Arturo David Vásquez Urdiales.
Los loros del Lincolnshire y la sinfonía del insulto.
En algún rincón ventoso del condado de Lincolnshire, Inglaterra, donde los prados se visten de verde perpetuo y el aire huele a heno y a mar lejano, existe un refugio de voces: el Lincolnshire Wildlife Park.
Allí viven más de doscientos loros, y entre ellos —hasta hace poco— cinco ejemplares grises africanos que, en vez de entonar las melodías del alba, se habían convertido en una banda sonora de improperios.
Sus nombres, dignos de un registro civil tropical: Billy, Elsie, Eric, Jade y Tyson.
Un quinteto emplumado que había aprendido a coordinar un lenguaje picante con precisión coral. Lo curioso no era solo el insulto —ese latigazo de aire travieso— sino la coreografía posterior: uno soltaba el dardo verbal y otro respondía con carcajadas, como dos viejos amigos en la barra de un café, celebrando la última malicia.
El director del parque, Steve Nichols, confesó con la franqueza de quien ha visto demasiadas rarezas:
“We are quite used to parrots swearing, but we’ve never had five at the same time.”
“Estamos bastante acostumbrados a loros que maldicen, pero nunca habíamos tenido cinco al mismo tiempo.”

“With the five, one would swear and another would laugh, and that would carry on.”
“Con los cinco, uno insultaba y otro se reía, y aquello continuaba.”
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El problema —si es que lo era— no estaba solo en el espectáculo. Temían que esta mala educación se propagara a las otras doscientas gargantas emplumadas, creando una orquesta de groserías capaz de hacer sonrojar a un marinero. Así que decidieron dispersarlos, enviándolos a convivir con aves más tranquilas, con la esperanza de que el contagio fuese a la inversa: que la paz domesticara al alboroto.
Y, sin embargo, la historia no terminó allí.
En enero de 2024, otros tres loros —Captain, Sheila y otro Eric— se sumaron a la rebelión verbal. Esta vez, en lugar de aislarlos, el equipo del parque decidió mezclar ocho “loros ofensivos” con noventa y dos loros bien portados, con la esperanza de que la marea de buenas costumbres ahogara las palabras prohibidas.
Nichols lo dijo con media sonrisa:
“We could end up with 100 swearing parrots.”
“Podríamos terminar con 100 loros que maldicen.”
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Las reacciones
En los caminos del parque, los visitantes no se quejaban; al contrario, parecían encontrar en las aves una chispa que iluminaba el día:
“When a parrot tells you to ‘f* off’ it amuses people very highly. It’s brought a big smile to a really hard year.” “Cuando un loro te dice que ‘te j*’, la gente se divierte muchísimo. Ha traído una gran sonrisa en un año muy difícil.”
Algunos incluso rodeaban las jaulas, provocándolos con la paciencia de un pescador, esperando que el loro disparara su frase estrella.
Y, como es natural, la fama digital no tardó en estallar: videos, memes, subtítulos improvisados… El insulto viajaba ahora más rápido que el viento de Lincolnshire.
La fábula que queda en el aire
Este episodio, más allá de la risa, guarda una enseñanza: que el lenguaje —sea bendición o maldición— se propaga con la ligereza de una pluma al viento. Que las malas mañas vuelan, sí, pero también que la risa es un antídoto contra lo solemne, una grieta luminosa en la seriedad del mundo.

En el reino de Letras Hipnóticas, estos loros no son simples aves:
son poetas de lo irreverente, trovadores de la provocación,
guardianes del sagrado arte de interrumpir lo cotidiano con un rugido cómico.
Y si uno afina el oído en el atardecer del parque, cuando las sombras se alargan sobre los prados, se puede escuchar, entre el rumor de hojas y alas, un coro breve pero imperecedero:
—¡Cállate, humano!
—jejeje… jejeje…
Ahí queda, suspendida, la risa cotorra que desafía a los siglos.
Urdiales Zuazubiskar fundación de letras hipnóticas AC


