Apunte diario sobre letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

Feminismo, quitad de inmediato los ojos del siguiente poema, de Sesto, poeta Español y Mexicano, quizá un poco machista patriarcal para la visión de 2025:

Leed, lea usted y salga corriendo:

LAS ABANDONADAS.

Cómo, me dan pena las abandonadas,
que amaron creyendo ser también amadas.
Y van por la vida llorando un cariño,
recordando a un hombre y arrastrando un niño.
Como hay quién derribe del árbol la hoja,
y al verla en el suelo, ya no la recoja,
y hay quién a pedradas tire el fruto verde,
y lo eche rodando después que lo muerde.
Las abandonadas son frutas caídas,
del árbol frondoso y alto de la vida,
son más que caídas, fruta derribada,
por un beso artero, como una pedrada.
Por las calles ruedan estas tristes frutas
como maceradas mansanas intutas
y en sus pobres cuerpos antaños surgentes
llevan la indeleble marca de sus dientes.
Tienen dos caminos que escoger
el quicio de una puerta honrada
o el harén del vicio,
y en medio de tanto, de tantos rigores
hay quién al hablarles, se atreva de amores.
Aquellos magnates que ampararlas pueden
más las precipitan para qué más rueden
y hay quién se vuelva su postrer verdugo
queriendo exprimirlas, si aún les queda ugo.
Las abandonadas son como el bagazo,
que alambica el beso y exprime el abrazo,
si aún les queda zumo, lo chupa el dolor,
son tristes bagazos, bagazos de amor.
Cuando las encuentro me llenan de angustia,
sus senos marchitos, y sus caras mustias,
y pienso que llevan en sus arrepentimientos
un niño que es hijo del remordimiento.
El remordimiento lo arrastra algún hombre oculto
que al ver a esos niños de blondos cabellos
yo quisiera amarlos y ser padre de ellos.
Las abandonadas me dan estas penas
porque casi todas son mujeres buenas
son manzanas secas, son frutas caídas,
del árbol frondoso y alto de la vida.
De sus hondas cuitas ni el Señor se apiada,
porque de esas cosas Dios no sabe nada,
y así van las pobres, llorando un cariño,
recordando a un hombre, y arrastrando un niño.

Ahora:

—va

Apunte diario sobre letras Hipnóticas.

Julio Sesto y Las abandonadas: la fruta caída del árbol de la vida

Por Arturo Vásquez Urdiales

—🐝🐝

I. El eco de un poema

Hay poemas que son espejos empañados de un tiempo, donde la sensibilidad se viste de compasión pero también de prejuicio. Las abandonadas de Julio Sesto —publicado en la aurora del siglo XX, cuando aún latían las brasas decimonónicas— es un retrato de esas mujeres que amaron con fe y quedaron en el desamparo.

El poema fluye como un largo lamento, metáfora tras metáfora, donde la mujer es fruta caída, bagazo exprimido, manzana mustia, carne herida por los dientes del abandono. Sesto escribe con un lirismo sencillo, directo, cargado de imágenes campesinas y de la moral social de su época: la mujer buena que tropieza, que es derribada por un beso artero, no encuentra redención en la historia que se le cuenta. Solo pena, arrastre y remordimiento.

II. El ojo decimonónico

Sesto es un hombre formado en la orilla del siglo XIX. Su visión se hermana con el romanticismo tardío y el realismo sentimental:

La mujer es concebida como ángel caído, víctima pasiva, incapaz de rehacer su destino.

La maternidad aparece como condena: “arrastrando un niño” es metáfora de carga, nunca de esperanza.

El amor masculino es artero, destructor, fugaz. Pero lo femenino no alcanza más que a llorar y subsistir en el filo de la miseria o el vicio.

Es la herencia de una moral católica, patriarcal y compasiva a medias: compasión que contempla, no compasión que emancipa.

III. El contraste con el feminismo actual

Si este poema fuese leído hoy en voz alta en una asamblea feminista, sin contexto, sería acusado de perpetuar la narrativa victimista que durante siglos se impuso a la mujer. Porque el feminismo contemporáneo no tolera ya la imagen de la mujer como fruta pisoteada, como “bagazo de amor”.

El feminismo de hoy leería estas líneas como un testimonio histórico de cómo se juzgaba a las mujeres caídas. Una suerte de epitafio lírico que en vez de liberarlas, las aprisiona en metáforas de ruina.

La crítica feminista señalaría la ausencia de agencia femenina en el poema: la mujer nunca decide, nunca reconstruye, nunca se subleva.

La relectura actual podría, sin embargo, rescatar la denuncia implícita contra el hombre artero, el magnate hipócrita, el verdugo final que exprime lo poco que queda. Allí palpita, aunque inconsciente, una semilla de denuncia social.

Hoy, la mujer ya no se reconoce como fruto caído sino como árbol entero, como semilla que germina incluso desde la herida. Lo que en Sesto es metáfora de derrumbe, en el feminismo es metáfora de renacimiento.

IV. La fuerza poética de la caída

No podemos negar, sin embargo, la belleza amarga del poema. El lirismo de Sesto logra imágenes inolvidables:

La hoja que cae y no se recoge.

La manzana mordida y desechada.

El niño rubio como hijo del remordimiento.

Son estampas de una poesía que quería ser moral y terminó siendo testimonio de un dolor universal. Porque más allá del género, todos hemos sido alguna vez hoja caída, bagazo de amor, cuerpo marcado por los dientes de la vida.

V. La lección hipnótica

El apunte hipnótico de hoy no busca absolver ni condenar a Julio Sesto. Busca mostrar cómo la literatura es un cristal de su tiempo. Las abandonadas es un poema que late con la compasión de un hombre que sintió ternura, pero no alcanzó a imaginar emancipación. Su visión fue la de un siglo que lloraba a las mujeres caídas, pero aún no sabía cómo levantarlas.

El feminismo contemporáneo, en contraste, no llora: transforma. No acepta la metáfora del bagazo, sino la del vino nuevo que surge de la uva pisada.

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VI.

Julio Sesto nos habla desde un México y un mundo donde la mujer se escribía como víctima. Hoy, desde el horizonte del siglo XXI, podemos leerlo como un eco del pasado, un espejo donde reconocemos lo que hemos superado y lo que aún nos falta por transformar.

Las abandonadas de ayer son las insurgentes de hoy.
La fruta caída germina.
El árbol de la vida se multiplica.
Y en cada rama, ahora, canta la libertad.

—🐝🐝

Capítulo II.

Julio Sesto y Las abandonadas: la fruta caída del árbol.

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I. El poema como espejo del tiempo

El eco de Las abandonadas resuena como una plegaria que carga más conculpaciones morales que redenciones. En sus versos, Julio Sesto pinta la mujer herida por el amor fallido como fruta desprendida, como bagazo sin dulzura, como hoja caída que nadie recoge. Su palabra se posa con ternura, pero también con fatalismo: la mujer queda condenada a ser símbolo de pérdida, nunca protagonista de renacimiento.

Este poema, escrito en la primera mitad del siglo XX pero con la sensibilidad heredada del XIX, es un claro documento de la moral decimonónica: sentimentalismo compasivo, pero teñido de juicio social. La mujer que “amó creyendo ser amada” termina en la encrucijada del vicio o la resignación.

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II. La visión decimonónica de Sesto

La lectura de Sesto conserva las constantes del Romanticismo tardío y del realismo costumbrista:

La mujer es objeto de metáfora natural: hoja, fruto, bagazo. Nunca aparece como arquitecta de su destino.

La maternidad se concibe como lastre: “arrastrando un niño” es la imagen del peso, no de la vida.

El hombre aparece como agente del daño: besa y destruye, seduce y abandona, exprime y huye.

La moral dicta las salidas posibles: la puerta honrada o el harén del vicio, dicotomía sin matices.

No es casualidad. En la sociedad mexicana de aquellos años, la “mujer caída” era vista con una mezcla de compasión y condena. Sesto, aún conmovido por su pena, no puede escapar al tono paternalista del tiempo.

—🐝

III. El feminismo actual frente al poema

La lectura contemporánea, desde el feminismo, se alza como contraste fulgurante:

Víctima o protagonista: donde Sesto ve “fruta caída”, el feminismo ve semilla capaz de germinar en otra tierra.

La maternidad como condena vs. maternidad como poder: el niño no es carga, sino continuidad.

La pasividad de la mujer vs. la agencia femenina: hoy se reconoce la capacidad de rehacerse, de reinventar la vida, de no depender del verdugo ni del magnate.

La compasión patriarcal vs. la autonomía: el poema ofrece consuelo, pero nunca libertad. El feminismo busca lo contrario.

Este contraste revela cómo la literatura puede perpetuar imaginarios de victimización, aunque nazca de un corazón sincero.

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IV. La belleza amarga del poema

Aun así, no debemos negar la hondura de las imágenes:

La manzana mordida que rueda olvidada.

El niño rubio, “hijo del remordimiento”.

La hoja que el viento arranca y nadie recoge.

En ellas vibra la fuerza de un simbolismo universal: la fragilidad del ser humano cuando es reducido al despojo del amor. Por eso, más allá de su lectura social, el poema mantiene una resonancia humana: todos hemos sido, alguna vez, “bagazo de amor”.

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V. Lo que permanece

El poema es testimonio. No emancipa, pero revela. Su función, más que liberar a las mujeres de su tiempo, fue reflejar el dolor y hacerlo visible en la letra. Lo que entonces era un epitafio sentimental, hoy puede leerse como huella histórica de un mundo que ya no aceptamos como destino.

El feminismo nos invita a escuchar estas voces sin repetirlas, a transformarlas en semillas de conciencia.

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VI.

Julio Sesto escribió desde la ternura de su época, pero no pudo rebasar sus cadenas morales. El lector actual puede sentir la belleza de su lamento, pero también debe confrontarlo con la conciencia del presente.

Las abandonadas de su poema no son ya manzanas marchitas: son raíces que vuelven a crecer, son frutos que se alzan contra la tormenta, son mujeres que no arrastran a sus hijos sino que caminan con ellos hacia un horizonte donde ya no existen ni puertas honradas ni harenes de vicio, sino el vasto campo de la libertad.

🐝🐝🐝🐝🐝🐝

Mañana hablamos de la película homónima de Dolores del Rio y Pedro Armendáriz.

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