Apunte diario sobre letras hipnóticas

Por Arturo David Vásquez Urdiales


La gravedad del alma y otras materias fecales

Crónicas del circo que voló muy bajo

Cuentan los archivos invisibles de Budapest que una mañana de otoño, a comienzos del siglo XX, cuando el Danubio arrastraba hojas de álamo y rumores de guerra, un circo ambulante conocido como Cirque Résonnant de la Lune desplegó sus carpas en las afueras de Pest. Su reputación era tan desmesurada como sus promesas: “el único león filósofo”, “la mujer que leía los pensamientos con los pies”, “el hombre-bala que alcanzaba la altura de los ángeles”.

La noche inaugural atrajo a nobles, mendigos y mercaderes, todos sentados bajo la cúpula de tela como bajo una iglesia barroca del absurdo. Nadie sabía que esa noche no presenciarían un milagro, sino una maldición.

El hombre bala, Miklós el Impetuoso, tenía una dieta rica en coliflor, cebada fermentada y ansiedad. Ignorando un severo retorcijón estomacal, subió a su cápsula con una sonrisa de dinamita. La banda comenzó a tocar un vals y los reflectores hicieron danzar el polvo. El cañón rugió.

Y entonces, la tragedia suspendida.

En pleno vuelo, justo en el cenit de su trayectoria, el cuerpo de Miklós traicionó su voluntad. Una lluvia densa y tibia descendió sobre veintitrés almas inocentes que, en lugar de ovacionar el acto, quedaron bañadas en deshonra intestinal. El silencio fue absoluto. Ni siquiera el domador de fieras se atrevió a mover un músculo.

Fue el rugido del león Széchenyi, filósofo estoico y vegetariano, quien rompió el mutismo. A él, maestro del autocontrol y lector clandestino de Epicteto, le había caído una porción particularmente agresiva justo entre los ojos. Con dignidad herida, se levantó, caminó en dos patas hasta el centro del escenario y, mirando al público, emitió un bramido que sonó a epitafio.

—”¡Kakastrom!”, gritó el público.
—”¡Zsarnokság a zsigerben!”, respondieron los músicos.
—”Átok ül rajta!”, concluyó la mujer de los pies clarividentes.


Epílogo I: La canción del oso finlandés

El oso Yyrka, tras ver el espectáculo, compuso una balada en idioma ursino, que traducida diría más o menos:

“Oh dulce aire que lleva semillas,
también llevas cagaditas del alma perdida.”


Epílogo II: El payaso mudo y la máscara que lloró

El payaso Zelmir, testigo directo, no volvió a hablar. Su máscara de risa fue sustituida por una de mueca inconclusa. Los niños lo llamaban “El que sabe del vuelo sucio”.


Epílogo III: El lenguaje irreconocible del escándalo universal

De aquel suceso nació una lengua. La hablaban sólo los que presenciaron el incidente, una mezcla de húngaro roto, heces simbólicas y música de órgano oxidado:

—“Pörszlam húrrik kaná!”, decían para evitar recordar.
—“Nokatüf szeláhn!”, exclamaban en bodas y funerales, como recordando que lo sublime siempre está a un palmo de lo repugnante.


Apéndice final: la cadena de la escatología mística

Desde ese día, el circo del hombre bala se convirtió en leyenda. Como el aroma de un recuerdo que no se puede lavar, su historia viajó por el mundo, mutando, tomando nuevas formas:

En Escocia: un payaso gaseoso que confundió show con shoquefecal.

En Chicago: un autobús de rock que vertió su alma líquida sobre el río.

En Brasil: una niña que dejó su huella en un musical escolar.

En los cielos: pilotos, trapecistas y aves que aprendieron que volar también es arriesgar el intestino.


Conclusión

Hay tragedias que se escriben en sangre. Otras, en tinta. Esta se escribió en una sustancia más humilde, pero no menos humana. Y como toda historia que hiede y hace reír, contiene la marca indeleble de lo que somos: materia, impulso, destino y pudor.

En los anales del universo, esta columna no será la más elevada…
Pero, querido lector, te aseguro que está bien fundamentada.


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