Apunte diario sobre letras Hipnóticas
Por Arturo Vásquez Urdiales
Este primer capítulo relata el motivo real por el cual la Nación Triqui -ente mil cosas, casos, tropiezos, sinsabores, sangre- está en continua Guerra, sobre todo con el Estado Mexicano.
Le invito a leer este primer capítulo, estará en Amazon por allá de principios de Julio.
Presento al respetable el primer capítulo del libro :
Los siete ojos del gato negro
Códex Primero:
San Juan Evangelista:
Los dos aviones, el napalm y el crimen

La feroz batalla entre los pueblos indígenas había dejado infinidad de muertos entre los contrincantes. Sus cuerpos envueltos en petates, se encontraban chorreando sangre a la mitad de los espacios municipales, en el salón de eventos en el uno, en el corredor del palacio municipal en el vecino.
El deporte de matarse es diario en estas comunidades.
El año pasado, los indígenas del otro pueblo, San Juan Bautista, tomaron la justicia por sus manos, hartos de la pobreza indiferente, de la brutal miseria de cu erpos y almas, de la lacerante realidad que solo el que ha padecido el hambre puede entender, hartos de la existencia y del gobierno represor y asesino, y mataron a la partida de soldados que bajó, según ellos, a pacificar a estos pinches indios mugrosos. Y ¡Oh sorpresa!, los indios mugrosos tundieron a tiros a la partida de soldados, dignos emisarios del mal, jinetes del apocalipsis, entidades vestidas de verde que llevaron desolación y muerte a San Juan Evangelista.
Ese día la montaña olía a muerte, olía al espíritu de la guerra, olía a Huitzilopochtli y a los caballeros tigre, a los caballeros águila, a los señores flechador del sol.
Y como es de esperarse, el soldado regresó a vengar a sus caídos, pero gandallas como siempre, no se vinieron a enfrentar como buenos soldados, con sus escudos, sus saetas y sus dardos envenenados, sus macanas y su fuerza, como lo esperaron los hijos de San Juan Evangelista.
No, trajeron aviones DC3, cargados de bombas y de napalm. Ya que, increíble, la región triqui ha sido en los Estados Unidos Mexicanos, la única bombardeada por obuses, y por napalm, y ametrallaron a varios indígenas de San Juan Evangelista, del barrio cruz Chiquita, y otros barrios más.
Este hecho sin precedentes, el hecho de que la propia fuerza aérea mexicana bombardeara el barrio de la Cruz con napalm, ingresa al pueblo de los pinches indios insurrectos, en el almanaque mundial de los quemados por los aviones de muerte, con el napalm que los hermana con Vietnam y Camboya.
El indio milenario e insurrecto levantó la voz, declaró la guerra al estado mexicano, su indignación hizo hervir la sangre en sus venas, corrió nuevamente el viejo grito, “libres, jamás conquistados” y esa desgraciada guerra, como todas las guerras, sin justificación y con odio, tuvo y tiene hasta nuestros días funestas consecuencias. *
*En el año de 1956 unos indígenas de la triqui baja asesinaron a varios soldados, en consecuencia, la Fuerza Aérea Mexicana envió aviones que bombardearon y ametrallaron a varios indígenas de San Juan Copala, del barrio Cruz Chiquita así como a otros barrios más, lo que desató una guerra sin tregua que aún tiene sus ecos hoy en día.
El terrible y nefasto día del bombardeo, Duhwi, Stuuj-u, y Xataa-a, pastoreaban sus reses en la entrada de San Juan Evangelista. Sin pretensiones de guerrillas, solo hombres de campo, no tenían la menor idea de la vuelta del destino, menos que el hombre blanco con armas milenarias, atacaría el barrio Cruz Chiquita con napalm.
Nadie dio la voz de alarma. Nunca se escucharon las míticas sirenas que avisaban sobre el humillante espectáculo de Guernica, pavoroso para quien lo sufre, vergonzoso para quien lo ejecuta, infame para quien lo ordena, una vergüenza para una patria y nación que se dice libre, pero como ignaro Cronos se come a sus hijos vivos.
Sus doce animales sólo pastaban. Ellos, los tres, se sentaron en la orilla de un camino, cerca del paraje Dwhaii, era la hora de echar frijoles parados con chile y unas tortillas hechas a mano. Ya cerca la fiesta de San Juan, Xataa-a, como buena águila, sacó un bule de agua, y paró el oído: ¿Qué se puede oír en la distancia? Era un murmullo, algo, un algo lejos, mejor saco una botellita de agua ardiente, para mitigar el dolor de la vida y se las ofreció a Duhwi y a Stuuj-u.
Los 3 bebieron, no había mucho por hacer, en breve terminaba la hora del sol y lo que sigue es ir a guardar a las bestias, mañana a las 3 de la mañana son las labores del campo y sus mujeres les traerán el taco de nuevo, a las tierras comunales de labor, no antes de las once de la mañana, para regresar rápido y otro día de chamba, esperando la engorda del ganado, de los pocos chivos, de un poco de frijol para pasar la vida, para buscar la vida, ya hacen falta guaraches, ya hacen falta rebozos, ya hace falta justicia, ya hace falta otro país.
Xataa-a se paró de repente, por algo era el águila, el del mejor oído. -Miren- señaló a lo lejos:
-De ahí viene el ruido-
Duhwi y Stuuj-u se pusieron de pie de frente y con la agilidad de los hijos de la tierra. En efecto, en el cielo azul, jardín inmenso de ilusiones partidas, dos grandes aviones DC3 ahora brillaban con la intensidad que les daba tener el sol de frente. Su gris pintura no impedía que el mismo astro rey reflejara las propelas y los parabrisas.
Un enérgico avión era precedido por el otro. Duhwi, Stuuj-u y Xataa-a se miraron entre ellos,
-Son ese, ¿cómo le dice?, cosa ese que trae soldado, seguro trae a San Juan algo pa´ comer, o viene médico: mucho escuintle panzón de lombrise- dijo Duhwi.
-Seguro ese es, la aviona le dice señor la presidente- Aseguró Stuuj-u
-Si traer comida o traer medecina, es cosa que ta guena- Aseveró Xataa-a
Entre los tres se miraron, y una sonrisa brotó de sus caras morenas, marcadas por las sobrias arrugas de la miseria milenaria.
Los tres hombres se sintieron llenos de una extraña alegría, de hecho, habían visto muchas veces a los aviones aterrizar en el llano grande, y eran una buena noticia, traían el correo, las noticias de los migrantes de Estados Unidos, traían médicos y enfermeras, o maestros rurales, y generalmente, sacos con frijol, arroz, algún otro cereal y desde luego, algunos sacos de ixtle con galletas de animalitos, nunca algo de terrible a maquiavélico habían traído, y quien ordenó, abuso de ese estado de cándida buena fe, aprovechando el símbolo del aeroplano como canciller de bondad, emisario de salud, nadie esperaría que el embajador de la paz saque la metralleta.
Los tres tristes triques no sabían y no sabrían nunca que la matricula XC, clara evidencia de aviones militares, en su inocencia llena de buena fe, se pusieron de pie, abrieron sus brazos y con los callados y sus trapos de echarse en el piso a comer, los extendieron como banderas, saludando el paso de los aviones, que ahora sabemos eran militares y emisarios de la muerte, creyendo cándidamente que traían comida y medicina a la nación triqui, y en efecto, los aviones ahora volaban considerablemente bajo, muy bajo, de hecho, exageradamente bajo, y si, también en efecto, lograron atraer la atención de los pilotos de esas naves militares de fierros y fuego.
A buena distancia el artillero los centró, a los tres, no existió juicio sumario, no existió un papel oficial dictado por un juez, con un sello a tinta que indicara las causas reales por las cuales el artillero del avión puntero les enderezó la ametralladora de 50 milímetros, con una puntería mítica y hechizada. Ellos, nuestros indios, aun sonreían, con la sonrisa que se da a quien recibe a un amigo, con esa sonrisa que presagia que ya va a haber medicinas, sueros, pastillas, galletas de animalitos, Duhwi, Stuuj-u y Xataa-a se miraron entre ellos, -galletas de animalitos- se dijeron y rieron, con esa alegría que la humanidad habrá de reprochar en un ejercicio de reproche de todas las naciones, de todos los hombres y todos los pueblos, a quien dio desde antes la orden de disparar: una orden llena de vergüenza, de venganza y de muerte, una orden impune que desató una guerra fratricida entre la nación triqui de San Juan Evangelista y la nación federal mexicana.
Una vergüenza para la humanidad.
Cerca, muy cerca de la felicidad Duhwi, Stuuj-u y Xataa-a recibieron incontables descargas de metralleta calibre 50 provenientes de dos aviones DC3 del ejército mexicano.
El cielo se abrió. San Miguel y San Uriel Arcángeles voltearon asombrados. Los ángeles del cielo derramaron lágrimas, como en cada momento en que se masacra a un inocente. San Pedro con sus llaves dispuso una excepción de pase directo para los 12 indios triquis que en esos terribles diez minutos dejarían el mundo terrenal para conocer de cerca al Señor de los Ejércitos.
Duhwi, Stuuj-u y Xataa-a murieron al instante.
Sus frágiles cuerpos humanos quedaron en el suelo, chorreando sangre. Sus almas, inocentes, sin culpa alguna, se elevaron al cielo, un nanosegundo después, el Santo Señor San Pedro los recibió en el nombre del Buen Dios, los arropó, los abrazó, y les explicó lo mejor que pudo, que su tiempo allá en ese dolor, había terminado, que la vida eterna empieza en el momento menos pensado, y que a partir de ese instante, en otra región del cosmos, su misión sería morar en el valle de felicidad eterna de quienes, inocentes, han sido masacrados a manos de los imperios, de los gobiernos represores y asesinos, o de los gobernantes banales y desde entonces, residen en la región sideral donde el dolor no existe, la miseria no se conoce y claro, el Buen Dios, les da continuamente generosas raciones de galletas de animalitos, con pequeñas cargas de agotador trabajo celestial, como apacentar a las ovejas negras de los rebaños de Nuestro Señor.
En toda la línea de camino que lleva a San Juan Evangelista y el barrio Cruz chiquita, cayeron en total los siguientes inocentes: Duhwi ‘rayo’, Stuuj-u ‘lobo’, Xataa-a ‘águila’, Xato ‘conejo’, Xilio ‘jilguero’, Xinunh-un ‘Gavilán’, Xo ‘tortuga’, Xukwa ‘hormiga’, Xune ‘zorro’, Xutaj ‘venado’.
El ganado de Duhwi, Stuuj-u y Xataa-a, fue rociado con napalm, no todos los caídos murieron por las fauces de la metralleta 50 milímetros, muchos de ellos murieron debajo de los árboles en donde se resguardaron con prisa al percatarse que ambos aviones habían abierto fuego con fusiles de alto calibre. La boca del infierno se abrió.
Ninguno de ellos se enteró del motivo por el cual se les arrancaba la vida, quizá sólo por el maldito motivo de ser indios.
Stuuj-u fue el último en morir, viendo con orgullo, como toda su raza, al cielo.
En su último aliento, preguntó al buen Dios, Señor de los Ejércitos:
- ¿Por qué? – En la lengua milenaria triqui, pregunta que hoy aun no encuentra respuesta.
Los incendios a las chozas de los indios se prolongaron hasta que fueron devorados por las llamas, cosechas, arboles, casas, ranchos, propiedades. En el barrio de la Cruz Chiquita, desde entonces se encuentra desolación y enojo.
Los cuerpos de los caídos, todos hechos pedazos, los envolvieron en sus legendarios petates y los llevaron a la plaza de San Juan Bautista.
San Juan Bautista entra en la estadística de ser el único pueblo en el mundo bombardeado por napalm del ejercito mexicano, por lo menos en suelo mexicano, se tiene la sospecha que el escuadrón 201 utilizó este maleficio para rociar la isla de Formosa en el escenario de la segunda guerra mundial. Pero en suelo continental mexicano, San Juan Evangelista ocupa el deshonroso único lugar.
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