🏙 Apunte diario sobre Letras Hipnóticas
III. Tashbaan: el disfraz, la pérdida y la ciudad de los mil rostros
Por el Dr. Arturo David Vásquez Urdiales
Inspirado en El caballo y el muchacho, de C. S. Lewis
“¿Quién soy cuando me miran con otros ojos? ¿Quién soy cuando nadie me ve?”
- La ciudad como máscara
Tashbaan. La inmensa, la poderosa, la estratificada capital de Calormen. Ciudad de torres y cúpulas, de palacios dorados y callejones pestilentes, donde los mendigos se arrodillan junto a los visires, donde las caravanas se mezclan con los porteadores, y los discursos religiosos ocultan transacciones impuras.
A sus puertas llegan nuestros fugitivos. Shasta, Aravis, Bree y Hwin. Los cuatro, cada uno con su nombre oculto, con su destino aún en construcción.
Tienen un plan: cruzar la ciudad disfrazados, en silencio, como si fueran nadie. Como si ser nadie les diera permiso para ser libres. Como si pasar desapercibidos fuera una forma de sobrevivir.
Pero la ciudad no es un lugar. Es un espejo deformante.
- El disfraz que encadena
Aravis, la doncella de sangre noble, se viste como sirvienta. Lleva harapos. Camina detrás de otra joven, su amiga Lasaraleen, que se presenta como su ama.
Shasta, el muchacho sin linaje, es confundido por los súbditos del rey de Narnia como un príncipe perdido. Lo visten con túnica de lino, lo cubren de incienso y protocolo. Le ofrecen vino. Lo silencian con reverencia. Lo asfixian con oro.
Y así, la que es noble se arrastra. El que es humilde es adorado.
En ambos casos, el disfraz se convierte en trampa. No es sólo ropa. Es la deformación de la identidad. Es la ciudad imponiendo roles sobre rostros. Es el alma atrapada entre telas ajenas.
Y la pregunta se hace fuego: ¿cuántas veces hemos tenido que vivir bajo un nombre falso para poder seguir caminando?
- El laberinto del no ser
Shasta, secuestrado sin saberlo por la familia real de Narnia, vive por unas horas el espejismo de pertenecer. Está con Corin, el príncipe verdadero, su doble. Nadie nota la diferencia. Porque los rostros no importan en Tashbaan. Sólo el linaje.
Nadie lo escucha cuando intenta explicar que no es quien creen. Lo visten, lo acomodan, lo llevan. Y él, pasivo y confundido, se deja arrastrar. Como tantos que son llevados por el río del sistema, aunque sepan que ese cauce no les pertenece.

Aravis, por su parte, se esconde tras velos y celosías. Se entera, por accidente, de una conspiración: los calormenos piensan invadir Archenland y Narnia. Y ella, vestida como criada, con el rostro hacia el suelo, es testigo del poder que no sabe que ella existe.
Ambos, Shasta y Aravis, viven la pesadilla de no ser. De estar en el centro del mundo sin ser vistos como sí mismos.
Y en eso, la ciudad los devora.
- La pérdida y el rugido
Shasta escapa. Vuelve a encontrar a los caballos. A Hwin. A Bree. A Aravis. Pero algo se ha roto. No son ya los mismos que entraron.
Ahora saben que el mundo puede desdibujarte. Que basta una túnica o una coartada para que todos olviden quién eres. Que hay máscaras tan perfectas que se adhieren al alma.
Y entonces ruge el león.
Sí. El rugido vuelve. Los empuja, los salva, los une. Como si dijera: “Este no es su mundo. No son de aquí. Apresúrense. Crucen. Corran.”
Y huyen. A campo abierto. A la arena.
Y tras la confusión, la ruta.
🌌 Reflexión Hipnótica: La ciudad que traga el nombre
Tashbaan es más que una ciudad. Es una alegoría. Es Babilonia. Es Roma. Es Nueva York. Es Ciudad Gótica. Es Ciudad de México.
Es cualquier lugar donde el individuo se disuelve entre protocolos, nombres, clases sociales y símbolos que lo vuelven irreconocible.
Aravis, disfrazada de criada, descubre la guerra. Shasta, disfrazado de príncipe, se siente esclavo. Ambos aprenden que la identidad no es lo que otros ven en ti, sino lo que aún puedes sostener en medio de la máscara.
En esta tercera columna, la más oscura hasta ahora, la pregunta fundamental resuena: ¿quién soy cuando no puedo decir mi nombre?
Y el rugido del león —ese rugido que aún no comprenden— los arranca del teatro de las sombras para devolverlos al viaje. Porque sólo en el camino, lejos del palacio, lejos del disfraz, uno puede comenzar a recordarse.
— URDIALES Zuazubiskar fundación de letras hipnóticas AC quienes le invitamos a compartir esta columna y desarrollar un mundo mejor llenitito de buenos lectores, agradezco mucho su atención.©®


