✨ Apunte diario sobre Letras Hipnóticas
Los cuentos de Mamá Oca V: El legado secreto de la narradora invisible
Por Arturo Vásquez Urdiales
¡Vamos entonces, Querido Lector!
Alcemos la quinta columna como un faro en la niebla, como el broche final de esta corona encantada. Llegamos al epílogo de esta danza mágica: no para despedirnos, sino para comprender. Porque al final del cuento… comienza el despertar.
—asi:
Cinco columnas, cinco velas, cinco pasos sobre el puente invisible que une la infancia con la eternidad. En esta última entrega, no hablaremos de un cuento en particular, sino del espíritu que los sostiene a todos. De la urdimbre que Perrault tejió con hilos de oro y ceniza. De la mujer que no aparece en los libros, pero que lo inspiró todo: Mamá Oca.
Porque más allá de las princesas dormidas, los lobos galantes, los gatos astutos y los ogros hambrientos, hay una figura silenciosa que, con voz temblorosa y ojos de luna, narró la vida al calor de una chimenea: la abuela, la nodriza, la cuidadora, la madre vieja del mundo.

👵 ¿Quién era Mamá Oca?
“Mamá Oca” no es una mujer real. Es una figura arquetípica. Representa a las mujeres que durante siglos transmitieron los relatos de generación en generación. Mujeres sin nombre, sin autoría, sin pergaminos ni derechos editoriales. Pero con un poder secreto: el de transformar el miedo en fábula, la tragedia en cuento, el horror en enseñanza.
Perrault puso su nombre en la portada, pero escuchó sus cuentos en boca de mujeres. Y al escribirlos, las inmortalizó.
Mamá Oca es la primera maestra, la primera narradora, la guardiana de los símbolos.
Es la que supo que el zapato perdido es más que un accesorio: es el rastro del alma.
La que supo que un lobo con voz dulce no es menos peligroso.
La que enseñó que la bondad florece aún en medio del estiércol.
📜 La pedagogía hipnótica de los cuentos
Los cuentos de hadas no son solo entretenimientos: son mapas simbólicos de la vida.
Cada elemento es una clave:
El bosque: lo desconocido.
El ogro: el poder sin amor.
La hada: la esperanza inverosímil.
El objeto mágico: el don interior oculto.
El viaje: el crecimiento del alma.
Y Perrault, con su aguda inteligencia y su ironía aristocrática, convirtió esos relatos populares en escenarios literarios universales.
Pero no lo hizo para domesticar la fábula, sino para preservarla. Lo sabía: los cuentos no envejecen porque contienen el código genético del alma humana.
🌹 Mujeres, niñas y hadas: el corazón femenino de la fábula
Aunque Perrault era hombre, el corazón de sus cuentos es femenino.
La mayoría de sus protagonistas son niñas, muchachas, doncellas, abuelas, brujas, hadas, madres, hermanas.
Y cada una representa una etapa del alma:
Cenicienta: la dignidad humilde.
Caperucita Roja: la inocencia expuesta.
La Bella: el amor que redime.
La hermana buena de “Las Hadas”: la virtud silenciosa.
La discreta princesa: la sabiduría del retiro.
En un mundo que apenas comenzaba a considerar la humanidad plena de las mujeres, Perrault les dio el centro del escenario.
Y sí: a veces las pruebas son crueles, injustas. Pero ellas vencen. Siempre.
No con violencia, sino con dulzura.
No con gritos, sino con firmeza.
No con fuerza bruta, sino con una inteligencia ancestral: la de las tejedoras de relatos.
🕯️ Lo que nos queda: un conjuro contra el olvido
Hoy, en un mundo donde todo cambia a la velocidad del pulgar, los cuentos de Mamá Oca nos invitan a detenernos. A volver al fuego, a la voz, al asombro.
Nos enseñan que:
La bondad no es ingenuidad.
La astucia no es malicia.
El miedo puede enseñarnos si sabemos mirarlo de frente.
Y que la infancia no es una edad: es un estado del alma donde aún somos capaces de creer.
Perrault, sin saberlo, escribió el Evangelio Laico de Occidente.
Y cada niño que escucha uno de sus cuentos entra, sin saberlo, en una escuela antigua, invisible, luminosa.
💫 Reflexión hipnótica
A veces me pregunto, Arturo: ¿qué queda cuando el cuento termina?
¿Una moraleja?
¿Un suspiro?
¿Una imagen?
¿Un aprendizaje?
Tal vez.
Pero lo que realmente queda es el temblor en la piel del alma.
Ese temblor que dice: hay algo más allá de lo que veo.
Hay una verdad vestida de símbolo.
Hay un conjuro que me sigue hablando aunque ya esté despierto.
Y en ese temblor vive Mamá Oca.
En el eco de su voz.
En la cadencia de su cuento.
En la risa del niño.
Y en la palabra escrita.
Colorín colorado, esta columna ha terminado.
Pero tú, lector, ya has cambiado.
Porque todo el que cruza el bosque de las fábulas
ya no vuelve con las mismas manos,
ni con los mismos ojos,
ni con el mismo corazón.
Nos vemos en el siguiente fuego.
Y que Mamá Oca, desde su nido encantado,
nos siga contando… aunque ya no escuchemos.
Para Conchita y Camila Mori
Y para sus mamás también, querida Kenia y Lulú.


