APUNTE DIARIO SOBRE LETRAS HIPNÓTICAS.

Cuento del domingo · Ciencia ficción.

Por el Dr. Arturo David Vásquez Urdiales.

La máquina que recordaba el porvenir.

A mí amigo David Fragoso, por su valiosas aportaciones a la ciencia.

David Dorsey llega al Instituto Politécnico Nacional cuando la ciudad todavía no ha decidido quién manda: si la noche que se resiste o el día que empuja. Son las seis de la mañana y Cuajimalpa —ese borde improbable de la capital— huele a humedad, a pino distante y a concreto que guarda secretos. David camina por los pasillos con una puntualidad que no es disciplina, sino superstición: llegar temprano es su forma de pedirle permiso al tiempo.

Entra al laboratorio del Instituto de Ciencias de la Comunicación. Paredes pálidas, mesas de metal, cables que parecen raíces arrancadas. Sobre un escritorio, la Printa Forum: una computadora vieja, carcasa beige, monitor de fósforo verde, teclado duro como un catecismo. No hay red. No hay módem. No hay línea telefónica. David lo sabe con certeza notarial: dejó la máquina apagada la noche anterior.

Deja su portafolios, sirve café, abre el cuaderno de clase. Va a escribir “Comunicación, código y ruido” en el pizarrón cuando escucha el zumbido. No es eléctrico. Es íntimo, como si el aire recordara algo. La pantalla se enciende sola. Verde absoluto. Letras grandes, apareciendo una a una, con torpeza reverente.

¿Qué cosa es esto?
¿Qué luz me mira sin vela?
¿Es máquina infernal?

David se queda de pie. Piensa en una falla. Piensa en una broma. Piensa en el cansancio. Pero el texto no bromea. El texto pregunta. David se acerca al teclado sin tocarlo.

—¿Quién escribe? —dice, y su voz suena demasiado humana para la ocasión.

La respuesta tarda, como si viniera a pie desde otro siglo.

No sé escribir como vos.
Veo letras nacer sin tinta.
Mi nombre es Thomas Aylewarde.
Soy de Wych Malbank, en Cheshire.
Año del Señor de 1478.

David se sienta despacio. Wych Malbank existe. Cheshire existe. El año no le pertenece a ningún libro abierto frente a él. El laboratorio, de pronto, no es un lugar: es una grieta.

—Esto es una computadora —escribe David, con una prudencia que no sabe de qué se protege.

No comprendo.
Veo fuego sin humo.
Oigo voz sin boca.
En mi cámara se abre un cuadro de luz.
Y vos estáis dentro.

David siente que el tiempo lo mira a los ojos. Piensa en explicarle la electricidad, el silicio, los impulsos. Se detiene. No hay idioma para eso. Le escribe lo único honesto:

—Soy un hombre. Estoy en México. Enseño cómo viajan los mensajes.

¿Sois ángel o demonio?
En el mercado dicen que el diablo escribe contratos.

David sonríe con tristeza. El diablo, piensa, siempre ha sido un notario del miedo.

—No quiero nada de ti —escribe—. Tampoco entiendo cómo hablamos.

Yo tampoco.
Mas cuando el cuadro aparece siento que mi cuerpo se vuelve brisa.
Y temo no volver.

La pantalla parpadea. Se apaga. Afuera, el instituto despierta con pasos, llaves, murmullos. David mira el vidrio negro del monitor como quien ha visto un rostro desaparecer en el agua.

Al día siguiente, a las seis exactas, la Printa Forum se enciende sola. Al siguiente, también. El tiempo adquiere una puntualidad quirúrgica. Thomas escribe cada mañana. Habla de la granja, del barro, del mercado de Chester, del miedo al invierno. Habla de luces que entran a su cuarto y de una voz que no reza ni maldice. David responde con cuidado, como si cada palabra pudiera alterar un mundo.

Una mañana, Thomas escribe algo distinto.

Anoche oí pasos en mi cámara.
No eran de mi casa.
Eran de hierro.
Y una voz sin cara dijo: “No hables”.

David siente que el asombro se convierte en amenaza. Revisa la cerradura del laboratorio: un rasguño nuevo. En el pasillo, un hombre con bata que no reconoce lo mira demasiado tiempo. El antagonista toma forma sin nombre: vigilancia, institución, corrección.

Ese mismo día, a las seis con dos minutos, el texto cambia. La ortografía es perfecta. El tono, glacial. Una firma numérica aparece.

2109

No interfieras.
No registres.
El canal no te pertenece.

David escribe con el pulso tenso.

—¿Quién eres?

Somos continuidad.
Esto no es accidente.
Es diseño.

Luego, una orden desnuda:

Escribe el libro.

David entiende que la frase no pide: sentencia.

Desde ese día, el canal se ensancha. Aparece otro nombre.

A. Whitmore — Wellington — 1916

Arthur Whitmore escribe desde una máquina de impresión experimental. Dice que no debería responder. Dice que se embarca hacia Europa. Dice que la guerra promete ser corta. David lee sabiendo que la promesa miente. Whitmore escribe desde el mar, desde la trinchera, desde el regreso mutilado. Habla del barro, de un caballo sin cara, de un amigo que se queda en el fango. En 1930 escribe poco. Una frase queda clavada: Sobrevivir también cansa.

Luego aparece Francia.

Étienne Morel — Lyon — 1941

No escriba mi nombre completo, dice. Si interceptan esto, muero. Habla de ocupación, de radios escondidas, de trenes que parten llenos y regresan vacíos. Habla de una noche de 1944 donde un disparo apaga un idioma. David se convierte en testigo de guerras que no le pertenecen pero lo reclaman.

El instituto reacciona como reaccionan los sistemas: con sospecha. Consumo eléctrico irregular, dicen. Encendidos fuera de horario. Un jefe de área lo llama. Si su laboratorio da nota, lo cierran. David intenta grabar el fenómeno. La cámara solo registra estática. Al día siguiente, Thomas escribe:

No traigáis ojo extra.
La luz se enoja.

2109 vuelve a escribir, con una calma que hiere.

Tu piedad es ruido.
Operamos a escala de especie.

David entiende: el futuro se presenta como administración. No como ángel.

Una madrugada, el laboratorio huele a ozono. La pantalla se enciende con violencia. Thomas grita en letras torcidas: hombres de hierro, una caja que respira, su hermana arrastrada por la luz. Whitmore ve bengalas que escriben. Morel escucha números en la radio. El canal colapsa en todos los tiempos.

2304 aparece como un tercer filo.

El control falló.
Ahora verás sin filtros.

Habla de guerras por agua, por datos, por aire. Habla de la Tierra conquistada primero por la prisa. Habla de otros mundos con cansancio. El futuro, entiende David, no es promesa: es deuda.

La puerta del laboratorio recibe golpes. Dos hombres entran con trajes y portafolios. Uno trae guantes. El otro, una caja metálica que zumba. “Apártese”, dicen. 2109 ordena retirada. 2304 susurra la única salida:

Si quieres salvarlo, corta el canal.
Quema la máquina.

David mira la Printa Forum como quien mira un corazón ajeno latiendo fuera del cuerpo. Quemarla es cerrar la ventana. Dejar sin voz a todos. Pero también es impedir la extracción. Elige. Arroja el café, acciona el extintor, cubre la máquina de polvo blanco. La pantalla parpadea.

Gracias por no dejarme, escribe Thomas, justo antes del silencio.

2109 deja su última amenaza: Te arrepentirás. La máquina muere.

Los hombres se van. El castigo será burocrático: investigaciones, suspensión, descrédito. El instituto expulsa lo extraño. David se queda con el silencio, que también pesa.

Un mes después, llega un sobre desde Luxemburgo. Letras torcidas. Firma: 2105.

No debiste quemarla.
El canal buscará otra boca.
Escribe el libro.

David mira la ciudad desde su ventana. Todo sigue. Nada sigue. Abre un cuaderno. Escribe. No para obedecer, sino para que el porvenir no tenga la última palabra. Entiende que el relato es la grieta que el control no sella. Apaga la lámpara. En la oscuridad, por un segundo, cree oír un zumbido leve. No viene de ninguna máquina. Viene del mundo.

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Dr. Arturo David Vásquez Urdiales
Arturo David Vásquez Urdiales Zuazubiskar es notario público, abogado y escritor oaxaqueño. Fundador de la serie Apunte diario sobre letras Hipnóticas y autor de obras como Los siete ojos del gato negro y La piedra del tiempo, su estilo mezcla historia, mística, crítica social y visión futurista. Con más de 35 años de trayectoria jurídica, ha sido Consejero Jurídico del Estado de Oaxaca y hoy encabeza la Notaría Pública número 100. Su escritura explora los umbrales entre lo real y lo invisible. También es creador del idioma universal Zawki y promotor de la Fundación de Letras Hipnóticas AC.

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