habitaban la casa.
Don Memo, ciego por la ambición, ignoró las advertencias.
Tomó el oro, pero con él, también se llevó el destino que aquel tesoro maldito arrastraba consigo.
La casa de Colón se quedó en pie, testigo de otro más que se unía al ejército de almas que allí rondaban, presos de su propia codicia o simplemente víctimas de la antigua maldición que parecía habitar en cada ladrillo, en cada tablón de madera, en cada sombra que se movía al caer la noche.
El legado del general Teodomiro Sánchez Cano, sus guerras, sus amores y sus tragedias, vivía no solo en los recuerdos de los más viejos del Valle Grande, sino también en las paredes de aquella casa blasonada, que respiraba a través de las historias contadas al calor del fuego.
Nadie se atrevía a entrar en ella, no después de lo que le ocurrió a Don Memo y menos aún tras los extraños sucesos que continuaban asolando el lugar.
Las luces seguían apareciendo en la casa de Colón, danzando como brujitas en la oscuridad, como almas buscando un reposo eterno que nunca llegaría. Quien las viera sabía que debía alejarse, o el eco de las cadenas y la carreta lo seguiría para siempre, llevándolo hacia un destino del que ya no podría escapar. Así, las almas atrapadas en aquel lugar seguirían vagando, tan inalcanzables como los recuerdos de las revoluciones perdidas y las pasiones olvidadas del general Teodomiro.
El General sigue haciendo soldaditos de hojalata oaxaqueños en el patio de ladrillo, bajo los azahares del naranjo, al lado del pozo de las monjas, y en las noches de mucha luna, se puede observar claramente su silueta inefable y eterna al contraluz de la luna traviesa, testigos miles de las batallas y los muertos. Aún no puede dejar el sable que le quitó a un soldado ruso, allá por la cañada .
Ahora el Soldado ruso le acompaña.
Hoy huele a azahares de naranjo y se ven las hadas.
Y los azahares siguen…
Con aprecio al padre de mi abuela Isabel Sánchez Cano: Sr. General Edmundo Sánchez Cano, a los 60 años de su separación física de este mundo lleno de guerras.
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