Apunte diario sobre Letras Hipnóticas
Por Arturo Vásquez Urdiales
BENEFICIOS DE LA ENCARNACIÓN.
Cita inicial
BENEFICIOS DE LA ENCARNACIÓN
Con la reencarnación, desaparecen los preconceptos de razas y de castas, pues el mismo Espíritu puede volver a nacer rico o pobre, capitalista o proletario, jefe o subordinado, libre o esclavo, hombre o mujer. De todos los argumentos invocados contra la injusticia de la servidumbre y de la esclavitud, contra la sumisión de la mujer a la ley del más fuerte, no hay ninguno que prime, en lógica, al hecho material de la reencarnación. Sí, pues, la reencarnación funda en una ley de la Naturaleza el principio de fraternidad universal, también funda en la misma ley el de la igualdad de los derechos sociales y, por consiguiente, el de la libertad. Tirad al hombre el Espíritu libre e independiente, sobreviviente a la materia, y haréis de él una simple máquina organizada, sin finalidad ni responsabilidad; sin otro freno que el de la ley civil y propia a ser explotada como un animal inteligente. Sin esperar nada después de la muerte, nada obsta a que aumente los gozos del presente; si sufre, sólo tiene la perspectiva del desespero y la nada como refugio. Con la certeza del futuro, con la de encontrar de nuevo a aquellos a quien amó y con el temor de tornar a ver a aquellos a quien ofendió, todas sus ideas cambian. El Espiritismo, aunque sólo hubiese forrado al hombre a la duda relativa a la vida futura, habría hecho más por su perfeccionamiento moral de que todas las leyes disciplinares, que lo detienen algunas veces, pero que no lo transforman.
ALLAN KARDEC
Del Libro: “Génesis” – Capítulo I – Ítems 36 y 37
Introducción
Este pasaje de Allan Kardec, con la sencillez de una fórmula pero con la hondura de un abismo, nos invita a pensar no sólo en el destino del hombre, sino en el tejido cósmico en el que cada existencia es un hilo que se enreda, se corta y vuelve a nacer en otro lugar del telar. El enigma de la reencarnación no es solamente un misterio religioso, sino una pregunta filosófica, antropológica y social: ¿qué fuerza hay en el espíritu para atravesar la frontera de la muerte y volver a animar la carne? ¿Qué se espera de esa sucesión de vidas que, como cuentas en un rosario eterno, nos van puliendo hasta convertirnos en algo más luminoso?
Hoy abrimos estas páginas no para responder con certeza dogmática, sino para pensar en voz alta, para filosofar en el umbral del misterio, para darle al lector —y a nosotros mismos— una oportunidad de contemplar el horizonte donde la eternidad se asoma.
I. El espíritu frente al espejo de la historia
Desde la antigüedad, la reencarnación fue imaginada por griegos, hindúes, egipcios y mayas. Pitágoras hablaba de la metempsicosis, los Vedas narraban ciclos de renacimiento, y los egipcios soñaban con la balanza de Anubis pesando las almas antes de que estas pudieran volver a vestirse de tiempo. En el Popol Vuh, los gemelos heroicos mueren y resucitan, enseñando a los pueblos que la muerte no es final, sino transformación.
Lo que Kardec propone es que este viaje del espíritu no es un mito poético ni un recurso de consuelo, sino una ley natural. Así como el agua se convierte en nube, lluvia y río, el espíritu se convierte en niño, anciano, esclavo o rey. Y en esa rotación de papeles, se derrumba el orgullo de las castas y la arrogancia de las fortunas, porque aquel que hoy manda fue ayer siervo, y el que hoy sufre pudo ser verdugo en otro tiempo.
II. Filosofía de la igualdad espiritual
Si todos hemos sido ricos y pobres, ¿qué sentido tiene despreciar al mendigo? Si todos hemos sido hombres y mujeres, ¿qué sentido tiene la discriminación de género? El argumento de Kardec es devastador en su simplicidad: la reencarnación es la única teoría que destruye de raíz los prejuicios sociales, pues nos recuerda que no existe identidad fija en la carne, sino una identidad profunda en el alma.
Esto nos coloca frente a un dilema filosófico: ¿es la justicia humana ciega porque lo es también la justicia cósmica? O, más bien, ¿la justicia humana debe ser espejo de esa justicia cósmica, garantizando en esta vida la igualdad que se revela en el eterno retorno de las existencias?

III. Testimonios y experiencias
En múltiples relatos recogidos por psiquiatras, antropólogos y buscadores espirituales, se encuentran huellas de memorias que parecen no pertenecer a esta vida. Niños que recuerdan con detalle ciudades donde nunca han estado; personas que cargan fobias inexplicables que corresponden a muertes antiguas; amores a primera vista que parecen reconocimientos más que descubrimientos.
El Dr. Ian Stevenson, de la Universidad de Virginia, documentó más de dos mil casos de niños que afirmaban recordar vidas pasadas. La reencarnación, desde esta perspectiva, deja de ser sólo una creencia para transformarse en una hipótesis investigable, aunque nunca reducible a lo meramente científico.
¿Quién, en su intimidad, no ha sentido alguna vez la nostalgia de un lugar nunca visitado? ¿Quién no ha tenido la impresión de haber vivido ya una conversación, un encuentro, un destino? Ahí laten, como grietas en el muro del tiempo, las señales de que lo vivido no se agota en un solo calendario.
IV. El hombre sin espíritu: máquina y vacío
Kardec nos advierte: si al hombre se le quita el espíritu, lo que queda es una máquina inteligente que busca placer y evita dolor. Una bestia racional capaz de ser explotada. Y entonces el sentido de la vida se convierte en la supervivencia más egoísta, y la muerte en la nada más devastadora.
Aquí la filosofía existencialista se cruza con la espiritista. Sartre decía que “estamos condenados a ser libres”, pero su libertad era la de un ser arrojado a la nada. Kardec responde: no, no somos arrojados al vacío, sino al infinito. Y el infinito no condena, educa. La libertad que parece condena se vuelve escuela, porque cada error será vivido después desde la otra orilla: el verdugo renace como víctima, el egoísta como mendigo, el déspota como siervo.
V. Reflexión hipnótica: ¿hay o no hay otras vidas?
La pregunta late como tambor en el corazón humano: ¿hay otras vidas? El racionalismo dirá: no. El espiritualismo contestará: sí. Pero quizá lo más fecundo es sostener la duda activa, la que despierta y no adormece. El que duda filosofa; el que filosofa, se transforma.
Imaginemos que sí hay otras vidas: la existencia se vuelve escuela, no castigo. La injusticia social deja de ser definitiva, porque hay otras oportunidades de equilibrar la balanza. El amor se vuelve eterno, porque siempre hay reencuentros. Y el odio, también, porque no podemos huir de lo que hemos causado.
Imaginemos que no hay: entonces la única vida es ésta, y el sentido está en cuidarla con toda intensidad, en no desperdiciar ni un instante, en amar como si mañana no existiera. En ese escenario, también la ética tiene fuerza: la nada no excusa, sino que hace más urgente la dignidad.
VI. El espíritu como fuerza
Más allá de dogmas, el espíritu es fuerza. Una energía que se manifiesta en sueños, intuiciones, artes, amores, corajes. Es lo que levanta a los pueblos oprimidos y lo que sostiene a las madres cuando todo parece perdido. Esa fuerza, que los físicos llaman conciencia y los místicos llaman alma, es la que Kardec defiende como inmortal.
El espíritu no sólo sobrevive a la materia: la organiza, la fecunda, la hace vibrar. Y cuando abandona el cuerpo, regresa a un océano del cual vuelve a brotar, una y otra vez, hasta que aprende todas las lecciones de la existencia.
VII. Conclusión poética y filosófica
El hombre no es un accidente en el cosmos, sino un viajero que repite trayectos hasta que su memoria se ilumina. Cada lágrima es aprendizaje, cada beso es semilla que germinará en otra vida. La reencarnación no es castigo ni consuelo: es pedagogía. Y su lección mayor es la fraternidad.
Allan Kardec, con esta certeza, abrió un camino que no se cierra con la duda. Porque aun si la reencarnación fuese sólo metáfora, sigue siendo la metáfora más poderosa de la igualdad: todos somos el mismo río en distintas curvas, todos somos la misma llama en distintas antorchas.
Y si al final de los tiempos resulta que todo era cierto, entonces nos reencontraremos con quienes amamos y aprenderemos a reconciliarnos con quienes herimos. Ese es el destino último del espíritu: volver a la unidad, después de haber sido muchos.
✨ Reflexión final:
El hombre pregunta qué lo espera después de la muerte. El ente pregunta qué lo espera después de cada renacimiento. El espíritu responde con silencio, porque la respuesta no cabe en palabras. Y, sin embargo, aquí estamos, escribiendo y leyendo, filosofando y soñando, como si cada letra fuese una semilla en la vastedad del tiempo.
Urdiales Zuazubiskar fundación de letras hipnóticas AC quienes le invitamos a compartir esta columna y desarrollar un mundo mejor llenitito de buenos lectores, agradezco mucho su atención ©®



