Por Arturo Vásquez Urdiales

03 de noviembre de 2024

Primer Leyenda

La catrina que se lleva a los taxistas malos.

Hay en Oaxaca un aire que no es de este mundo, especialmente cuando la bruma del Día de Muertos se despliega como un velo, abriendo portales entre los vivos y los muertos.

Esa ciudad, con su paz nocturna y sus caminos de cal y piedra, es testigo de historias que parecieran surgir de sus cimientos, como si el mismo polvo y las paredes guardaran secretos que solo se revelan en susurros bajo la luna.

Entre esas historias, una de las más inquietantes se susurra en las esquinas y se murmura entre taxistas: la historia de la pasajera que nunca llega a su destino.

Se dice que muchas noches, entre las once y las doce, cuando el silencio comienza a apoderarse de las calles, aparece una mujer en la calle de Tinoco y Palacios o, a veces, en Crespo. Una mujer de elegancia fantasmal, vestida en un atuendo oscuro y antiguo, lleva consigo un ramo de flores blancas, tan frescas que parecen recién cortadas.

Olorosas, de hecho el olor perdura algunos dias.

Con un gesto sutil, levanta la mano para hacer la parada a cualquier taxi que pase en ese momento. Los taxistas, acostumbrados a la vida nocturna, a veces ven el misterio en sus ojos, pero ninguno podría prever lo que ocurrirá después.

“¿A dónde la llevo, señora?” pregunta el conductor, sin saber que ese instante puede ser el último en su vida.

La mujer, con una voz suave y antigua, murmura apenas una dirección: “Al Panteón General, por favor.” Nada fuera de lo común hasta ese momento.

El taxi avanza, el motor ronronea sobre el empedrado y, al llegar frente a la puerta del panteón, la mujer pide esperar un momento mientras deja las flores. El conductor, paciente, observa cómo la figura se desliza del auto y, en un estremecimiento que le recorre el alma, nota que la mujer no camina… flota.

Esa imagen bastaría para erizar la piel de cualquier hombre, pero la sorpresa inmoviliza al taxista, que observa cómo la dama desaparece por las puertas del panteón, atravesándolas como un susurro que se disuelve en la penumbra.

Pasa un tiempo y la mujer nunca regresa. Desconcertado y con el frío de la noche clavado en los huesos, el conductor decide marcharse, pero lleva consigo el peso de una advertencia antigua: los que ven a esa mujer, cuentan la historia, pero solo hasta unos días después, pues, sin falta, sus almas se desvanecen en circunstancias inexplicables.

Esta leyenda resuena en la memoria de Oaxaca, como una campana fúnebre. Durante años, muchos taxistas han contado esta historia, y cada uno, sin excepción, ha encontrado un destino oscuro poco después de su encuentro con la pasajera espectral.

Algunos murmuraban que una maldición rondaba a aquellos que recogían a la mujer del ramo de flores. Otros afirmaban que, si uno la miraba directamente a los ojos, su espíritu quedaría marcado, destinado a vagar entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

Cuenta la gente de la ciudad que, en algún lugar perdido del Panteón General, existe una tumba en ruinas, olvidada y cubierta de musgo, donde descansa un alma que nadie recuerda, una mujer de otro tiempo que, al parecer, aún necesita flores. Dicen los ancianos que, años atrás, los familiares solían colocar un altar especial para “el muerto olvidado”, alguien que había quedado sin parientes que cuidaran de su descanso eterno.

Tal vez, se murmura, esa misma tradición fue olvidada con los años, y hoy, aquel espíritu vaga buscando quien le entregue las flores que nunca recibe.

Algunos aseguran que en las vísperas del Día de Muertos, cuando el velo entre los mundos se adelgaza, el alma de esta mujer emerge de su descanso para buscar ese tributo que nadie ya coloca en su tumba. Quizás busca un regreso al mundo de los vivos, o tal vez un descanso eterno. Pero aquellos que cruzan su camino, que la miran a los ojos sin saber quién es, parecen no tener escapatoria.

Así, la ciudad de Oaxaca se convierte en el escenario de un misterio profundo y antiguo. Cada año, más taxistas, más historias, y más rumores tiñen la atmósfera de leyenda, mientras el Panteón General permanece como un recordatorio mudo de aquellas almas que no pueden irse, de esos espectros que aún guardan asuntos pendientes. Algunos taxistas, al caer la medianoche, evitan pasar por Tinoco y Palacios o Crespo, esperando no ser el siguiente en encontrar a la dama de las flores blancas. Sin embargo, otros, más jóvenes, ven la historia como una mera superstición… hasta que la ven.

Oaxaca es un lugar donde los muertos tienen voz, donde la memoria se escurre entre las sombras de la noche y el aroma del copal. La gente afirma que esta historia es real, que el Día de Muertos, la ciudad abre sus puertas a quienes desean regresar, aunque solo sea por unas horas. Y entre esos visitantes, hay almas como la de la dama de las flores, un espíritu vagante, condenado a vagar por la eternidad.

Quizás, como dicen algunos, aquella mujer solo busca a alguien que recuerde su nombre, que al menos un día del año le rinda tributo, para que por fin pueda descansar en paz.

Porque en Oaxaca, las ánimas a veces se van, y otras, nunca lo logran.

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Le invito a compartir esta columna y desarrollar un mundo mejor llenitito de buenos lectores, agradezco mucho su atención.

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