por Arturo Vásquez Urdiales:
04 de noviembre de 2024
Terminaremos esta temporada de leyendas terroríficas con el relato que mis lectores –miles, centenares, figuras poligonales, octaedros de lectores– me han pedido sin cesar: la historia de la señorita Virginia Solana. Un clásico oaxaqueño, un relato que ha traspasado generaciones y sigue vivo en la memoria colectiva de nuestra tierra. Agradezco a mis dos tías y a mi primo Carlos, quienes me insistieron en contarlo y contribuir así a la preservación de esta leyenda escalofriante.
Corría el año de 1934, aunque otros insisten en que fue en 1936. Por entonces, la familia Solana era el emblema de riqueza y poder en Oaxaca, descendientes de aquellos hacendados de Porfirio Díaz que poseían tierras y negocios estratégicos, desde haciendas en Tlaxiaco y Huajuapam de León, hasta el molino de harina que por años se mantuvo en la hoy Plazuela Vicente Guerrero. En aquellos días, aún resonaba el eco de sus dominios en el Valle Grande, en el Centro y en los pueblos aledaños, donde su influencia era innegable. Con sus fábricas, sus siembras de trigo y aquellos silos llenos hasta el tope de grano para haacer harina, la familia Solana representaba lo que significaba tener poder.
Don Carlos Solana era el patriarca, un hombre de poderío temible, con un semblante que intimidaba tanto como sus conexiones. A él le nacieron tres hijos. Uno, un gran literato y filósofo de Oaxaca, conocido y respetado. Otro, conocido popularmente como “la Perra Solana”, un personaje pintoresco del Centro y el Zócalo de Oaxaca, famoso por su inclinación hacia la vida bohemia y amistades de dudosa reputación. Y por último, la joya de la familia: la señorita Virginia Solana, joven de increíble belleza, cuya blanca palidez la hacía resaltar entre la sociedad oaxaqueña como una figura mística.
La historia que nos ocupa sucedió en una de esas tardes veraniegas entre 1934 y 1936. Virginia, a eso de las 6:30 de la tarde, abordó un taxi en la avenida Juárez, conocido como “El Llano.” El conductor, don Antonio Güendulain, era un taxista de confianza del sitio Alameda, y el vehículo en cuestión, un Ford modelo A de cuatro puertas, era una rareza en aquellos tiempos. Don Antonio, hombre sencillo, sin malicia en su corazón, aceptó llevar a la señorita Virginia en un recorrido por los templos de Oaxaca: Guadalupe, la Catedral, La Merced, La Soledad y, finalmente, el panteón de San Miguel.

La presencia de Virginia no levantó sospechas; don Antonio quedó prendado de su hermosura, pero sin otro pensamiento más que el de un servicio impecable. A cada parada, la joven descendía del taxi con un ramo de flores y regresaba serena, envuelta en un aire de solemnidad, hasta que, al llegar al panteón de San Miguel, su semblante se volvió más sereno, casi etéreo. Fue allí donde, en medio de la neblina de la extinta tarde, Virginia se acercó al taxista y, en un susurro casi celestial, le entregó una carta sellada y un anillo de oro en forma de cisne, adornado con circonios y diamantes.
“Lleva esta carta a mi padre, don Carlos Solana, en la calle de Independencia número 16,” dijo, con voz firme y suave. “Dile que te pague el servicio y le entregas este anillo como seña. No te atrevas a quedarte con ellos, pues mi padre es muy poderoso y no perdonará la traición.”
Don Antonio aceptó la encomienda sin dudar, y con el corazón acelerado, llevó la carta y el anillo a la casa señorial de don Carlos Solana. Al día siguiente, pidió entrevistarse con el hacendado y, al mencionar que traía un mensaje de Virginia, fue conducido de inmediato al despacho de don Carlos. La reacción fue inesperada: al escuchar el nombre de su hija, el semblante del patriarca se llenó de furia y temor, pues Virginia llevaba seis meses muerta, enterrada en el mismo vestido que había soñado usar en su viaje frustrado a Europa, un viaje para celebrar sus veinte años.
Don Antonio, confundido y aterrado, relató cada detalle del recorrido, la apariencia de Virginia, su vestido, el modo en que la joven descendía y ofrecía flores en cada templo. Describió el vestido de gala, el anillo, su porte distinguido. Todo coincidía, hasta el anillo que la abuela de Virginia le había regalado en sus quince.
Don Carlos, pálido, abrió la carta que la difunta le había dejado. El contenido de la misiva, de al menos tres páginas, nunca fue conocido por nadie más. Sin embargo, se sabe que predijo el destino de la familia Solana: pérdidas irreparables, el desplome de su riqueza, tragedias familiares que ni la advertencia de Virginia pudo evitar. A pesar del aviso, el destino estaba ya trazado: la familia Solana fue despojada de sus bienes, sus tierras y fábricas cayeron en el abandono, y sus hijos se sumergieron en el infortunio.
El final para el taxista tampoco fue menos trágico. Tras entregar el mensaje y ver la tumba de Virginia para comprobar que todo estaba en orden, don Antonio comenzó a perder el habla y la movilidad, hasta que tres meses después, en un acto final de ironía mortal, sucumbió a un “susto linfático” que lo llevó a la tumba.
Así quedó sellada esta leyenda que hasta el día de hoy pervive en Oaxaca. La tumba de Virginia Solana descansa en la sección de las familias pudientes del panteón de San Miguel, separada apenas por dos metros de la zona del pueblo llano, donde también reposa el humilde taxista. En vida, los separaba un abismo de riqueza y clase; en la muerte, solo los divide una pared de cantera verde, como testigos mudos de que, en el final, la eternidad no conoce de distancias sociales.
La casona de la familia Solana, en el número 206 de la calle Independencia, frente a la escalinata del Jardín Sócrates, junto a la iglesia de La Soledad, sigue en pie. Entre el abandono, el óxido y la desidia, los oaxaqueños saben que allí se respira todavía la presencia de Virginia Solana y los ecos de una historia que se convirtió en leyenda.
Urdiales Zuazubizkar fundación de letras hipnóticas
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