Con motivo de su nombramiento como Magistrado de Circuito en Materia Civil
Hoy la justicia mexicana escribe un nuevo capítulo con tu nombre, Juan Pablo. Y mi corazón, que pocas veces se permite la alegría plena, se llena de orgullo legítimo al ver que has alcanzado este alto nombramiento.
Eres una persona muy estudiosa y dedicada. Ello es innegable.

Este logro no es solo tuyo. Es fruto del esfuerzo de tus padres, de tu padre, Juan de Jesús Vásquez Urdiales, mi hermano, quien supo abrir camino en los tribunales. Y es también herencia de tu madre, Adriana Calvo de Vásquez, que sostuvo con constancia la raíz familiar. Esta felicitación, pues, es doble: es para ti y también para tu padre, porque en ti veo reflejado el temple de quien supo sembrar disciplina y estudio.
El eco del Quijote y la justicia.
Permíteme recordar, querido Juan Pablo, aquellas palabras que el Quijote dirigió a Sancho Panza cuando iba a gobernar su ínsula:
“Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia.
Y si acaso hubieres de inclinarte, que sea hacia la piedad humana.”
Ese consejo, antiguo y eterno, es el mismo que te dedico hoy. La toga del magistrado no es armadura de soberbia, sino servicio a los más pobres, a los olvidados, a quienes apenas tienen voz en la balanza.
Los soberbios se defienden solos.
Y con los juristas grandes resuena la misma advertencia:
- Ulpiano nos decía que la justicia es “dar a cada quien lo suyo”.
- Montesquieu advertía que “una injusticia hecha al individuo es una amenaza contra toda la sociedad”.
- Couture, al hablar a los abogados, nos pedía nunca olvidar que el Derecho es antes que nada una forma de vida.
Entre la familia y la esperanza
Sé que nuestra familia está desintegrada, que los años nos han vuelto lejanos, que no sé si volveré a ver a mi hermano Juan o a ti. Pero eso no obsta para que esta felicitación surja de lo más hondo de mi alma, como si el tiempo y la distancia se borraran.
No sé siquiera si mi anciana madre, Oralia Urdiales de Vásquez, se haya enterado de este nombramiento. Lo dudo. Pero en el nombre de ella y de mi padre, don Alfredo Nahum Vásquez Escamilla, a quienes bendigo hasta el lugar del cosmos donde habitan, elevo una extraordinaria felicitación. Estoy seguro de que desde su eternidad sonríen con orgullo.
A mis hermanos Alfredo y Pedro les envío también afecto, con palabras que saben a eso, a hermanos, porque no hay bien inmueble que destruya lo que el universo hilvanó, y quizá desearía verlos por una vez más, aunque no lo diga. Porque la desintegración que sufrimos, marcada por el machismo y la incomprensión, no puede borrarnos la sangre ni la raíz. Tu, hoy en tu alegría debes ver que esté gran logro es solo tuyo, cómo tuyas serán las sentencias que dices, la justicia que importas, el perdón que logres, la reivindicación que se reclama, el honor a la Corte que bastante falta le hace, menudo reto, solo a la altura de tu Toga.
Te deseo, al final de los tiempos
Juan Pablo, tenéis un gran reto. Haz de este nombramiento un ejemplo de justicia, benevolencia y amor por los seres humanos. Miremos nuestras realidades, desigualdades, pobrezas y miserias: allí está el verdadero campo de tu labor.
Y al final de los tiempos, cuando el veleidoso dios Cronos toque a tu puerta y te pregunte qué puede hacer por ti, deseo que, como Diógenes ante Alejandro, solo le digas:
“Apártate, porque me tapas el sol.”*
Ese será tu triunfo: vivir sin pedir nada, sino con la satisfacción de haber sido justo.
Te deseo, como los sabios latinos, luengos días y fama próspera; como los antiguos egipcios, que tu corazón pese más ligero que la pluma de Maat en la balanza sagrada; y como los poetas eternos, que tu nombre quede grabado en la arena del tiempo y en la memoria de tu pueblo.
Nada he de pedirte. Solo mi reconocimiento y mi felicitación sincera, amable, de corazón lleno de alegría y con nobleza.
Con orgullo y esperanza,
Arturo David Vásquez Urdiales



